Sesentona, ¿quién te olvida?

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

De niño siempre me llamaste la atención. Cuando pasaba por tu lado, me incitabas a una mirada diferente, un vistazo de incertidumbre ingenua, una impresión de rareza, de «no sé lo que me dicen ni lo que tú significas». Imagínate, yo guajirillo que en mis viajes esporádicos a la ciudad divisaba medio asombrado tus estructuras con apariencia de «ciudad» multifamiliar. ¿Tu nombre? Tu nombre era lo más inexplicable para mí.

Perdona que te trate de «tú» y no te venere a esta hora con el usted característico de tus escenarios encumbrados, de tu gente docta y estudiosa, de tus ambientes eruditos, unas veces cargados y de puro nervio, tantas veces cómodos, disfrutables, por instantes plenos.

Pero no me sentiría bien deshaciéndome de esta proximidad cordial que me complace, sin ensanchar por los cauces del cariño más agradecido las maternidades que has hecho tuya, amparando con el ánimo de quien amamanta a un hijo y le brinda sus calores más íntimos e insospechados, para luego situarlo, fuerte y afanoso, en la punta de un largo camino.

Te conocí a la edad justa, ni más ni menos, aunque desde mucho antes ya andaba esforzándome para recorrerte por la encrespada ruta que anhelaba y me desvela todavía. Venía yo con el espíritu del aprendiz inquieto, del jovenzuelo aún lleno de inmadureces y deslices, del muchachón medio tímido, pero cargado con un sinfín de expectativas. Y tú, que tenías ya por entonces una historia inmensa que contar, como a tantos otros te lanzaste radiante a conquistarme.

Han pasado casi tres años de que me fui de tu lado para tomar, gracias a ti misma, otros senderos más definitivos. Pero, ¡qué va!, ni para mí ni para muchos de los que te han abrazado alguna vez ha sido tan simple la partida, más allá de tus ausencias o formas por corregir. Siempre vas con uno, o mejor, uno siempre va contigo.

¿Que si te extraño? ¡Hombre! Claro que te extraño. ¿Tú crees que esa fuerza noctámbula y bohemia de tus noches, moldeadas por ese ir y venir que termina con la madrugada, se viven dondequiera?

¿Tú crees que la «festivalesca» imagen de tu teatro lleno de gente vocinglera y dispuesta a aplaudir, tus días de juegos deportivos y clases, tu club medio oscuro y abandonado en mis tiempos, los chapuzones en ese río fresco que te atraviesa, tu biblioteca colosal, tu merendero casi siempre sin menudo, y tu amplísimo comedor sin esas paredes que tanto se anhelan en invierno, suelen ser una fácil convergencia?

¿Acaso piensas que amigos de verdad, esos que sirven para discutir de todo, dar «chucho» con deseo, hacerte reír hasta de ti mismo y acabar compartiendo con igual voracidad una raspadura que un pan viejo, se encuentran en cualquier lugar?

¿Quién pudiera volver otra vez a ti con su generación, ya algo dispersa? ¿Cómo no evocar tu historia de días rebeldes junto al Che, cuando serviste de comandancia horas antes de tomar definitivamente a Santa Clara; o cuando le otorgaste al Guerrillero el título de Doctor Honoris Causa en Pedagogía? ¿Cómo no traer a la memoria también las veces que has tenido en tus predios la presencia siempre alentadora de Fidel?

Ah, mi Universidad, la casi sexagenaria Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, con ese nombre largo que sorprende hasta por su escritura. ¡Qué manera tan sutil la tuya de sugerirnos cómo actuar, cómo conducirnos bien o mejor, cómo llevar con uno la entrañable estampa de quien jamás merece que se olvide!

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