Pobre… pero honrado

Autor:

Adianez Fernández Izquierdo

El refrán, devenido eslogan de dignidad de aquellos que no albergan más riqueza que sus manos trabajadoras, se me convierte en inspiración para hablar de quienes lo niegan y, bajo el escudo de la «necesidad», despojan a otros de sus bienes, incluido al propio Estado.

Cuántas veces no oímos por la calle aquello de que «fulano está luchando» o «figúrate, la necesidad obliga». Excusas nada dignas que intentan actitudes degradantes y dirigidas contra los valores que promueve nuestra sociedad.

Si analizáramos bien a esos que «luchan», casi siempre descubriremos a sujetos con los bolsillos llenos y las necesidades más elementales cubiertas. Los acompañan muchas veces poco trabajo y hasta lujos, antónimos precisamente de «necesidad», la palabra tras la cual se amparan.

Conozco, en cambio, a muchos que prefieren esforzarse las 24 horas del día para llevar un pan ganado honradamente y un buen ejemplo a sus criaturas. Incluso sé de personas humildes que, trabajando en uno de esos sitios con «posibilidades» para sacar provecho, son incapaces de desviar siquiera lo más mínimo y exigen a sus compañeros de labor la misma conducta.

Recordemos a aquellos antecesores residentes en fincas apartadas del centro urbano y miembros de una familia numerosa. Siete hijos o más se mantenían con el trabajo duro y sin quitarle nada al vecino por más carencias que tuviesen. El robo era cosa de políticos y por eso eran aborrecidos.

Hoy parecen trocarse los conceptos. Hay quienes pretenden justificar el hurto con la escasez, y hallan tan «inofensiva» su actitud que ni siquiera se esconden. Andan por ahí buscando siempre sitios donde puedan laborar menos y «luchar» más, donde puedan crear una madeja de trampas y engaños para apropiarse de lo ajeno.

Intentar darle un matiz de nobleza al acto de lucrar o apoderarse de los bienes de otros, nos convierte en promotores de algo tan denigrante como el robo o el afán desmedido de enriquecimiento.

Se trata de hacerle un monumento a la honradez y a la decencia, dos atributos que deben poseer quienes tengan mucho o poco para colocar cada día la cabeza en la almohada sin cargos de conciencia.

Habrá ciertamente que devolver al trabajo y al salario su valor como palancas, prioridad esencial de nuestra sociedad que se hará realidad poco a poco. Pero usted puede cambiar antes: solo basta que se proponga actuar honradamente.

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