El valor de lo intangible - Opinión

El valor de lo intangible

Autor:

Graziella Pogolotti

Una a una, se nos enciman las conmemoraciones del medio milenio de las villas fundadas por Diego Velázquez. Baracoa fue la ciudad primada y se le acaban de sumar Trinidad y Camagüey. En cada una reconocemos las peculiaridades del diseño urbano y el perfil de una arquitectura que ha sobrevivido a los avatares del tiempo. La singularidad de estos testimonios del pasado se revierte hoy en la expansión de nuestra industria turística. Pero, cuidado. Estamos frente a bienes en extremo vulnerables ante el sobreuso y una mercantilización primaria, desconocedora de sus especificidades, de una tradición viva, vale decir, de los componentes espirituales y culturales. Paradójicamente, lo intangible se convierte en inapreciable valor agregado. El apresuramiento puede matar a la gallina de los huevos de oro.

Circunstancias personales me llevaron a conocer Trinidad y Camagüey en los años 50 del pasado siglo. Víctima del aislamiento, Trinidad se hundía en la pobreza. La mendicidad afloraba por todas partes. Los niños descalzos chapoteaban en los charcos de agua. Unos pocos intelectuales llegaban de La Habana para hurgar en sus tesoros. Las casas señoriales mostraban las marcas del paso del tiempo. Y, sin embargo, subsistían el amor a la ciudad y un alto sentido de la dignidad humana. Otro era el panorama de Camagüey, capital ganadera, distante del mar, hecha de plazas y plazoletas, y de una arquitectura doméstica de sabor patriarcal. Sus hijos eran, y siguen siendo, principeños y agramontinos, infatigables conservadores de su memoria histórica. Nuestras ciudades patrimoniales no son semejantes a una Pompeya sumergida bajo lava ardiente que tronchó súbitamente la existencia de sus pobladores.

Integrados a ellas, los habitantes circulan por las calles, permanecen en casas de otrora, conservan hábitos y recuerdos. No se edificaron de una sola vez. Crecieron en una historia económica, social y cultural. Su singularidad responde a ese conjunto de factores que han generado en cada una esa atmósfera irrepetible, fuente nutricia de un encanto peculiar. La arquitectura vernácula dialoga con la de mayor prestancia. Trinidad es inseparable del Valle de los Ingenios, que alimentó su esplendor decimonónico. Con su casco histórico compacto, cerrado sobre sí, Camagüey se levanta orgullosa tierra adentro en medio de la planicie. Lo tangible y lo intangible, lo material y lo espiritual conforman una unidad indisoluble e interdependiente. Por ello, el manejo de los valores patrimoniales resulta en extremo delicado.

La dimensión intangible constituye un valor agregado esencial de nuestros centros patrimoniales. Modeló las piedras con el diseño de los arquitectos y la mano de los artesanos. Impregnan la memoria que los acompaña, testimonio de costumbres y estilos de vida. Pero hoy mismo, aunque no tengamos todavía conciencia de ello, seguimos haciendo patrimonio. El siglo XX dejó lo suyo en el Vedado y Miramar, como también lo recibimos de ese Cerro tan depredado y de la Calzada de Jesús del Monte cantada por Eliseo Diego y como puede reconocerse ya en obras edificadas por la Revolución. El patrimonio del porvenir se descubrirá en la huella de escritores y artistas que conviven con nosotros.

A veces, el patrimonio se consolida por circunstancias azarosas. Allá por los 40 del pasado siglo, Felito Ayón, diseñador y tipógrafo, tenía un pequeño taller en el centro de La Habana Vieja. Por razones de trabajo y de amistad, algunos escritores convergían allí en improvisadas tertulias. Era, en particular, el caso de Nicolás Guillén. Se imponía la necesidad de encontrar almuerzo al alcance de bolsillos desnutridos. Negociaron una comida casera, sabrosa y barata, en la trastienda de una bodega de Empedrado. La buena mano que preparaba frijoles y plátanos tachinos fue ganando clientela hasta que la fonda criolla desplazó al negocio original. Así nació la legendaria Bodeguita del Medio. Tradición y ambiente fundaron una leyenda acrecentada a partir del triunfo de la Revolución, con la concurrencia del impresionante desfile de intelectuales de primer orden que visitaron la Isla, entre los que se contaban algunos futuros premios Nobel. Carlos Puebla animaba el ambiente sin interferir las conversaciones de los comensales, prolongadas en amena sobremesa.

A pocos pasos de la Plaza de la Catedral, frente al Centro Wifredo Lam y junto a la Fundación Alejo Carpentier, la Bodeguita se encuentra más que nunca en el entorno de la cultura, su ámbito natural, desde los modestos orígenes en la precaria bohemia de la República Neocolonial, hasta su inmensa irradiación en los años que siguieron al triunfo de la Revolución. Algo vulgarizada por la música ensordecedora, se destaca por la singularidad de una historia irrepetible. Esa excepcional presencia intangible es la razón de su valor comercial y turístico. Establece la diferencia entre lo hecho a mano, las prendas de boutique y el producto industrial fabricado en serie, más barato por docena. Por eso, no me gusta la idea de utilizar el nombre para extenderlo a cadenas situadas en lugares ajenos a los contextos que la conocieron y que marcaron los rasgos específicos de su nacimiento y expansión.

En un planeta que se achica, el turismo se ha convertido en una gran empresa transnacionalizada, interesada por la ganancia a corto plazo. La clientela se amplía al abaratarse la oferta con los llamados paquetes «todo incluido». Son las manadas que contemplan boquiabierta La Gioconda en el Museo del Louvre, ansiosas siempre por adquirir alguna baratija producida por la industria del souvenir. Cuba comparte con el Caribe todos los atributos del clima, del paisaje, de las playas. Pero, isla grande, tiene la ventaja de la multiplicidad de sus ambientes urbanos y de una diversidad cultural que enriquece las aristas de una identidad común. Cuando el viajero se acerca a Santiago, comienza a respirar un aire peculiar, distinto al que se respira en Holguín y Baracoa, tan cercanas en la geografía.

En momentos difíciles para nuestra economía hubo que impulsar el crecimiento de la industria del ocio. Fue una decisión acertada que implicó el aprendizaje de técnicas de gestión y mercado. Aunque la necesidad permanece, conviene reflexionar acerca de una proyección a mediano y largo plazo encaminada a prevenir los inevitables efectos depredadores y a orientar la búsqueda hacia un turismo más calificado y rentable. La imagen Cuba debe distanciarse progresivamente de viejos estereotipos representados por la mulata sensual, el ron y un falso folclorismo. La singularidad del país, su cultura e historia se afirman en las variantes locales. Valor de uso, lo intangible —memoria e idiosincrasia—, se traduce en valor de cambio. Proteger el patrimonio en su integralidad tangible e intangible, el heredado y el que se va haciendo día a día, no implica gasto, sino inversión. La mercantilización es un peligro que acecha a zonas de la llamada alta cultura y al delicadísimo terreno de la cultura popular, todavía viviente en los barrios y en las celebraciones tradicionales. El carnaval habanero requiere un análisis en profundidad al margen de intereses mezquinos. Para emprender la tarea, precisa contar con asesoría especializada y con las investigaciones existentes sobre el tema.

Sin embargo, la asunción consciente del valor interdependiente de lo intangible y lo tangible adquiere fuerza cohesionadora incomparable cuando volvemos la mirada hacia nosotros mismos. Fortalece el amor hacia lo propio, hecho de vivencias personales estrechamente enhebradas a la memoria colectiva. Se expresa en la protección espontánea al entorno, en la revelación de la belleza escondida en las pequeñas cosas y en la posibilidad de articular el esfuerzo de cada uno al bien de todos. Así lo están demostrando las conmemoraciones por el medio milenio de las villas fundadas por Diego Velázquez.

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