La rebambaramba

Autor:

Raiko Martín

Ni sé cuándo fue la primera vez que escuché la palabra —si así puede llamársele—, pero estoy seguro de que nadie la pronunciaba con mayor entusiasmo que Alcides Sagarra, toda una institución viviente del boxeo cubano.

Con ese término bautizó el ilustre preparador una suerte de carteles paralelos que se celebraban muchas veces en comunidades aledañas a las sedes, y a los que iban a parar los púgiles tempranamente eliminados en los Campeonatos Nacionales Playa Girón.

Aunque, por lógica, sus protagonistas no se subían con el mejor de los ánimos al encerado, aquella era una interesante idea que pretendía aportar más posibilidades de confrontación, y con ellas algo de espectáculo y recreación a los moradores de aquellos sitios.

Aun consciente de eso, nunca puede evitar que la rebambaramba me sonara, cuando menos, a desorden. Y ahora, en medio de algunas de las disquisiciones deportivas del momento, es imposible que a mi mente no regrese tan singular expresión, con esa particular interpretación a cuestas.

Este domingo se celebra el Juego de las Estrellas, y como era de esperar, la justeza de su convocatoria ha levantado una polvareda de opiniones. Dicen que es muy difícil poner a dos cubanos de acuerdo, ¡imagínese usted lo titánico que resulta hacerlo con miles de apasionados del béisbol!

Pero la polémica es siempre bienvenida. Más preocupante es escuchar tanta discrepancia en medio de una transmisión televisiva, cuando todos esperábamos las señas correctas para armar nuestro particular firmamento.

Desafortunadas frases más o menos parecidas a «yo creo que la selección va a ser de esta forma», «a mí me dijeron que el mentor será elegido por más cual vía», o «no estoy seguro si serán tantos o más cuantos lanzadores por cada equipo», por solo citar algunas, solo nos llevan a pensar en algo caótico. Y esa falta de sintonía no es más que el fruto de tantísimos años de bandazos, sin ser capaces de establecer una fórmula única para elegir a nuestros peloteros estrellas.

Como toda obra, es perfectible. Mas resulta loable el rescate del voto popular para esta selección, pues no hay mejor certeza del estrellato que el respaldo mayoritario de los aficionados. Intentar establecer las pautas para esta elección es otro mérito aplaudible, y propiciar la participación a través de todas las vías posibles, incluidas las nuevas tecnologías, ha sido un total acierto de sus gestores.

Pero ya es hora de cerrar el círculo, de poner de acuerdo a todos los cubanos que sea necesario para no volver a cambiar de idea cada vez que veamos un gorrión pasar.

Por extensión, el sayo le sirve a nuestras Series Nacionales y a otros certámenes deportivos más o menos seguidos en el país. Yo apenas gateaba entonces, pero según los archivos de nuestro estadístico Benigno Daquinta, desde la división político-administrativa de 1976 nuestra principal justa beisbolera ha variado de alguna forma su estructura en nueve oportunidades, sin contar la variedad de torneos de ocasión que le acompañaron en diferentes épocas. A la cifra deberá sumarse una más para la próxima campaña, aunque la Federación no ha dicho aún la última palabra.

Algo similar ha ocurrido con el fútbol, que está muy cerca de celebrar el centenario de sus campeonatos nacionales. Durante las últimas tres décadas, el certamen doméstico ha sufrido una decena de modificaciones, y la venidera temporada parece venir con nueva cara.

Tantas idas y vueltas nunca serán favorables. Es un hecho que algunas veces el bolsillo trazó el camino, pero no siempre fue la coyuntura económica o el reacomodo geográfico lo que motivó el golpe de timón para arribar a cada nueva fórmula, por demás, siempre pensada como eterna.

Definitivamente, al deporte cubano le urge trazar con seriedad la proyección futura de sus principales competencias; necesita intentar por todos los medios que un nuevo paso en ese sentido sea lo más conciliador posible, viable bajo cualquier circunstancia adversa y, sobre todas las cosas, definitivo.

Solo así perdurará cualquier idea, tan interesante y bien intencionada como la rebambaramba del profe Sagarra, siempre lejos de cualquier imaginado desorden.

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