La demanda, ¿cuánto manda? - Opinión

La demanda, ¿cuánto manda?

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

¿Cuánto más se le puede pedir a la economía cubana? Los especialistas indican que esta ha sufrido golpes muy duros. Hemos debido sortear una crisis sobre otra crisis. Una encima de la otra sin superarse ambas y todas sus complejas secuelas. Se nos vino encima aquello de que: «a quien no quiere caldo… le dan tres tazas».

El primer trance se derivó del sorpresivo «desmerengamiento» de los modelos del llamado «socialismo real», y el segundo, de los efectos de la depresión económica capitalista mundial. Y para menos consuelo, con bloqueo norteamericano recrudecido.

Agréguese que la nuestra no es una crisis cualquiera. Sobrepasarla requiere superar un modelo de economía verticalista y centralizado, que frena los mejores ímpetus del país.

Estamos en camino de la expansión de una economía actualizada, más horizontal y menos monopólica por parte del Estado, incluso socializada; con aceptación del mercado sin renunciar al papel preponderante de la planificación socialista, cuyos rasgos quedaron expresos en los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución.

Ello implica, como coinciden exámenes de los economistas, que el relanzamiento del cuentapropismo, entre otras decisiones en curso, ocurre precisamente en medio de ese complejo e ineludible ajuste estructural.

No es casual que los investigadores subrayen que una de las variantes que no pueden soslayarse en el reajuste actual, y cada vez con más énfasis hacia el futuro, es el papel que desempeña la «demanda» en una economía con rasgos de mercado.

Una interrogante suspendida sobre el avance de la actualización, y muy específicamente sobre el éxito del trabajo por cuenta propia, es cuánto peso habrá tenido sobre su curso la prevalencia de salarios deprimidos, con muy escasa capacidad de compra.

Antes del relanzamiento de esta forma de gestión, las indagaciones revelaban que una abrumadora porción de los ingresos del cubano promedio se utilizaban para adquirir los alimentos. Si como ya advertí en esta columna, de enero a diciembre del pasado año el precio de estos en el mercado creció en un 20 por ciento, debe inferirse que las personas tienen ahora una situación más complicada para adquirir productos más allá de esos básicos.

A lo anterior debe agregarse que la irrupción de miles de nuevos vendedores en los más diversos confines del país no trajo la reducción de precios que se hubiera esperado.

La ausencia de un mercado mayorista y la confluencia en el mercado minorista del consumidor común con estos nuevos actores, derivó no solo en menos productos en las cadenas tradicionales de venta, sino que los surtidos de estas vayan a los mostradores de las nuevas formas de gestión con mayores precios. Como es de suponer, ello incide adicionalmente sobre la solvencia, el poder adquisitivo y la capacidad de compra.

A lo anterior debe agregarse que autoridades del país reconocían, antes de iniciarse la actualización, que ya para esa fecha la baja en la demanda le estaba creando problemas a la economía.

Desde ese momento estaba planteada la necesidad de incrementar los ingresos, que se consideraba debía iniciarse por los sectores productivos, con el propósito de que funcionara también como incentivo a la eficiencia.

Superada la idea de que el mercado es una «bestia» que no puede digerir la transición socialista, debemos asumir, entre los cambios mentales que precisa la actualización, que la apertura del mercado implica reconocer el peso de la demanda.

Esta última se convierte en una variante inexcusable de las transformaciones de nuestra economía. De entender que la demanda también manda depende también cuánto más se le puede pedir a la economía cubana.

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