Extravagancias y lucros «placentarios»

Autor:

Julio César Hernández Perera

La vida de Kimberly Noel Kardashian-West, conocida popularmente como Kim Kardashian, ha estado engomada por las famas mediáticas y las extravagancias. Esta estrella televisiva y modelo norteamericana es una de las adalides del american way of life. En el año 2015 ella marcó tendencias en la moda estadounidense y en las redes sociales, donde se le conoció como la reina del Instagram (aplicación y red social para compartir fotos y videos), al poseer más seguidores que cualquier otra estrella de Hollywood.

Entre las excentricidades más señaladas durante el 2015 están los 150 regalos de Navidad recibidos por parte de su esposo, el rapero Kanye West; el abrigo de piel de zorro de 3 500 dólares que le obsequió a su hijo de tres años de edad —acción que generó gran irritación por parte de los protectores de animales—; y por último… la placentofagia.

El pasado 5 de diciembre la modelo trajo al mundo a Saint West —su segundo hijo— y desde meses antes había divulgado la pretensión de comerse su placenta para prevenir la depresión posparto y estimular, entre otros supuestos, la producción de leche materna. La intención se materializó después del nacimiento, al consumir la placenta en forma de cápsulas.

Los antecedentes de esta práctica mediática parecen tener sus orígenes en el año 2006, cuando el actor estadounidense Tom Cruise reveló a la revista GQ su designio de darse a la placentofagia cuando naciera su hija Suri: al final explicó que era una broma.

Otras «celebridades», sin embargo, se tomaron el asunto en serio, como las actrices January Jones, Alicia Silverstone y Gaby Hoffmann. Esta última —estrella estadounidense conocida por su papel en la serie Girls— llegó a dar recetas a las madres: «Cortar la placenta en pequeñas rodajas, congelarlas y cada día añadir una de estas raciones a un batido de frutas».

Son varias las publicaciones científicas que objetan los beneficios de estos procedimientos. Las doctoras Marisa Marraccini y Kathleen Gorman, de la Universidad norteamericana de Rhode Island, trataron el tema en un reciente artículo publicado a mediados del 2015 en la revista médica estadounidense Journal of Midwifery & Women’s Health.

Ellas realizaron una investigación en la cual evaluaron las evidencias científicas acerca de los efectos de la placentofagia en animales y en seres humanos. Concluyeron que no existen resultados que apoyen sus efectos beneficiosos, y afirmaron que se debe pensar en las latentes secuelas para la salud y en los gastos que se generarían por la preparación de este órgano para fines de consumo.

A pesar de no existir ningún estudio científico que acredite los beneficios de la placentofagia, lo cierto es que, exaltada por famosos y ricos, esta práctica ha ganado cada día más seguidores en los EE.UU. y en Europa, principalmente entre las mujeres de clase media.

Brotan, asimismo, entidades como la Brooklyn Placenta Services, The Feel Good Company Placenta Encapsulation, Placenta-Preparation Service y Amaren, entre otros. Estas tienen en común el hecho de haber sido capaces de generar lucrativas ganancias después de aprovecharse de la ignorancia de quienes ven bondades (imaginarias) en el consumo de la placenta.

Estas empresas consiguen la placenta y la transforman en cápsulas o bebidas. Los productos finales se venden a una «módica» suma de 300 y 40 dólares por unidad, respectivamente; y las ganancias generadas se estiman en cerca de 37 000 dólares por placenta procesada.

Habiendo entrado al siglo XXI, y en un mundo asimétrico y lastrado por tanto dolor, Kim Kardashian, junto a otras mujeres famosas y acaudaladas, han guiado a algunas madres a un mundo envenenado por el oscurantismo, donde las extravagancias y los lucros «placentarios» pueden llegar a estropear la condición de lo humano y lo racional. Así es como opera el mercado ciego y su inseparable publicidad: corriendo los lindes hasta caprichos insospechados y de dudoso bienestar.

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