Mi vida está en tus manos

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Quisiera habérselo dicho así, como en un poema, para tratar de apelar a sus sentimientos. Pero confieso que no pude. El calor del momento me hizo decirle cuatro o cinco palabras, y en tono más subido. No lo ofendí, pero casi lo merecía.

La puerta del carro en que trataba de llegar a mi casa se abrió. Y el chofer ni se hizo el sorprendido. ¡Otra vez!, fue su molesta respuesta ante mi susto. Como si fuera responsabilidad del carro tener la puerta descompuesta…

Habían pasado solo unos meses desde una caída de un auto en movimiento debido al mismo tipo de desperfecto. Y aunque esta vez me agarré a tiempo y tuve más suerte que en aquella ocasión en que llegué a rodar por la calle, tuve ahora la oportunidad de comprobar que un «despiste» preocupante gobierna a no pocos choferes de los «almendrones» que, en algunas horas de la noche, se convierten en una de las pocas opciones para trasladarse.

Le hubiera dicho entonces que mi vida estaba en sus manos, pero como tenía la total certeza de que el «despiste» no era tal, opté por molestarme y casi perder la cabeza. ¿Sabía que el cierre de la puerta estaba defectuoso y no tuvo ni la precaución de informármelo? Eso era más que desorientación. Se trataba de irresponsabilidad.

Porque a un médico no se le ocurriría inyectar con una aguja sin esterilizar. Un maestro no enseñaría teorías que no supiera ciertas. Un cocinero no da a consumir alimentos de procedencia y salubridad desconocida. Ni un albañil se atrevería a trabajar con materiales al borde de la caducidad. Cada uno de esos «despistes» tendría consecuencias nefastas. Igual ocurre con el caso del chofer del carro de aquella madrugada.

¿Hasta dónde llega el nivel de compromiso con el público al que se debe? En el ánimo de tempestad que lo ciega, ¿cuántas precauciones deja de tomar el recolector de pasaje? ¿Es imposible perder un día de ganancias ante problemas que afectan el correcto desenvolvimiento del trabajo?

Aunque la inspección estatal para la que todos se acicalan (conocida como somatón) ocurra cada dos años, algunos problemas, por mínimos que parezcan, deben llamar la atención del responsable del auto. Porque todo trabajo debe realizarse con total responsabilidad y la conciencia de que en las manos de los empleados está la vida de quienes confían en ellos.

Y si, en lugar de agarrarme a tiempo, hubiese sido yo la «despistada», seguro que no habría discutido con él, no habría llegado a mi casa alterada, no habría escrito este comentario, ni habría alertado al resto de los choferes. Otra hubiese sido la forma en que él recordara que mi vida estaba en sus manos. Por suerte no ocurrió. Y espero que con estas palabras y las de aquel día baste.

No sé si será mucho pedir o demasiado soñar el depositar toda la confianza en estas líneas y creer que con ellas los porteadores privados no seguirán transportando más peligro que personas. Mas creo en la posibilidad de que no tengamos que volver  a leer en la prensa otra nota como la del pasado martes, en la que se reconocía que el accidente ocurrido en Guisa, Granma, que costó la vida de un joven de 17 años y hospitalizó a decenas de cubanos, fue causado, según datos preliminares de los peritos, por insuficientes condiciones técnicas del camión para transportar a tantas personas en esa geografía.

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