Siembra de mujer

Autor:

Yoerky Sánchez Cuéllar

La primera vez que la vi llevaba puesto un sombrero para protegerse del fuerte sol que caía sobre la tribuna. Pero sus labios, finamente pintados, y su blusa sencilla delataban a una mujer esplendorosa, que a pesar de la edad y las horas de pie se mantenía firme y risueña, con una mística que irradiaba a todos.

Luego, en la comisión de la Asamblea Nacional que atiende los derechos de la Niñez, la Juventud y la Mujer tuve la oportunidad de escucharla, de conocer sus preocupaciones por los niños, especialmente aquellos abandonados por la familia o que eran víctimas de otras situaciones sensibles. No aceptaba informes banales ni números fríos. Había que verla preguntando, indagando, analizando la cartas que recibía, preocupada por el más «simple» caso.

Así fue siempre Vilma. Y cada nombre de guerra que empleó en las luchas por la libertad de su patria se multiplicó en nuevas Mariela, Mónica, Déborah o Alicia que surgían entre las cubanas que iban edificando un nuevo país después del triunfo rebelde. ¡Cuán desgarradora aquella tarde de junio cuando los titulares en negro daban al mundo la triste noticia de su muerte!

Hace unos días llegó a mis manos el libro Vilma Espín Guillois, el fuego de la libertad, que contiene intervenciones, documentos y entrevistas relacionadas con la vida y obra de la tenaz heroína. En este se reflejan sus ideas sobre la educación de las mujeres, el trabajo productivo social; la igualdad, el socialismo y la familia, entre otros asuntos que constituyeron su preocupación constante.

Las compiladoras del texto, Yolanda Ferrer y Carolina Aguiar, muy cercanas a ella, nos dicen en la introducción: «Todas las que tuvimos la excepcional oportunidad de aprender a trabajar a su lado desde aquellos tiempos iniciales de la FMC hasta hoy, encontramos vivas y actuales sus lecciones de humanismo y ética, pues de Vilma nunca se podrá hablar en pasado, no es de los seres humanos que desaparecen o pueden ser olvidados».

El libro resume una vida entera de coraje y pensamiento. En él sobresale la luchadora de la clandestinidad, que se enfrentó a los testaferros de la tiranía batistiana; la que luego estableció un sistema de mensajería para los frentes guerrilleros o la que desempeñó una intensa labor en el Segundo Frente Oriental que llevaba el nombre de Frank País, su compañero de lucha en las calles santiagueras. Pero también está la impronta de la cubana culta, amante de la música, la danza, la literatura, la historia…

¿Cómo olvidar sus incursiones en la Coral Universitaria o el hecho de que fuese de las primeras en graduarse como ingeniera química industrial, cuando ello constituía una quimera para la mujer en la Cuba anterior a 1959?

Y es que la necesidad imprescindible y el afán por la lectura y la investigación la acompañaron en todo momento, como expresó al recibir el grado de Doctora Honoris Causa en Ciencias Sociales, por la Universidad de Oriente.

Cuando Vilma murió en 2007, Fidel escribió que su ejemplo es más necesario que nunca, porque consagró toda su vida a luchar por la mujer cuando en Cuba la mayoría de ellas era discriminada.

Para los cubanos que recibimos su eterno legado, Vilma seguirá siendo mezcla de lucha y dulzura; de elegancia y destreza; de solidez de carácter y espiritualidad sin límites. Por eso desde aquel 18 de junio quedó sembrada en una fértil roca, frente al paisaje frondoso de la Sierra Maestra, desde un nicho que convoca al amor y a la batalla.

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