Danilo el diverso

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Para la mayoría de nosotros era, cuando menos, como una expo andante de «extravagancias». Sus vestimentas extrañas y de colorines, sus colgajos y gangarrias, los cortes de su pelo; hasta el desgano con que físicamente lo había concebido «el Señor»... A unos los sugestionaba y a otros les parecía una payasada: «políticamente sospechosa», por supuesto...

Era como si aquel jovenzuelo de la carrera de Historia del Arte fuera alguna especie de «Andrómeda» colado acá desde algún mundo paralelo, de cuyos misterios nos aleccionaba un programa televisivo de los domingos.

A Danilo —de cuyo apellido no logro acordarme—, no lo había visto más, aunque nunca le perdí el rastro. Su indumentaria le hacía imposible vivir en el «clandestinaje», que tal vez no le interesaba para nada.

A cada rato me llegaban correos en los que lo describían con su cada vez más «esplendoroso» atuendo, mientras participaba de iniciativas o eventos culturales.

Curiosamente, nadie lo miraba por dentro; le metía la mano y lo viraba al revés, como solemos decir los cubanos. Siempre lo que recibía era esa descripción externa, superficial, maniquea, de sus aspavientosos y «risibles encantos».

Casualmente pude encontrármelo en fecha reciente en su medio natural, nada menos que entre la algarabía y el ajiaco de expresiones de las Romerías de Mayo, en la ciudad de Holguín; esta vez con un sombrerillo tejido a la cubana, cayéndole de lado como a los mafiosos neoyorquinos, pero con su sonrisa noble, y esa expresión dulce, casi tierna, de cierta timidez.

Y en ese fugaz y afectuoso saludo en el que repasamos nuestras existencias, soltó una frase concisa pero develadora: «Estuve en otros países, pero ya estoy aquí. Y estaré».

Creo que lo dijo con su sal y su pimienta. Y lo entiendo. Hemos compartido este mundo donde lo diferente no pocas veces ha sido mirado y calificado con pernicioso prejuicio, y en no pocos casos se le atribuyeron amenazas e inciertos destinos.

Era como si alertara que mientras muchos «domesticaditos», correctos y predecibles, terminaron buscándose sus «mundos paralelos», las extrañezas y extravagancias suyas seguían enriqueciendo la diversidad de Cuba.

Danilo está entre nuestra gente y nuestros sueños, cuando no pocos pensaron que se iría en algún momento con sus gangarrias a «otra parte».

Y está entre nosotros —lo dijo de alguna manera— para seguir siendo consecuente. Para defender que el respeto a la diversidad es el mejor o el único estado aceptable de la cultura; incluso para demostrar que cualquier tipo de exclusión —donde quiera que se produzca y por las causas que ocurra— es esencialmente anticultural.

Danilo tiene una peña entre esa multiplicidad de opciones holguineras. Y su espacio es como él: una estrella fugaz desde la que se promueve, admira y defiende lo auténtico, no importa cuán extraño nos parezca, porque al fin y al cabo integra los destellos del universo.

Mientras me alejaba de este amigo de la universidad y de siempre, me preocupan otros «Danilos»; los que ahora gatean o corren por ahí. Porque no sé si tendrán la salvadora y venerable sombra de la Cruz, esa que desde una loma rebelde protege a este «tipo chocante», para algunos «repelente» o «gracioso», pero definitivamente admirable.

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