Dudo, luego creo

Autor:

José Alejandro Rodríguez

La anécdota que desempolvaré como pieza arqueológica, sucedió en años de esquemas y mecanicismos, cuando las distorsiones del pensamiento marxista en el esmeril de la praxis, llevaron a no pocas instituciones y personas en Cuba, a esgrimir la teoría revolucionaria como una fe revelada y escolástica; y no como el instrumento científico para conocer la realidad y transformarla, que pretendían el Genio de las barbas y su brillante colaborador Federico.

Un amigo muy inquieto de aulas universitarias, «conflictivamente» revolucionario hasta estos días, levantó sospechas inquisitoriales de ciertos administradores del pensamiento. La osadía del travieso fue esgrimir en un debate la famosa «Confesión» de Carlos Marx, un juego de preguntas y respuestas a modo de ping pong entre el filósofo y sus hijas, en el cual el Insigne de Tréveris define como su divisa preferida: «Duda de todo».

Al amigo le cayó el sambenito de diversionista, resentido, con problemas ideológicos y no se cuántas etiquetas más, de esas con que la incapacidad reduccionista y el oportunismo se sienten más cómodos y reforzados. Suerte que él pudo vivir mucho más para percatarse de que la Revolución desbordaba a aquellos cancerberos, muchos de los cuales andan, conversos, por las calles de Miami o de la propia Habana.

Lo que no podían o no querían ver tan tempranamente los censores del joven, era la connotación cognoscitiva y filosófica que tenía aquella divisa de Marx para la teoría revolucionaria: el principio de la duda metódica, ya enunciado por el racionalista René Descartes, en oposición a cualquier verdad preestablecida o dogma.

Era, y sigue siendo, la duda como premisa del conocimiento científico de la realidad. La necesidad de comprobarlo todo, y no aceptarlo ciegamente, para llegar al tesoro de la verdad. Eso que, con los años y la madurez, la Revolución Cubana ha tenido que blandir para despojarse del automatismo y tantas simplificaciones que nos alejan del necesario conocimiento de nuestros escenarios, en pos de transformarlos constantemente.

El camino no ha sido fácil ni lineal, porque las revoluciones traen en su propio vientre, como un alien que sí le hace el juego al enemigo, el peligro de necrosarse burocráticamente si no aplican la dialéctica marxista. La política y la gobernación por sí solas, desprendidas del conocimiento científico de la realidad, pueden errar.

Es lógico que el socialismo yerre, y hasta capitulaciones muestre a lo largo de su breve gateo por la Historia. Lo esencial, y lo que nos gritan los tristes fracasos europeos como espejos de alerta, es que la conducción de este sistema y su garantía se cimentan en la voluntad consciente del sujeto histórico, y no en las lógicas instintivas del capital.

De ahí que la Revolución Cubana haya ido descubriendo y reconociendo implícitamente, con los años, que las improvisaciones, el voluntarismo y el empirismo pueden hacer abortar la idea más noble y justa, cuando la política y la conducción de los asuntos nacionales no se dejan iluminar sabiamente, para la toma de decisiones, por los caminos de la investigación científica y el aporte de las ciencias sociales.

Es elocuente que muchos de los cambios que hoy se implementan a partir del debate popular de los Lineamientos Económicos y Sociales del Partido y la Revolución, ya los sugerían durante años los pertinaces diagnósticos y recomendaciones de brillantes y leales académicos cubanos, que siguen en la pelea por la racionalidad de nuestro socialismo.

Si confusamente satanizamos el principio de la duda, hoy debemos asumirla como esa sabiduría interior de una sociedad, para no confundir los buenos deseos con la realidad. La duda para no marearse en la complacencia y la simulación. La duda como inconformidad del revolucionario. La duda contra todo lo preestablecido. La duda para el mejoramiento humano.

No es fortuito que Ernesto Che Guevara, el eterno insatisfecho, en su diario de Campaña en Bolivia escribiera el 26 de julio de 1967, que el Asalto al Cuartel Moncada fue una rebelión contra los dogmas revolucionarios.

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