La ley de la selva y la familia

Autor:

Roberto Conde Silverio*

Problemas que se reflejan en las nuevas generaciones, incompatibles con los valores de la Revolución, emergen por estos días en las asambleas municipales de cara al X Congreso la Unión de Jóvenes Comunistas. En esos debates he percibido varias hipótesis sobre las causas de estos desajustes.

Si me preguntaran cuál fue el punto exacto donde comenzaron a proliferar conductas negativas como el individualismo, el egoísmo y el sálvese quien pueda, me atrevería a asegurar que en las postrimerías del año 1993. Hasta ese momento en que el dólar no se había asomado a nuestra ventana, todos teníamos lo mismo y nadie dedicaba ni un instante a comparar el valor de las cosas materiales. A partir de entonces, muchos de los mismos adultos que hoy nos critican, comenzaron a actuar diferente y a hacernos creer que nosotros, los más jóvenes de la casa, éramos los únicos que merecíamos lo mejor, para que no sintiéramos los embates más fuertes de la crisis y el bloqueo.

Serían interminables los ejemplos que ahora mismo pudiera nombrar: esos miembros de la familia que comenzaron a «comer» agua de azúcar, porque el único huevito era para la niña… Vamos a guardarle la carne de nosotros al niño para cuando regrese de la beca… El único dinero que tenemos se lo vamos a dedicar a la niña para comprarle el pitusa… Vamos a preguntarle al niño qué quiere hacer el fin de semana… Vamos a tratar que coja un politécnico para que no pase trabajo en la escuela del campo… No vayas a la reunión del CDR que hace frío… No aceptes cargos en la FEEM o la FEU que lo tuyo es estudiar… Que estudie algo que le dé dinero… Si quieres salir bien acuérdate del regalo… Nos hace falta un certificado para que no pase el servicio militar… Para que anden por ahí inventando es mejor que duerma el fin de semana en la casa del novio… Hace falta que te pongas pa’la «lucha» que esto está duro… Búscate un trabajo que te dé algo… Ve a ver si puedes «conseguir» algo en tu trabajo…

Ahora la niña y el niño ya son hombres y mujeres. Muchos de ellos nunca supieron valorar el esfuerzo de la familia para alimentarlos, vestirlos y protegerlos del difícil entorno, porque el problema de hoy no fueron las medidas que se adoptaron, sino la manera en que les hicimos ver que ellos eran más importantes que los otros.

En el proceso de formación de la personalidad del individuo, los determinantes de la autoestima son capaces de regular la autovaloración y, en consecuencia, el comportamiento de cada persona, pero cuando no existen límites corremos el riesgo de que esa persona no se percate que vive en sociedad y que, por consiguiente, existen normas de comportamiento que no se pueden violar, porque sería comenzar a vivir bajo la ley de la selva.

Lo que nos hace verdaderamente humanos es la educación, los valores y los sentimientos que somos capaces de experimentar desde la cuna. De ahí que este llamado vaya dirigido a rectificar el concepto de que «la juventud está perdida», y en cambio dediquemos más tiempo a pensar cuáles son los códigos de la familia que estamos obviando a la hora de educar moral y éticamente a los que comienzan a descubrir la vida.

Me resisto a pensar que los culpables son esos jóvenes. Siempre escuché decir que cuando las cosas no van bien con los chiquitos, los grandes tienen que revisarse. Sucede que los pequeños de ayer somos los grandes de hoy.

Sabemos que junto a la familia existen otras instituciones que juegan un importante papel en la formación y rectificación de los valores, ayudando a la conformación de un pensamiento crítico que se manifieste en actitudes. En ese sentido, la escuela y el grupo social también influyen y determinan en la toma de decisiones de los niños, adolescentes y jóvenes, pero no perdamos de vista el hecho de que el ser social condiciona la conciencia social, y esta a su vez modifica al ser social, que nace en el seno de una familia.

¿Sería tan difícil establecer límites para el comportamiento de los niños? ¿Costaría mucho dedicarles el tiempo suficiente para conversar, explicar, persuadir, aconsejar y a la vez inculcarles un modo de actuación consecuente con el significado de las palabras educación, ética y dignidad? ¿Será que todavía estamos utilizando la teoría de «haz lo que yo digo y no lo que yo hago»? ¿Ya se nos olvidó el «pobres pero honrados»?

Son solo algunas de las interrogantes que nos pueden ayudar a pensar en la manera en que estamos conduciendo el futuro de la nación, desde la llamada célula fundamental de la sociedad. ¿Quién es ella? Son tus padres y los míos, somos tú y yo, son tus hijos y las mías; somos todos los que construimos y defendemos un proyecto social dentro de nuestras casas.

Gracias a la familia cubana hoy estamos aquí.  El ejemplo de Céspedes y Mariana se multiplica diariamente cada vez que suena el despertador o en el regreso a casa al terminar el día. La resistencia y la victoria siempre han encontrado abrigo en cada casa de Cuba, pero valdría la pena rescatar algunos patrones que nunca pasan de moda y que no cuesta nada ponerlos en práctica, sobre todo los que tenemos la responsabilidad de educar con el ejemplo, a esos niños que también deben empinarse como lo más valioso del futuro de la Patria.

Cualquier día es bueno para que nuestros hijos no sigan sintiendo que son el centro del universo y que se lo merecen todo, aunque así sea. No permitamos que participen en las conversaciones de los adultos. Debemos entregarles una tarea en el hogar para que sientan que participan, estimulemos lo bueno y señalemos lo malo, escojamos bien los discos de muñequitos que les ponemos, llevémoslos más al parque y no los expongamos tanto al televisor, vamos a comprarles más libros que videojuegos, no los dejemos solos viendo el «Paquete» para ayudarlos a discernir entre la verdad y la mentira, entre lo bueno y lo banal; enseñémosles música de todos los géneros.

Debemos liberarlos de la sobreprotección que los hace inútiles; sentémonos todos a la mesa para compartir el único momento del día en que se reúne la familia; aprovechemos ese espacio para conocernos, conversar, aconsejar, comernos todos el huevito o el bistecito, y dejemos claro de dónde salen las cosas que se pueden tener y el valor de las que solo pueden ser vistas con los ojos del corazón.

El día que seamos capaces de poner la cultura del ser por encima del tener, cuando desaparezcan las frases de «allá ella», «ya yo no puedo con él» o «se le fue de las manos», cuando dejemos de ver la policía o la maestra como los únicos responsables de enfrentar las indisciplinas sociales, entonces, ese día comprenderemos que esos jóvenes viven dentro de nuestras propias casas y no en la selva.

*Lic. en Psicología y primer secretario del Comité Provincial de la UJC en Camagüey.

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