¿A quién ayudé hoy?

Autor:

Alina Perera Robbio

«El dinero es la gran prueba de la vida», me dijo un amigo queridísimo tocado por la intención de regalar una idea en cuya brevedad no hubo espacio para matices, pero en cuya rapidez de relámpago pude saborear el espesor de la sabiduría.

Estábamos hablando de un tema delicado: de cómo mantener a flote las naves de los anhelos personales y familiares en medio de circunstancias difíciles que van desde los pálpitos de una Isla, hasta los de un planeta que regurgita y se estremece violentamente en todos los órdenes.

Ante nosotros, dibujando estampas de lo humano, desfilaron quienes un día, habiendo tenido muy poco, cambiaron su suerte para bien y aún así siguieron siendo los mismos generosos de siempre; y los venidos a menos, los que habiendo sido «pisito de tierra» saltaron un día al suelo bonito, cambio que extrañamente les hizo olvidar a seres queridos, a cómplices de las mil y una batallas, con los cuales habían desbrozado montes de adversidad.

También desfilaron, por supuesto, quienes siempre han tenido y nunca han aprendido a dar; los de igual suerte que en cambio supieron desde muy temprano mirar hacia los lados y hacia abajo. Y los que, agobiados por el tábano de la precariedad, jamás han dejado de prodigarse al otro, incluso al precio de arrancarse lo que no les sobra.

Este asunto de la generosidad se vuelve ahora mismo, Isla adentro, cardinal y salvador. Porque en la vorágine de transformaciones impostergables en que se sumerge el país para poner a buen recaudo lo más elevado de sí, algunos, al asomarse a un espejo, descubrirán a un inadaptado, y sentirán que es duro reemprender el camino como trabajadores (si a ellos toca, por ejemplo, la hora de arrancar «desde cero» tras un proceso de disponibilidad); otros tendrán que repensar planes y presupuestos en el ámbito hogareño, apretarse como se dice en buen cubano «los cinturones» para que «la cuenta dé un poquito más» mientras el país reacomoda su carga y asume la expedición crítica hacia horizontes de mayor bienestar. Y otros tendrán que administrar energías y entregas para que el recién nacido, el anciano, o el enfermo de casa tengan amor y abrigo.

Habrá seres hundidos en la soledad pura, demasiado frágiles o incapaces de valerse por sí mismos. Hasta ellos, uno a uno, tendrá que llegar el diagnóstico social, y la luz de las instituciones responsabilizadas con ampararles. Pero estas líneas no están inspiradas en esa punta extrema cuya atención siempre ha estado clara para la Revolución. Estas líneas nacen atizadas por la urgencia de subrayar un umbral íntimo que existe detrás de cada pecho, una capacidad de entrega y compromiso con el otro, que en nada depende de lo que habrá de emprenderse en materia de seguridad social, a toda máquina y a modo de contrapeso humanista, mientras Cuba ejecuta sus cambios en lo económico.

Siento que ahora es preciso tocar fondo en todas nuestras reservas. Y en esas arcas también cuenta, como un recurso estratégico, la sensibilidad de cada hombre y mujer, la disposición espontánea para equilibrar las cosas allí donde sea posible; de tender en acto de amor y sin levantar polvo, la manta, el pan, la moneda,el beso. Es cura que nadie nos mandará a hacer, que no vendrá de «arriba», que no está estampada en papel alguno, pero que discurre como torrente milagroso en las venas de la nación y siempre toma cuerpo en las personas de bien.

Son muchos los que tienen para sacar desde el umbral sagrado de la bondad. De ellos depende ganar esta pelea contra los demonios —y son  fieros los demonios al cabo de más de 20 años de resistencia y desgaste del espíritu—. Solo el desprendimiento, incluso la piedad, serán el antídoto contra ciertas miserias por cuenta de las cuales uno puede presenciar —fui testigo— cómo un vendedor de guayabas negó, por un peso, la fruta a una madre de mirada perdida con su hijita colgada del brazo, por la escalofriante razón de que «ella no es familia mía…».

Céspedes, el Padre de la Patria, prefiguró el camino: dejó toda comodidad movido por ideas sublimes y se lanzó a una lucha cuyo desenlace implicó para él un final trágico, aderezado desde mucho antes por la soledad y la pobreza. Y Martí, el infinito, fue un ejemplo impecable —él… quien dijo: «hacer bien es un deber sencillo (…) que la caridad cumple en silencio»—. Ya sabemos que puso su inteligencia de genio en función de la inmensidad, y en lo práctico atravesó un desierto de vicisitudes, ayudado por la voluntad de otros más «terrenales» que le sostuvieron para que pudiera seguir adelante con la Obra, la entonces incorpórea, la de los sueños por los cuales vale la pena preguntarse en un callado acto de conciencia: ¿A quién ayudé hoy?

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