Urbes de papel

Autor:

Mayra García Cardentey

Como grandes cajas de regalo despiertan cada día muchas ciudades del país, envueltas en cuestionable y desagradable papel, no precisamente de celofán o cintas doradas, y sí con las más variopintas caligrafías, tipografías de letras, imágenes y propuestas.

En la tapia recién pintada de una céntrica esquina perteneciente a un establecimiento comercial está uno de los carteles, a medio leer, por la ausencia de parte de su contenido; en un muro de una de las paradas de ómnibus urbanos, la pegatina de la venta de un DVD promocional encuentra nicho seguro; y allá, en pleno centro de la ciudad, una lamentable inscripción, de la que aún quedan marcas por mucho que intentó borrarse, sobrevive para desgracia visual.

Paredes, postes, esquinas y hasta objetos escultóricos se convierten en soporte preferido para volantes, adhesivos y pancartas de difusión con las más disímiles y hasta atractivas opciones culturales, recreativas y de servicios: desde la apertura de una peluquería multioferta hasta la próxima presentación de un grupo de salsa o el reguetonero del momento. Desde la divulgación del espectáculo nocturno de un cabaré de primer nivel hasta las propuestas recreativas de instalaciones de hospedaje. Un discontinuo plegable gigante parecen las arterias principales de muchas urbes de Cuba, donde cada cual coloca promociones a su antojo.

Cual desagradable rótulo de poco respeto al ornato público perfilan estos avisos colocados por doquier y sin mesura. Ni hablar de aquellos que todavía permanecen como vestigios amarillentos y rasgados de un cartel que un día fue.

Escenas son estas extraídas de cercana cotidianidad, que alertan sobremanera de cómo espacios de amplia concurrencia pública se convierten, a la vista de todos, en murales donde se anuncian actividades culturales, se rubrican presentaciones y hasta se divulgan nuevos espacios por cuenta propia.

¿Quién vela por ello que no hace cumplir las leyes estipuladas? ¿A nadie le interesa ver las calles como recortería de periódico? ¿A quién pertenecen las paredes exteriores, postes y muros, y por tanto debe velar por la apariencia de los mismos?

La amalgama es diversa, ¿a quién le toca desenredarla? Cada cual dará su versión. Pues bien: a veces se cumple el dicho que en casa de todos, al final nadie manda.

Disgusta saber, entonces, que en no pocos lugares «nunca nadie ve nada, nadie dice nada», como si la indiferencia no fuese esa otra forma también peligrosa de asumir la complicidad.

¿Lo más cuestionable? Que en cuanto atropello a la vista urbana, insulto al espacio público y todo, este tipo de propaganda cumple su función: informan y a veces mucho mejor que otros mecanismos fallidos de comunicación.

Pero bien merece encontrar otras formas menos invasivas dentro de la convivencia cotidiana y el cuidado del atavío citadino. El urbanismo necesita contemplar medios para la información que contravengan estas vías de anuncio callejero.

Crear vallas para este tipo de promociones, tótems ubicados en las principales arterias —como existen en disímiles espacios de Cuba—, puede cumplir una función vital en aras de no convertir las urbes en nicho de las más insospechadas propagandas. No vaya a ser que el mejor día, por no quedar pared, muro o poste disponible, terminemos llevando nosotros mismos los plegables en la espalda.

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