Pensar Cuba

Autor:

Alina Perera Robbio

En diálogo muy provechoso, un sociólogo cubano de gran prestigio me recordaba que hay que ver las cosas en su integralidad, como realmente existen. Eso, decía, no es fácil, porque a todos nos cuesta trabajo ver los procesos en su dinámica más abarcadora.

Los seres humanos tendemos a mirar las circunstancias de modo fragmentado y con cierto sentido de inmediatez, donde el pensamiento de «luz larga» pocas veces encuentra espacio.

Creo que a pesar de la dificultad que una mirada integradora y por ende elevada de los asuntos entraña, incluido el desafío a nuestra propia tendencia como seres humanos, es ella quien guarda una de las claves para hacer avanzar la sociedad en la cual los cubanos estamos inmersos.

Cada vez resultan más estériles e imperdonables, en cualquier espacio y a cualquier nivel de la Isla, las manifestaciones que nieguen una vista de largo alcance. Es lamentable, por ejemplo, que luego de una o dos horas de discusión en cualquier foro social, alguien pueda preguntarse: ¿Y cuál fue el concepto estratégico del asunto?, ¿adónde se quería llegar?, ¿adónde se llegó?, seguramente porque el encuentro no pasó de ser un glosario de anécdotas, lamentaciones, autocomplacencias o acatamientos.

La mirada integral, de la que tanto se habla en estos tiempos, niega, en mi modo de ver, la ignorancia o la improvisación, y exige una premisa clave: pensar el país todo el tiempo. Lo importante es no dejar de hacerse preguntas, decía el genio Albert Einstein. Y eso significa que nada debe ser asumido o acatado como una voluntad celestial, como algo ajeno que desembarcó en nuestras suertes y que no merezca mutación o réplica, mucho menos si nos parece algo que no convence. Los porqués son, en nuestro contexto, ahora mismo, un acto de honestidad y de responsabilidad.

La cultura del contrato en Cuba, por ejemplo (tema que generó largos análisis entre nuestros parlamentarios recientemente reunidos), trajo a colación la necesidad de pensar antes de diseñar cualquier acuerdo entre dos partes, y dejó en claro que las capacidades de negociar y discrepar en algo tan fundamental para la economía y la sociedad en su conjunto, están muy limitadas, de modo que después las consecuencias mínimas suelen ser que no hay cómo controlar lo pactado, o lo pactado no es posible, o no funciona en un escenario concreto que la mirada humana soslayó.

Pensar el país —piedra angular de la mirada integral que nos urge— incluye preguntarse el sentido de las cosas, ya sea de una directiva, una estructura social, un proyecto, o la más mínima iniciativa. Si cada camino no se piensa, corremos el peligro de vivir con un montón de cabos sueltos, de energías que se van por el caño, de empeños inútiles, de programas incontrolables, inmedibles en su impacto y alcance.

Pensar —eso a lo que fuimos convocados hace mucho tiempo por el Padre Félix Varela desde su pensamiento antiescolástico— es algo que se aprende y ejercita: desde los primeros años nuestros hijos deben descubrir junto a sus maestros herramientas tan valiosas como el sentido común, o la capacidad de interpretar (la cual sigue siendo, en mi criterio, una asignatura pendiente), así como la valentía para construir, sostener y defender una idea.

Si el país no es pensado, y además, entre todos, será muy difícil ganarle la pelea al egoísmo, al desorden, a la amnesia, al pillaje y al descomprometimiento. El saber compartido, dilucidado y ventilado sana y públicamente, nos hará ver con mayor claridad los grandes propósitos por los cuales nos animamos desde lo táctico, desde esfuerzos más puntuales; nos hará tener una mirada que descubra el modo en que todo se interconecta.

Otra arista de este asunto es que las mejores ideas se quedan vacías si se asumen sin «luz larga». Discutir hasta la saciedad, estilo al que aludió hace poco el presidente Raúl como premisa para la democracia, sería un ejercicio vano si no sabemos en cada momento sobre qué discutiremos, para qué y con qué propósito.

Pensar el país —entre todos— es la única manera de enfrentar toda incertidumbre; y de existir de veras, no de estar por estar como si la esperanza no tuviera oportunidad entre nosotros.

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