Las «virtudes» del anónimo

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Al comentar sobre una reunión un tanto incómoda, donde se analizó una denuncia sin autor, una amiga nos dijo: «Si deseas que te escuchen, no plantees los problemas delante de nadie ni en una reunión: escribe un anónimo y verás la movilización que se arma».

Poco después, al conversar sobre otras experiencias similares, varias personas coincidieron en algo. Y era que, cuando aparecía un documento de ese carácter, enseguida se generaba una vorágine marcada por comisiones y encuentros de todo tipo, incluso hasta con una metodología para verificar lo planteado y solucionar las dificultades comprobadas.

Al contrario, decían, si esos mismos conflictos se planteaban de modo público, en el espacio correspondiente y delante de quienes tenían la responsabilidad de solucionarlos o prevenirlos, entonces la reacción era la contraria: aparecía la morosidad, las justificaciones, las malas miradas por ser crítico o el enrarecimiento de la convivencia, que en ocasiones podían llegar a la represalia administrativa.

Por supuesto, no en todos los centros laborales —aun cuando pueda surgir un anónimo— se origina una situación de inobservancia a los criterios de los trabajadores; pero lo cierto es que desde hace años ese tipo de escrito se ha convertido en un fenómeno de cierta recurrencia en la sociedad cubana, sobre todo en la variante de denunciar situaciones que ocurrían desde hacía tiempo, incluso ante los ojos de todos, y poca o ninguna atención se les había prestado.

Es ahí cuando aparecen las «virtudes» del anónimo: la de romper con un marasmo, que no debiera existir. Sin embargo, entre las tantas preguntas a plantearse en un asunto tan complejo, estarían: ¿por qué un ciudadano debe recurrir a una denuncia de ese tipo para que se dirima o al menos se atienda un conflicto?; ¿por qué razón a esos escritos se le presta la atención que muchas veces no se percibe en planteamientos hechos de frente y con argumentos?

Resulta notorio que con el período especial las tensiones en la vida domésticas del cubano también se entrelazaron con el ámbito laboral y público. No es casual, entonces, que esos conflictos cotidianos alimentaran o le abrieran el paso a deformaciones como el no buscarse problemas, el cansancio y hasta la pérdida de sentido autocrítico cuando se incurriera en los errores.

A ello se une otro hecho no menos nocivo: la pérdida del sentido del servicio público en ciertos funcionarios, que acceden a los cargos no con el afán primero de servir al pueblo. Así, su sentido de  la gestión estaría en la filosofía de obtener y no en la de ofrecer. En esa postura, toda crítica debería silenciarse, los problemas se manejarían para que no trasciendan —aunque pervivan— y las personas inquietas serían apartadas para lograr comodidad.

Esa posición tiene su contraparte en los principios de valentía y transparencia que ha practicado la Revolución Cubana. Uno de sus ejemplos más relevantes fueron las denuncias públicas de Fidel en la década de 1980 y su llamado al ejercicio de la crítica y la autocrítica en lo que se denominó la Política de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas.

Por eso es contradictorio prestarle atención desmedida al anónimo, mientras se arrincona o subestima al planteamiento público, emitido con responsabilidad y valentía. Claro está, que para que esto fructifique se necesita de un clima de participación y ética, los cuales impidan que los planteamientos se conviertan en vulgares cotilleos de salón.

Es obvio que los anónimos, cuando plantean verdades y no calumnias, aparecen porque sus autores los perciben como la vía más adecuada para solucionar un conflicto. Las comisiones y expectativas creadas a su alrededor muchas veces transmiten esa señal. No obstante, de este fenómeno, pende un principio tan antiguo como la vida misma. Y es que lo oculto, lo enmascarado, por más encomiable que sean sus intenciones, nunca podrá superar el respeto que inspira plantear las cosas de frente y con entera responsabilidad. En estos casos, la valentía no prospera en la oscuridad sino en las certezas de la luz.

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