Dos Ríos y el ascenso a la inmortalidad

Autor:

Armando Hart Dávalos

«Maestro, ¿qué has hecho?», fue el lamento del poeta nicaragüense Rubén Darío, figura esencial del modernismo, al conocer la caída de Martí en su primer combate de la guerra, que con tanta pasión y celo preparara, y a la que se incorporó aunque no era un guerrero ni tenía formación militar. Ahí está la raíz de la tragedia de Dos Ríos, su ética le llevó al combate en este terreno.

El sentido de esa frase del gran poeta nicaragüense habría que entenderlo desde su ángulo personal, porque él miraba al Apóstol como la estrella irrepetible de la creación literaria, pero el delegado del Partido Revolucionario Cubano tenía una razón más profunda aún, y superior a todas las demás que pudieran invocarse, para venir a Cuba y poner su propia vida en la balanza del peligro: «El hombre de actos —había dicho él— solo respeta al hombre de actos […] ¡La razón, si quiere guiar, tiene que entrar en la caballería! y morir, para que la respeten los que saben morir1». El más grande pensador americano de su tiempo, que llevaba en su espíritu la más alta ética humanista, fue, también, un hombre de acción. Este genio de la palabra afirmó con profunda convicción: «Hacer es la mejor manera de decir»2. Su sentido práctico se hallaba en la idea de que debía enseñar con el ejemplo, la única forma de ejercer una influencia mayor para el presente y futuro.

No se trata de que Martí, como han dicho o sugerido algunos, tuviese una vocación suicida, no es que buscase conscientemente la muerte. El valor de su decisión heroica está en que ella constituía una exigencia de la tarea política y revolucionaria que se había planteado.

En Dos Ríos, pues, el 19 de mayo de 1895, sobrevino una de las adversidades más costosas de cuantas ha sufrido nuestro pueblo en toda su historia. El azar, propio de toda lucha, nos privó del más extraordinario conductor, cuando se decidía el ser o el no ser de una nación independiente.

Hoy, a 115 años de aquel trágico acontecimiento, la figura de Martí y sus ideas han adquirido una vigencia sorprendente. Nos enorgullecemos, como cubanos, cuando los presidentes Hugo Chávez y Rafael Correa y otras figuras de la política y la cultura se refieren a su pensamiento como referente imprescindible para analizar los problemas que deben encarar los pueblos latinoamericanos y caribeños en estos albores del siglo XXI. Tenemos una enorme responsabilidad en hacer que se conozca más y mejor el legado martiano.

De ahí que sea hoy más necesario divulgar de la manera más eficaz la vida y la obra de aquel hombre al que Rubén Darío llamó Maestro, que además de ser amante fino y profundo de las letras y de lo bello, sensible y apasionado por la búsqueda del conocimiento humano, ha sido considerado como el precursor del modernismo en la literatura latinoamericana de la primera mitad del siglo XX, y es, sin duda, uno de los más importantes prosistas de la lengua castellana de su época. Lo extraordinario está en que ese hombre fue, al mismo tiempo, el organizador del Partido Revolucionario Cubano, el promotor fervoroso de la independencia, y que llegado el momento no vaciló en desembarcar en Cuba y ponerse al frente de la guerra que él convocara y organizara.

El conocimiento profundo y razonado, por los niños y los jóvenes, de su pensamiento con su carga de eticidad, de radicalidad antiimperialista, de patriotismo y de amor entrañable a su patria y a los pobres de todo el planeta con los que quiso su suerte echar, es la garantía insustituible de la continuidad de la Revolución. Es una tarea que se entrelaza con la necesidad de abrir cauce al pensamiento que necesita la humanidad para enfrentar los peligros que amenazan la existencia del género humano en nuestro planeta. También con Martí debemos llevar adelante la lucha a favor de la liberación de nuestros Cinco compatriotas secuestrados en cárceles norteamericanas, y destacar con mucha fuerza el papel del derecho vinculado a la ética y a las ideas de los próceres y pensadores de América Latina y el Caribe.

En este aniversario de su muerte repetimos con él aquella estrofa de sus amados versos: […] Cuando se muere/ En brazos de la patria agradecida,/ La muerte acaba, la prisión se rompe;/ Empieza, al fin, con el morir, la vida!3

1 Martí, José: Discurso en conmemoración del 10 de Octubre de 1868, Nueva York, 10 de octubre de 1890, en Obras completas, t.4, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, p. 252.

2 Martí, José: Propósitos, Revista Venezolana, Caracas, 1ro. de julio de 1881, op. cit., t.7, p. 197.

3 José Martí. Versos varios, versos en La Edad de Oro en Obras Completas, Editorial Ciencias Sociales 1963, t. 17, p. 41

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