Confianza, ¿se ofrece o se pide?

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

No es una palabra cualquiera en el diccionario común de la vida nacional. Es un sustantivo especial entre los muchos que pueblan el catálogo, ya no solo de la lengua española, sino de la existencia de los cubanos. Entre esas nueve letras se decide algo mucho más serio que una etimología, un verbo, algún sinónimo o un antónimo.

«Confianza» es la esperanza firme que se tiene de alguien o algo, explicita el Cervantes. Agrega que es la seguridad que se tiene en sí mismo; la presunción o vana opinión de sí mismo; el ánimo, aliento o vigor para obrar; o la familiaridad o libertad excesiva.

Fue una apreciación reciente la que haló la cuerda del interés sobre ella. Alguien señalaba, en una discusión, que es imprescindible que los padres confíen en el sistema de educación. Agregó que todavía hay quien paga a repasadores, y luego sus hijos no son los que mejores notas obtienen: porque no todo el que repasa está bien preparado, y muchas veces lo que hace es cogerle dinero a la familia.

El punto de vista anterior puede ser muy respetable, al cuestionar la calidad de una parte de quienes han sido autorizados por ley a ejercer este tipo de labor, gracias al trabajo por cuenta propia.

Su consideración, sin embargo, ignora lo más esencial, aquello que El principito señalaba como invisible para los ojos: la responsabilidad de la escuela y del sistema educacional de la nación con la calidad de los contenidos y los valores que se inculcan, y en los resultados que se obtienen.

La cuenta es tan sencilla que casi no amerita el más mínimo contrapunteo. Los estudiantes cubanos no obtienen bajas calificaciones o desaprueban porque tengan deficientes repasadores, sino porque en los últimos años, por razones objetivas y subjetivas, se acumularon serias deficiencias en el sistema educacional, que este busca superar en lo adelante con diversas transformaciones.

No se trata de pedirle a la familia y los estudiantes «confianza», sino de «ofrecerla» a ambos; de manera que, incluso, no sea preciso que estos se vean obligados a acudir a actores alternativos a la escuela o el sistema, no ya con la finalidad de aprobar, sino de obtener los conocimientos imprescindibles para la vida, las futuras profesiones y el bien del país.

Sería insustancial promover la literaria discusión de si son «galgos o podencos», al estilo de la reconocida fábula: «Por entre unas matas, seguido de perros, no diré corría, volaba un conejo». A este se le unió otro. Y ambos, en plena carrera, en vez de apretar y largarse con viento fresco, empezaron a discutir si los perros que los seguían eran galgos o podencos.

La historia culmina en que ambos animalitos, con el bofe agotado de tanto parloteo, acabaron en las fauces de los perros y, por supuesto, con una sagrada lección: «Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo».

Los hermosos propósitos de la sociedad cubana, como los nobles personajes del cuento, pudieran ser devorados por aquellos que, en el afán de quitarse responsabilidad o por ignorancia de la que les corresponde, señalan como victimarios a quienes no son más que víctimas de errores y complejidades acumuladas en estos años.

En el mismo ámbito educativo, para no desviarnos del tema, valdría la pena preguntarse si lo que es legal, plausiblemente legal para la sociedad, debería ser legítimo, verdaderamente legítimo, o moralmente aceptable, para la escuela y sus docentes.

Es cierto que los repasadores fueron aprobados como una figura entre los trabajadores por cuenta propia. Mas ello de ninguna manera significa que la escuela y sus maestros no deban sentir vergüenza cuando alguno de sus alumnos se ven precisados a buscar apoyo para poder cumplir sus objetivos educativos y docentes.

Mientras decidíamos, en fecha reciente, los ganadores de un concurso sobre la alfabetización, convocado por la Tecla del Duende de nuestro diario, la Doctora María Dolores Ortiz, miembro del jurado, lamentaba las laceraciones sufridas por la tradición pedagógica nacional en estos años.

En los diálogos que acompañaron esas decisiones descubrí que para esa prestigiosa y honrada maestra cubana nada hubiera sido más humillante, sonrojado más su rostro, ni lacerado con más fuerza su autoestima, que ver a sus alumnos acudir a otros para aprehender lo que ella tenía la responsabilidad de haberles enseñado. En el saber y el ser de sus alumnos va también su honor.

María Dolores Ortiz no «pide», «ofrece» confianza.

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