Orfandad republicana - Opinión

Orfandad republicana

Autor:

Graziella Pogolotti

Subsisten agujeros negros en el gran relato histórico de las artes y las letras en Cuba. La respuesta simple al problema consiste en atribuirlo todo a la existencia de formas de censura. En verdad, la razón más profunda se encuentra en la desidia intelectual consistente en acomodarse al recorrido por los caminos trillados, en reconocer como válido el conocimiento transformado alguna vez en estereotipo y acomodarse a las modas implantadas en el mercado del saber utilizando las herramientas teóricas a modo de apretado corset, nunca como estímulo a nuevas interrogantes. Mientras tanto, los archivos descansan en la paz de los sepulcros devorados por el polvo.

Hemos olvidado que la clave de los imperturbables procesos de cambio se revela en los matices más que en los reduccionismos maniqueos. Para despertar las inteligencias dormidas, bienvenidas son las publicaciones de testimonios epocales en sus numerosas variantes, epistolarios y diarios íntimos, entre tantas otras.

Quienes rindieron culto al valor de la letra, grafómanos empedernidos y coleccionistas obsesionados por toda índole de papeles, legaron al porvenir fuentes documentales de capital importancia. Así sucede con la correspondencia de Regino Boti, publicada recientemente por Ediciones Unión. Cubre la etapa correspondiente a 1905-1921, esencial para explorar el terreno baldío de nuestra primera república. Concluye justo en los inicios de la llamada «década crítica».

Verbalmente o por escrito, todos hemos aceptado colocar bajo el signo de la defraudación y el escepticismo el ambiente intelectual de los primeros años de la república. Defraudación hubo, sin lugar a dudas. Pero, a la sombra de la memoria viva de la gesta independentista, comenzaron a sentarse las bases de una cultura de la resistencia.

He aludido en alguna parte a las acciones y debates en torno a la educación. También en el ámbito más restringido de la creación literaria se pusieron en marcha estrategias dirigidas a seguir construyendo la nación soñada. Algunos —Boti, Poveda— se aferraron a la aldea. Lo hicieron con mirada precursora, sin limitarse a perspectivas localistas. Cuando el modernismo declinaba en las voces de los epígonos, se plantearon la ruptura necesaria.

En su centenario, el poemario Arabescos mentales evoca ese punto de partida. Boti permaneció enraizado en la idea porque, consciente de la brevedad de la vida, decidió administrar del mejor modo el tiempo disponible. Tenía que garantizar la subsistencia propia. Se hizo abogado y notario y encontraba espacio para su tarea intelectual, muy ambicioso por cuanto desbordaba en sus alcances la depurada escritura de su obra personal. Distante de la capital, no invirtió energías en rejuegos cortesanos y convites sociales. En cambio, tejió una extensa red de contactos en la isla y más allá de sus límites. Accedió de esa manera al espacio que le brindaba Cuba Contemporánea, la revista cultural de los sectores medios de la sociedad cubana. Su alejamiento de la resaca modernista no menguó su admiración por Rubén Darío. A través de sus corresponsales, persiguió las ediciones de las obras del poeta nicaragüense, tanto como los poemas todavía dispersos en periódicos de distinta índole. Hoy, cuando la computadora favorece el corta y pega, cuando el correo electrónico y los buscadores de Internet ponen rápidamente el dato preciso en manos de los investigadores, estremece considerar el paciente laboreo de hormiga impuesto por las circunstancias en aquel entonces.

El patético desamparo de aquella república se manifiesta en el casi total desconocimiento de la obra martiana, tangible en datos concretos que el epistolario revela. Al igual que otros intelectuales de la primera mitad de la centuria pasada, el poeta guantanamero estableció un extenso diálogo epistolar con Joaquín García Monge, director de Repertorio Americano, radicado en San José, Costa Rica. Deseoso de divulgar en la América Central La Edad de Oro, García Monge solicita el envío de un ejemplar del texto. Después de un rastreo infructuoso, Boti solicita ayuda a Gonzalo Aróstegui, quien logra rescatar un ejemplar conservado por un amigo. La irradiación del Apóstol permanecía viva en la memoria popular, a pesar del silencio que acallaba su palabra. Paso a paso, su verdadero rescate comenzaría en la década crítica con la lúcida intuición de Julio Antonio Mella y la acción de los minoristas.

La tozudez tiene un componente de irracionalidad, derivada de la pérdida de contacto con el contexto real. La tenacidad es virtud de quienes se comprometen a fondo con una idea. Se reconoce en el científico desvelado noche tras noche en su laboratorio aprendiendo de los sucesivos fracasos hasta lograr la cristalización de su descubrimiento, en el poeta que pule sus versos a pesar del desdén de sus contemporáneos, en el revolucionario que traspasa con su voz los muros de la cárcel, en todos aquellos que, de algún modo, defienden la vida.

Aferrado a su provincia, Boti pulió versos y afincó en el trabajo las esperanzas de una nación frustrada. Los guantanameros ponían el reloj en hora cuando lo veían salir de su casa. Muchos de sus corresponsales de la primera hora devinieron camajanes de la cultura. Algunos, como el dominicano Sócrates Nolasco, exiliado en Cuba por la satrapía de Trujillo, se mantuvieron dignos en trance de miseria y de dolor por la pérdida de un hijo. Al concluir el epistolario, bordeando ya la década crítica, algunas cartas anuncian la apertura del diálogo con la generación emergente, también proyectada hacia la construcción de un país. En ellas, Lamar Schweyer, José Antonio Fernández de Castro y Enrique Serpa manifiestan su admiración por los precursores que supieron preservar la llama. Desde una periferia voluntariamente asumida, Boti había cumplido su tarea en favor de una cultura de resistencia y renovación. Para rescatar el cuerpo, había que salvar el alma.

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