Guajiro en La Habana

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Me lo recalcaron bien: «No mires hacia arriba con insistencia; hazlo con disimulo, con el rabillo del ojo. De lo contrario, notarán enseguida que eres del campo». Ahora mismo no puedo precisar qué edad tendría cuando recibí ese «sabio» consejo, que solo impidió que me enamorara de un golpe de una ciudad que todavía hoy me cautiva.

Sí recuerdo que visitar por vez primera La Habana me permitió descubrir el avión; verlo de cerca, tocar aquel aparato que, en mi niñez, tenía el raro don de interrumpir mi juego cuando a veces sobrevolaba el ancho patio de la casa de mi abuela, en mi Tunas natal.

Jamás olvidaré que fue decepcionante mi visión inaugural de la capital después de abandonar el Aeropuerto Internacional José Martí. Ni siquiera la notable hilera de autos diversos que colmaban, como hormigas hambrientas, la Avenida Rancho Boyeros que se perdía en la lejanía, cual gigantesca flauta de pan, pudo borrar la sensación de grisura que me dejó ese contacto inicial con una urbe que había imaginado estallada de colores.

La sensación empezó a cambiar cuando dejé atrás al antiguo Río Cristal Club pero, sobre todo, cuando por fin me convencí de que mis ojos no habían enloquecido y creían ver un enorme platillo volador lleno de burbujas inmensas, a punto de explosionar, en la Ciudad Deportiva. Y luego con el hallazgo de la rotonda y su «Bidet de Paulina» —como me dijeron que se nombraba la Fuente Luminosa que habita en su centro—; el Zoológico de 26 y los maravillosos venaditos del Grupo familiar creados por la gran Rita Longa; el Nuevo Vedado y sus casas espléndidas que te acompañan hasta desembocar en una fabulosa calle 23, que termina donde comienza el Parque Almendares, y da paso a la Avenida 41.

Fue una amiga de mi madre quien me mostró la primera Habana que conocí. El período para vacacionar era breve, pero se aprovechó intensamente. ¿Cómo iba a regresar a Las Tunas y ser incapaz de contar que había intentado tocar a Silvia en el Acuario Nacional, que había estado en la altura máxima de la estrella del antiguo Coney Island; que en el Capitolio se encuentra una estatua de más de 17 metros, según se dice, la tercera más grande bajo techo que existe en el mundo? ¡Pero no me tiré allí la foto!... aunque me insistieron. Algo que no fue necesario hacer cuando surgió ante mí la escalera mecánica de Fin de Siglo.

¿Y el Malecón? ¡Jamás había visto un muro tan largo y sinuoso! Parecía una larguísima lombriz de tierra; o mejor, un ciempiés «armado» por juglares con guitarras, varas de pescar; y tanta gente enamorada que no dejaban apreciar su estructura de hormigón.

De los 490 años que cumplió orgullosa la Villa de San Cristóbal de La Habana, 19 son míos. Ahora es sencillo explicarme el porqué me fascina esta Habana que apenas duerme. Y es que mi Habana, diversa y única, vive plena de historias, de cultura, de gente que la afean y la destrozan, pero también de otros que la cuidan y veneran.

En mi caso, no fue necesario nacer en Maternidad de Línea para adueñármela, para amarla. Aunque ya no aguante más, no puedo dejar de caminar por sus calles, de admirarla sin temor a que me reconozcan guajiro que la habita y que, además, se le entrega por completo. Después de todo tiene tremendo encanto que personas como yo hayamos «provocado» a Juan Formell y sus Van Van, un privilegio que ya quisieran muchos.

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