Chávez vive - Opinión

Chávez vive

Autor:

René Tamayo León

CARACAS.— Nunca marcharon tan bajas las nubes en esta ciudad. Tras el «invierno» —la época de lluvias en el firme americano— las nubes parecían secas. Infértiles. Carentes de varón. De ese que las preñara para hacer volver el verdor.

La tarde de este martes precipitó. Fue una lluvia triste. Hoy las caobas nuestroamericanas, que se levantan por toda esta ciudad, se habrán desprendido del polvo, de toda suciedad.

Brillantes se verán. La grama, también. Tras cada lluvia, Caracas renace. Ayer parecieron lágrimas. Sí, Caracas lloró. Nosotros también. Lo sabíamos.

Él prefiguró la posibilidad antes de despedirse de su tierra amada para viajar hacia un tratamiento médico crucial, difícil, quizá final, en diciembre pasado.

Cuando días atrás anunció que estaba de nuevo en su patria querida, nos alegramos y reímos a más no poder; pero al final, hicimos silencio. ¿Sería el inicio de otro inicio?

Nunca desde el balcón de mi apartamento en Caracas pasearon las nubes. Ayer sí. Y no miento. No busco un escenario lírico. Fue así. El Varón no ha muerto, está renaciendo ya hoy.

Chávez es la fuerza telúrica de Nuestra América. No volverá convertido en millones. Ya lo es. Cada uno de nosotros es él.

Nos vimos muchas veces, en sus recibimientos oficiales en el Palacio de Miraflores, en sus conferencias de prensa, en sus viajes electorales por el país... Nunca le pregunté algo.

Me gustaba observarlo. Un hombre sencillo. Bueno. Dulce. Bondadoso. Jaranero. Preocupado por todos los detalles, incluso, hasta por la «frivolidad» de un refrigerio para los periodistas que quizá habían estado esperando por él horas, cuando sabemos que —al final— parte de nuestro trabajo es esperar.

Creo que una norma de su vida fue siempre parecer un hombre «común». Pasar físicamente como uno más. Pero cuando hablaba, cuando te miraba, cuando actuaba, ya no podía mantenerse en su propósito. Se empeñaba por no parecerlo, pero era grande. Gigante. Único.

Recuerdo la última vez que me pareció que habíamos cruzado miradas. Fue en la avenida Bolívar, en octubre pasado, durante el cierre de campaña para las elecciones presidenciales que se efectuarían unas horas después, en aquél épico y reciente 7 de octubre de 2012, donde arrasó en las urnas.

La lluvia le caía encima. Por ahí andan fotos de entonces. Ya son clásicas en la iconografía de los grandes. Cruzó sus brazos y dejó, dulce y delicado, que la lluvia lo siguiera mojando. «Lluvia de vida», creo que murmuró entonces.

No fue un espontáneo acto de protección. Fue como si estuviera cargando en sus brazos al mundo. Seguro que esa idea no estaba en sus propósitos. Él nunca hubiera pensado en algo así. Más bien —creo— que al cruzar sus brazos en la lluvia lo que quiso decir fue que se sentía arropado por el pueblo.

Pero fue a la inversa: en el regazo de Chávez cabía toda Venezuela, la buena, la llanera y andina, la caribeña y amazónica, y también todo nuestro mundo. Y seguirá cabiendo más.

Chávez ya no es él. Chávez somos todos. Chávez ya no puede nacer de nuevo cada cien años, como decía Neruda de Bolívar.

Nos estamos quedando sin tiempo. No debemos esperar. Bolívar y él han de nacer cada día. En nuestro corazón y también en la acción. Cierro esta crónica. Voy en busca del metro. Hoy, de nuevo, amaneceré en el Balcón del Pueblo del Palacio de Miraflores, la sede del Gobierno desde donde tantas veces él arengó.

Me dicen que el tren subterráneo está atestado. El pueblo de Venezuela, a través de los caraqueños, hoy amanecerá allí. Vamos a ir a ver a Chávez. No hará falta mucho esfuerzo. Y mucho menos, magia. Solo bastará con mirarnos a nuestras caras. Chávez vive. Tenemos que ser cada uno de nosotros.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.