Ponerle «el oro» a la edad

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Pocos regalos de la vida llegan por los caminos que se espera. La respuesta necesaria o la solución precisa podemos encontrarla en una fuente que no imaginamos nunca consultar. Y en esos momentos de incertidumbre y crecimiento, un cuerpo de papel y alma se presta más que nada a servirnos de refugio y aliento. Como amigo de hombro y lágrimas, cual psicólogo de primera mano, idéntico al abrazo más ideal… ahí está el libro que sale del alma de seres inmensos.

«Nadie debe estar triste ni acobardarse mientras haya libros en las librerías y luz en el cielo y amigos y madres», nos escribió el Apóstol en ese «cuarto de confianza» que creó en cada Última Página de La Edad de Oro, esa revista que hoy cumple 125 años de que su primer número viera la luz y que se muestra como el sitio desde donde tomar de la mano a los infantes de América para que sean «hábiles como Meñique y valientes como Bolívar».

Que Martí escribió bastante es motivo de conversación para muchos. Algunos comentan asombrados y hasta bromeando —con esa inventiva particular que tienen los de esta Isla— cómo fue posible para un hombre crear tanto en una existencia de 42 años marcada por mil urgencias.

Esta revista para ayudar a crecer sorprende y admira. ¿Cuánto hacía el Apóstol en los meses desde julio a octubre de 1889? ¿Cuántos planes se gestaban dentro de su agenda de acciones? Y sin embargo, el José de los cubanos y cubanas, el Pepe de los niños y las niñas de América, construía 32 páginas en cada uno de esos cuatro meses en que pudo darle cuerpo a uno de sus sueños.

«Y queremos que nos quieran, y nos vean como cosa de su corazón», suplica y se propone desde sus primeros segundos de ser el hombre de La Edad de Oro. Por eso toma de la mano a sus hijos, y «con palabras claras y láminas finas», los lleva por talleres e industrias, les muestra los secretos que no pueden obviar los hombres y mujeres de bien, para que digan y digan con certeza, para que sean elocuentes y sinceros.

Se van a conversar en complicidad y aprenden a regalar sus zapatos a quienes andan con los pies descalzos, y los sables de juguete a quienes no tienen tíos distinguidos; descubren que los camarones encantados no se utilizan para enriquecerse, y que las muñecas negras y gastadas son más hermosas si nadie las quiere.

Cuatro números no alcanzaron para ese padre dedicado a que América caminara entre las venas de sus hombres y mujeres del mañana. Porque quería poner el mundo en las páginas. Y en la imprenta le decían que el mundo no cabía, pero el corazón sí. Entonces, más que todas las verdades simples y esenciales, cupo en las páginas de La Edad de Oro esa enseñanza del Maestro sobre el amor a los libros, como arsenal indispensable para la aventura de la vida plena.

Cuando cada año en la Feria Internacional del Libro se agotan los ejemplares de la obra de los niños y niñas de América, cuando sabemos a quienes no viven en Cuba mandando a buscar algún tomo de las páginas martianas para ayudar a educar con la fe en la palabra, cuando divisamos en cada biblioteca familiar ese manojito de hojas ya maltrecho por el traspaso entre generaciones… entonces confiamos y soñamos con que una buena parte de la infancia crezca de la mano de nuestro Martí inmenso. Apostamos todo a regalarlo al más pequeño de casa y le insistimos hasta «engatusarlo» con alguna que otra historia.

Porque quienes se lanzan a páginas como esas solo emergen como seres útiles llenos de virtud que «son buenos porque sí y porque allá adentro sienten el gusto de hacer el bien». Ya serán para siempre niños y niñas que soñarán con tropezar en la calle con el maestro que les llegó en letras, para estrecharlo y gritar con admiración: este hombre de La Edad de Oro fue mi amigo. Su edad tendrá oro entonces. El oro incontable y eterno que brota de los libros.

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