Rápida y furiosa

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Rápida y furiosa iba aquella 222 por la calle 23, en La Habana. Rápida y furiosa siguió por la calle 41. Con el mismo estilo pudo haber continuado cuando la suerte —o la llegada a mi parada— me hicieron abandonarla. Bastante la soporté. Demasiada buena suerte nos acompañó.

Como protagonista de la sexta parte del conocido filme de acción donde los carros van a velocidad inimaginable gracias al combustible que corre por sus tuberías. Así me sentí. ¿Quizá eso creyó también el «diestro» chofer? Sí. Hay que reconocérselo. Bien diestro era para esquivar las paradas establecidas y salir andando con la mitad de los pasajeros que se bajaban con un pie aún en la puerta.

No había remedio. O pronosticabas en qué parada tenía pensado «detenerse» o caminabas varias cuadras de más a esa hora en la que todos marchamos con el alma a cuestas y los ánimos del día dispuestos a reposar. Eso no era importante para quien parecía dueño y señor de nuestra guagua y nuestras vidas. Más importante parecía el peso (1.00 MN) que podía robarle aquel otro ómnibus si lograba estacionarse primero que él y llevarse a todas las personas que necesitaban del transporte.

No crea usted que acabó lo peor de la historia. El colmo de esa tarde en la que mi vida —y muchas otras— estaba en la conciencia de un inconsciente aún no ocurría. Luego del pequeño fracaso de una parada perdida (es decir, «robada» por otro chofer que arribó primero), su paciencia pareció llegar a su fin y se llevó la roja. Con tal infracción sobrevinieron las consecuencias esperadas: un desorden en el tráfico general que no llegó a peores consecuencias por milagro del destino, o por precaución del resto de los conductores.

En lo de cobrar un peso no me detendré, pues sobre la falta de moneda fraccionaria para dar vuelto —ficticia y usada como trampolín para robar a los clientes— ya se abundó en el comentario Tengo menudo (Yuniel Labacena Romero, estudiante de Periodismo, 1ro. de agosto).

Quiero llevar la mirada en otra dirección. Porque mi anécdota no asusta. Asusta que no sea tan mía. Atemoriza que pueda ser tuya, de él, de ella, de todos… Y con la ubicuidad de este drama viene la de su protagonista. ¿Cómo puede un servidor del bien público traer mal a la colectividad?

Recuerdo otros acercamientos al tema y la insistencia de algunos colegas en que los organismos rectores de esta actividad reparen en cuán poco podrá lograrse si no se produce un salto en la calidad humana de quienes en ella laboran. A veces se identifica a las condiciones de trabajo y al equipamiento nuevo como claves en un despegue productivo, y pasan a un segundo plano las aptitudes y condiciones de quien los hará funcionar. Pero sobran los ejemplos de talleres vetustos y centenarias artesas donde nacieron maravillas de la mano de la disciplina, la participación, la imbricación de metas personales y colectivas, el autocontrol y otros ingredientes de la motivación.

¿Son esos conductores los que queremos o los que tenemos? ¿Qué hacer para que, en un segundo, no echen al caño el esfuerzo que tomó —y les tomó— traerlos hasta aquí y confiarles tanta responsabilidad? Más allá del creciente rigor con que los trata la ley vial y del avance que significa la obligación de recalificarlos, ¿qué otras ideas pueden cocinarse para que esos que yerran piensen, siempre, en el pasajero?

Ah, otra vez Buena Fe con sus ideas: «Vamos cargados, y ante la impaciencia, para ir de prisa se deja vergüenza». Ojalá un día no lejano sea este un epitafio a la irresponsabilidad y el individualismo. No se les puede esquivar. No seamos cómplices de ellos.

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