¿Bafles sin control?

Autor:

Mayra García Cardentey

Parece ser que la polémica desatada alrededor de algunos videos de reguetón de cuestionable factura no resultó suficiente, y ahora, como para corroborar el dicho popular, siguen siendo los humanos los «únicos animales que tropiezan dos veces con la misma piedra».

Las cuestionables propuestas de ciertos temas en los que se mostraba a chicas en claras posturas procaces resultaron hirientes y harto agresivas para la integridad femenina. Junto a esto, una letra con doble sentido, mal empleado, condujo a la polémica desatada alrededor de un material de controvertible basamento en la esencia de la canción, especialmente por la reproducción de estereotipos discriminatorios y denigrantes.

No han resultado menos discutibles algunas «proposiciones» con descarnados enfoques pornográficos, y por suerte negadas en las parrillas de programación de canales televisivos.

En este sentido, la política cultural cubana es precisa: nada que denigre al ser humano ni muestre comportamientos deshonrosos. Pero ¿qué pasa cuando el árbol se bifurca tanto, que las ramas se dan por desentendidas?

En reciente visita a centros nocturnos pude constatar la difusión de ciertos productos audiovisuales de precario contenido, cuyos impugnables mensajes van en una dirección tangencial a lo que debe promoverse desde los circuitos públicos.

Las discotecas, cabarés y otras instituciones recreativas no pueden estar ajenas al marco de las políticas y acciones culturales por las que aboga el país, y es mayor la necesidad de tener en cuenta ese concepto cuando se piensa que la revolución de las nuevas tecnologías imposibilita que se vete completamente algún producto.

La chabacanería no puede agenciarse promotores en la red de instituciones estatales, pero hay ejemplos contrarios a esta referencia, como ocurre cuando canciones de rechazable valía se difunden como pan caliente en las denominadas discofiñes.

No es este, ni de cerca, un empeño periodístico que arremete contra la difusión del reguetón. Existen encomiables exponentes de ese movimiento con temas interesantes que ni por asomo caen en los fenómenos aquí descritos, sin descartar que se producen ejemplos igualmente reprochables en otras manifestaciones sonoras.

Resulta inconcebible que lo que se asuma como estrategia cultural y de preservación de valores morales y estéticos en los medios de comunicación, sea cuestión arbitraria para otros. Ya lo recuerda frecuentemente Abel Prieto, asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros: «No se hace cultura solo con poner música grabada y videos en un local».

Desconcertante resulta, en igual medida, que en una actividad de índole oficial de una institución determinada, cuando concluya y se desmonten parabanes, la retirada sea igualmente con obras de dudosa valía.

En medio de una etapa estival dada al divertimento y la recreación desinhibida, es imperdonable dejar al libre albedrío semejante cuestión. Cabarés, discotecas, festivales en playas y otras opciones, pertenezcan a cualquier versión empresarial —ya sea de servicios extrahoteleros o de turismo y promoción cultural—, deberían limitar en su proyección audiovisual esas propuestas vulgares e improcedentes.

En esto entran, esencialmente, acciones de control de difusión con los denominados operadores de audio en cualquier entorno en el cual se desempeñen. ¿Quién vela por lo que ellos proyectan? ¿Quién controla lo que promocionan estos empleados estatales que se convierten en multiplicadores de buena o mala música, según el caso? ¿No se adscriben también a la política cultural de la nación?

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