Gigante de mármol

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Vigila desde lo alto. Da la bienvenida y despide a todo el que llega. Es uno de los hijos más ilustres de la ciudad, observador de cuanto sucede a su alrededor. Imposible resulta no reparar en su imponente rostro. Ahí está él: 50 metros sobre el nivel del mar y 20 de estatura.

Se yergue majestuoso al otro lado de la Bahía de La Habana, rodeado de un ambiente colonial. Aseguran que es la mayor escultura al aire libre realizada por una mujer. No importa el sol, la lluvia, ni que sea de día o de noche, ahí está él, imperturbable, único.

Hace 55 años llegó a ese sitio de manos de una muchacha que se convirtió en una de las escultoras más grandes de Cuba y el mundo: Gilma Madera. Su inquieta idea fue acogida por muchos. No importó que él pesara unas 320 toneladas y estuviera compuesto por 67 piezas de mármol blanco de Carrara, que fueron traídas desde Italia.

Numerosos fueron los obstáculos para esa obra monumental que, como el Martí del Pico Turquino, convirtió en realidad su sueño y el de muchos. Convence, además, por la suave elegancia y estilización casi perfecta de su figura, porque tiene un aire propio.

Lo inauguró Fulgencio Batista, el 25 de diciembre de 1958, y hay quienes creen que esa imagen trajo un nuevo aire de libertad a nuestra historia. No es para menos: solo una semana después triunfó la Revolución. Con la llegada del nuevo año se pensó entonces que él había hecho su primer milagro.

Mucho se ha hablado acerca de lo que inspira su semblante, de los significados en torno a su diseño, expresión y los gestos que su autora quiso reflejar para hacerlo cubano y distinto a los del resto del mundo. Eso lo logró.

El nuestro, contrario a sus similares en Río de Janeiro, Brasil; Lubango, Angola; y Lisboa, Portugal, no tiene los brazos libres en pose de recibimiento. Su autora prefirió que acogiera al visitante con la fuerza de la mirada, con unos ojos bien definidos, y con la mano al corazón.

Es una estatua llena de vigor y seguridad humanas, con un rostro sereno, como el de alguien que sabe lo que quiere; no como «un angelito entre nubes, sino con los pies firmes en la tierra».

Sus ojos dan la impresión de mirar a todos desde cualquier lugar, y sus pies, calzados con unas chancletas «de meter el dedo», pues la autora utilizó las suyas como modelo, lucen como los de cualquiera de nosotros. Resulta también curioso que la escultura ha sido impactada por rayos en tres oportunidades, y tras una de ellas fue visitada por el Che.

Hace apenas un año se le restauró. Desde entonces luce más elegante, fino, sagaz y atractivo… Y fue cuando recibió el Premio Nacional de Restauración por «el excepcional y riguroso» trabajo de investigación y el diagnóstico «certero» de la reparación, que implicó «tareas riesgosas y artísticas» para devolverle a La Habana «un símbolo importante» de su fisonomía arquitectónica.

A sus pies se halla un parque desde el cual se contempla una amplia vista de la Bahía y la ciudad. Desde ese mirador excelente, hermosos detalles ocultos por la antigüedad se hacen visibles, y el paso de los barcos —bien sean grandes buques o las pequeñas lanchas de pasajeros que mueven a los vecinos a ambos lados del puerto—, irradia luz.

He vuelto a ese encantador lugar a recrearme con un aire distinto, puro y agradable. También a descansar la vista con nuevos elementos, a saltar, como niño travieso en su parque, con el corazón feliz. Y como yo, miles de personas de diversas geografías llegan hasta allí, como muestra de amor o por atracción turística.

Solo él sabe cuántos en el sitio se han «robado» un beso, han compartido jornadas llenas de felicidad o tristeza, han disfrutado de un buen libro o simplemente han pedido un deseo o confiado un secreto. Miles de cámaras de video y fotográficas han dejado, por años, constancia de ese momento como el más dulce de los sueños.

Su figura es sinónimo de confianza, certeza, oportunidad… Nos invita a desandar lo mágico y ser útiles a los demás. Por él muchos llegan hasta la Bahía, a la cima de la Loma de la Cabaña donde está ese gigante de mármol, que nos espera siempre. Parece tener a la ciudad rendida a sus pies. Así desafía el tiempo el Cristo de La Habana.

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