Los ángeles de Atarés

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

No hay como el Gran Teatro de la Vida. Ese donde los palcos, las cortinas, los adornos y las luces no son más que el puro cromatismo de la existencia.

La plataforma entre las esquinas de la cotidianidad: el poste de la luz a un lado, el puesto de la vianda al otro; y por todas partes las mañas irreverentes y preciosas del barrio, junto a las arrugas del tiempo y sus dolencias.

Hasta ese escenario bajó un ángel de la poesía al encuentro con los ángeles de su inspiración. Venía a la cita con unos espíritus folclóricos. Allí donde La Habana, profunda e indomable, se hace demasiado arisca, misteriosa y distante para algunos, porque arrastra los ásperos estigmas del destino.

En el Atarés del Cerro, Silvio Rodríguez disfrutó ver devueltos en ternura sus versos, porque ese suburbio de nuestras herencias le regaló los suyos a borbotones.

Silvio, presto a involucrar —la mejor manera de enamorar— saboreó que no hay reglas ni estiramientos en un concierto así, como no sean las de la devoción y el respeto.

Mientras la música y la voz se filtraban entre los rostros, los cuerpos y las callejuelas, Atarés se desnudaba al bardo en la lírica tremenda de sus costumbres.

¡Ojalá!, !Ojalá!, !Ojalá!, grita un mulato desde el fondo, igual que se le anuncia al vecino la llegada de los espaguetis. Y esa canción, deshojada por el músico, elevó a los presentes al cosmos de todas las iluminaciones.

«Pero si es la misma voz», comenta alguien a sus amigos con cara de pequeño electrizado; como quien le creció a la vida a la par de sus conciertos, y ahora descubre su madurez en la exquisitez de ese timbre.

Una señora invita a su esposo y a su hijo a bailar, a «tiernizar» esas letras sublimes. Y se entrega a la danza en medio de todos, con su vasito repleto de bebida, como transportada a gloriosas «enajenaciones».

Un señor canta y pasea con su perro pastor alemán de la cadena; y una mujer, toda de blanco, hace lo mismo, como una santa especial de este anochecer, con un tabaco terciado entre sus labios. Elevan las voces como espantando sus «demonios», en la apariencia de extraños acomodadores de este teatro de las improvisaciones.

Silvio anuncia que el unicornio azul se le ha perdido ayer…; «cualquier información la pagaré»…; y entre el estruendo de admiración se exalta una voz: ¡Yo la tengo!, pero te la regalo, ¡bravo!, ¡bravo!...

Y la gente se mira, y se abraza, se palmea, se acaricia, se traspasa los rones, se extasía en esta confabulación de la alegría, que desmiente cualquier mal presentimiento de algún Necio, para decirlo con la estirpe de una canción de Silvio.

Ocurre como si un coro enorme y delicado de voces, de manos, de gestos entonara que la lírica no es la elección de una secta de escogidos, sino la naturaleza de las almas humildes, que hacen de la rudeza lo más bello.

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