Estrellas para el cubano

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Ojalá el Ministerio del Turismo revelara públicamente la cifra. Pero tengo, vamos a ver, la certeza de que son más de lo imaginable, quizá varios cientos de miles, los cubanos hospedados en hoteles CUC mediante, desde que en marzo de 2008 los nacionales pueden disfrutar de los mismos.

Aquella limitación disgustaba a muchos coterráneos, incluido este redactor, aún cuando no tuviéramos ingresos duros para el soñado acceso. Y también fue objeto de persistentes campañas sobre discriminación, con marcado acento político, por una prensa internacional que ahora lapidó el tema, inmersa en otros conflictos más gananciosos de la «agenda» mediática sobre Cuba.

Hay cubanos en nuestros hoteles, desde dos hasta cinco estrellas, en Varadero, Cayo Coco, el Valle de Viñales... y también disfrutan de excursiones cortas. No están todos los que son, quienes debieran por su aporte a la sociedad. Pero lo cierto es que comienzan a frecuentar esos sitios personas trabajadoras, ya sea por una remesa, o por ahorros de sus ingresos. Y ello le ha insuflado a los programas turísticos del país, a más de mayor democracia, un componente que no puede soslayar la industria sin chimeneas.

Alguien descubrió en un buen hotel de Varadero, a una pareja ya bastante madura: él con su sombrero de yarey dentro de aquella vitrina, y un caminar de eterno jinete. Ambos, vestidos sin requerimientos de marcas y modas, surcos en los rostros curtidos y manos ásperas de tanto trabajar. Evidentemente, eran campesinos con considerables entradas a la altura de sus rendimientos. Quién mejor...

Compatriotas que han disfrutado fines de semana y hasta un poco más en instalaciones «todo incluido», perciben que de alguna manera la apertura turística dignifica al nacional, quien se siente a la par de los visitantes foráneos en atenciones y hospitalidad. De igual a igual. Y eso hacía mucha falta, en un país donde algunos olvidaron que el cubano es lo más importante.

Para muchos trabajadores de esos hoteles es placentero ahora servir a estos huéspedes cercanos, familias enteras; al tiempo que desaparece aquella urna de cristal en que sumíamos a los foráneos, en un verdadero soliloquio. Los visitantes conviven y comparten con el criollo, quien participa activamente en los juegos, animaciones y demás actividades, los desentumece y les aporta su carisma, alegría y estilo.

Claro que esa plenitud aún no llega a la gran mayoría de la población, especialmente a quienes trabajan y no pueden solazarse así. Pero las compuertas se abrieron al fin en medio de muchos contratiempos y una dualidad monetaria. El asunto de raíz, el verdadero nudo a desatar es que la economía y la sociedad cubanas logren definitivamente que quienes más aporten a la sociedad, vivan y perciban más y mejor.

Por lo pronto, la presencia de clientes del patio en nuestro turismo comienza a dar señales que debieran considerarse en muchos otros aspectos de la vida, en medio del complejo desafío que se cierne sobre el panorama económico, social y político de la Isla: Hay que seguir poniendo en el centro de todos los propósitos a nuestra gente, la que sostiene este país y comparte todas sus desventuras y sueños. No digo yo dos… tres, cuatro, cinco… hasta un montón de estrellas merece el cubano.

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