La nueva fe

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Más que ninguna otra, la circunstancia cubana exige la asunción de una perspectiva humanista. Eso sostiene la intelectual Graziella Pogolotti, y la concepción acude cada vez que la existencia me sitúa entre soñadores.

Estos últimos en Cuba nunca faltan, por muy duras que sean las condiciones. O tal vez en medio de ellas es cuando más despiertan; porque de qué otra cosa está concebido el hilo de nuestra historia, sino de arrestos de soñadores. Deben asustarnos entonces, como a Graziella, el utilitarismo barato o los tecnócratas desenfrenados.

No es casual que la Pogolotti ubique una frontera entre humanismo y humanitarismo. Para la estudiosa, el humanismo eficaz es aquel que confiere a las personas un real protagonismo, basado en una participación responsable en la tarea concreta, en el empleo social de los diversos saberes, en la reivindicación del destino de la patria, hacer de cada quien objeto y sujeto de la historia.

Esas ideas se avivaron mientras departía en fecha reciente con un grupo de alfabetizadores, o mientras repasaba sus crónicas. Quien devora esas historias, queda con la sensación de que ellas pueden ayudar a que aprendamos, ya no a leer, porque eso ya lo hicimos desde aquella campaña contra la ignorancia, sino a redescubrir la fuerza abrasadora de la esperanza y de la fe, esas energías sin las cuales nunca Cuba podría ser la misma.

En esas líneas se siente que aquellos 60 fueron para el país como el año uno en su tiempo de siglos. No le había emergido un Cristo milagroso de la cruz, pero le había nacido una nueva fe.

No era un país gobernado por nadie más que por los sueños, y entonces todos parecían posibles. Y con aquella luz se atrevía un pueblo a caminar entre las sombras hacia un nuevo destino. La irreverencia era la única convención. Toda añeja estructura, todo viejo prejuicio, toda antigua mezquindad se venían abajo para fundar un hermoso sentido de la justicia y la libertad. La bondad y el amor se destapaban de todos los cofres del alma cubana.

Era una nación que había perdido la medida de todas las cosas; en la que no había empeños medianos, ni imposibles; en la que nada parecía más cuerdo que todas las benditas «locuras» relegadas por los siglos.

Fue la época en que aquella juventud comenzó a creer que no solo estaba lista para cambiar a Cuba; también para salvar al mundo. La isla perdida en la inmensa geografía universal comenzaba a dibujarse una nueva dimensión. El pequeño David se travestía en Goliat de la redención humana.

Se saltaba de la adolescencia a la madurez como Gagarin de la Tierra al cosmos. La rebeldía y la sapiencia habían encarnado su perfecto cuerpo joven. La audacia y la imprudencia eran el brío que cambiaba al país.

Una nación que viene de enamoramientos y ardores semejantes, no debería dejarse arrastrar nunca por la indiferencia o la apatía. Menos aún por quienes, como el defensor de la derecha política y del mercado, el famoso escritor Mario Vargas Llosa, proclaman que «la sociedad perfecta no existe ni va a existir».

Para el Vargas Llosa literariamente esplendoroso, aunque éticamente derrotado —o afiebrado por la nada utópica felicidad de los poderosos y los ricos— es imposible que la idea de la sociedad perfecta coincida en dos seres humanos. Varía con cada individuo, cada uno nos la creamos sobre la base de nuestras fantasías particulares, nuestros deseos, nuestra psicología. Según el escritor no se puede universalizar una idea de la felicidad, porque ello no es más que «cosa de fanáticos».

Esta consideración, como ya dije en oportunidad anterior, la rebate acertadamente Graziella Pogolotti, para quien uno de los grandes conflictos contemporáneos se diseña, precisamente, en torno a la contraposición entre tecnocracia y humanismo, cuando parece imponerse un utilitarismo miope.

Para ella, como debería ser para cada cubano, plantearse la necesaria refundación del humanismo no es pura especulación de ilusos. «La respuesta no habrá de proceder del materialismo vulgar, falsa moneda que, en última instancia, desconoce el papel del hombre ante las fuerzas ciegas de la economía», sostiene.

La estudiosa alerta que es tarea primordial rescatar, atemperados a las premisas de la contemporaneidad, y extrayendo las lecciones de nuestro propio aprendizaje secular, nuestra plataforma, válida para el porvenir y para dar respuesta a nuestros desafíos actuales.

Esa plataforma la hemos ido rearmando en los últimos años, y habrá que seguirlo haciendo, para que nada le apague el brillo, la luz abrasadora con la que debe seguir enamorando a los cubanos.

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