Yo y mis circunstancias - Opinión

Yo y mis circunstancias

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Recientemente, en medio de una atinada porfía sobre el inquietante panorama del béisbol cubano, por ese sino algo aciago que nos viene acompañando desde hace ya algunos años en competiciones internacionales, y de algún modo corroborado en este III Clásico Mundial de las bolas y los strikes, alguien, como buscando una solución salomónica a la discusión, acabó enfilando sus ideas hacia lo previsible e imprevisible de los hechos:

«Bueno, caballeros, qué se va a hacer ya. No nos fajemos más por lo que no tiene vuelta ni salvación. Es cierto que pudo faltar disciplina y engrane como conjunto, aun cuando hubo jugadores que se lucieron; es cierto que hubo decisiones tácticas y cambios en la alineación y en el pitcheo que comprometieron demasiado el curso de algunos partidos. Pero ya pasó, por encima de todo, no solo decidió la preparación, sino también la suerte en el terreno, el momento, la circunstancia».

Con el impulso de un «vuelacercas» que dejaba al campo a los que por buen rato contendían sobre un tópico de recurrencia especial por estos días en la agenda del barrio, la esquina, el trabajo y los amigos, se le hacía swing otra vez en el área de debate a una «recta» durísima que muchas veces dejamos pasar, entre apremios y arbitrios cotidianos, para que nos la canten como el mejor strike.

¿Cuánto nos debemos a las circunstancias, y a su vez cuán en deuda también están ellas con nosotros? ¿En qué medida hemos aprendido a entenderlas, corregirlas, adecuarlas, ante la velocidad con que alguien nos lanza —o nos lanzamos— la bola de las urgencias o aquellos argumentos apellidados de imprescindibles?

¿Puede ser la coyuntura una cuestión vista solo como aditamento en la interpretación de nuestras realidades? ¿O acaso no ha de comprenderse dentro de la centralidad de los procesos, como algo sustancial e inevitable con la que interactuamos, lo pretendamos o no?

Bien vale la jugada, pues resulta un buen «fildeo» periodístico esta arista porque se suele decir, ya como un discurso incorporado —más que preconcebido, a veces hasta justificatorio— que «todo depende del contexto, del lugar, que donde se resuelven los problemas es en la base», para luego acabar, en la concreta, desprovistos por completo de lo que allí ocurre.

Poniendo estas ideas sobre la grama de los mejores ejemplos, recuerdo aquella reunión en la que, exaltados por la buena práctica del santaclareño centro cultural El Mejunje, alguien propuso crear con urgencia una institución de este tipo en todos los lugares del país, como si no fuera ese sitio una resultante de la comunión bohemia de una ciudad y su gente, que no tiene por qué darse de la misma forma en otros espacios; o como si fuera tan provechoso subvertir la idiosincrasia de otros pueblos, imponiendo lo que quizá no interesa, pero tuvo éxito en otras circunstancias.

Por suerte, en aquel encuentro no se ausentó la lógica de sabernos parte de lo que somos y por qué lo somos, y se dio la espalda a aquella intención mimetizadora. Claro, porque se entendió, a tiempo, que el hombre es hijo de su tiempo y su espacio, como meditara el filósofo y escritor español José Ortega y Gasset cuando dijo: «Yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo a ellas no las salvo yo».

Que el ser humano defienda el valor de su espacio vital para, desde ahí, enfilarse comprometido hacia la construcción de su sociedad, no entraña egoísmos. El riesgo estriba en no lograr una correspondencia entre ese yo vivencial y la importancia que socialmente se le confiere a su entorno, a las potencialidades o limitantes de su círculo permanente de realización.

Desde esa experiencia personal que también nos licencia el juicio para compartirlo en colectivo, en una Cuba que se actualiza —no como cliché discursivo, sino centrada en las esencias emancipatorias de un proyecto de país como el nuestro—, no nos podemos dar el lujo de irnos con ojeriza solamente por el tronco de los hechos y la globalidad, que es menos dañina, y echar a un lado las riquezas o carencias del escenario por el que transitamos, las opiniones de quienes nos rodean por variadas que estas sean, las posibilidades que se abren y se cierran en cada esfera.

No nos hace bien fomentar la disciplina férrea del consentimiento a una acción, si no hallamos, en verdad, un lugar para nosotros como seres sociales en esa praxis de vida heredera siempre de un contexto.

Desde su altura decimonónica, el más universal de los cubanos enunciaba que dos madres tienen los hombres, la naturaleza y las circunstancias. Y de esta última ha de erigirse con inteligencia, hoy más que nunca, nuestra mejor clave para la probidad de todo el humanismo social que nos define. Hay que pensar desde y para cada lugar, desde uno y hasta el más diverso espacio en el que vivimos. Ese será siempre un desafío tremendísimo, casi «clásico», más allá de cualquier torpeza o desagravio beisbolero.

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