Mochila sin bridas

Autor:

Alina Perera Robbio

Hay preguntas cuyas respuestas difícilmente puedan encontrarse y expresarse de inmediato. Sucede así con la que el Movimiento Juvenil Martiano está presentando a las nuevas generaciones a lo largo de la Isla.

«¿Qué llevarías de Cuba en tu mochila?», se propone la interrogante en una suerte de ejercicio del pensamiento y de los sentimientos. La idea, nacida el pasado año, inspira reflexiones disímiles como confirmación de que un país intenso, atravesado por circunstancias de enormidad, no puede ser embridado ni con la palabra.

Indagué en mi universo hace unos días, antes de llegar con representantes del Movimiento Juvenil Martiano al Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría (Cujae), sobre qué llevaría de Cuba en una mochila. La respuesta se hacía esperar; no fluía fácil, de tal modo, que llamé a quien amo, cubano insondable, para ir escuchando otros apegos. Y él hizo una definición donde nada quedó fuera: «De Cuba llevaría todo: su luz, sus sombras. Me resulta imposible, habiéndola conocido, vivir sin ella. Da hombres y mujeres únicos. Nadie podría, ni por asomo, replicarla en su lealtad a la vida».

Una vez en el recinto universitario donde sentados en círculo compartimos estudiantes, profesores y un grupo de jóvenes alemanes que habían llegado al país para conocer algo de la realidad nuestra durante algunos meses de estancia, las reflexiones no se hicieron esperar. Un joven alemán dijo que de Cuba se llevaría la palabra «resolver»: confesó no dejar de asombrarse con la capacidad que entre nosotros tenemos de desarmar un problema tras otro. Y el estudiante cubano Arsenio Sánchez habló de incluir en la mochila lo que Cuba es, incluso sus anhelos y la memoria de quienes no están y tanto hicieron.

Arsenio recordó a Martí y su paso por la Isla de la Juventud. No pasó por alto el dolor del Apóstol por haber sufrido prisión, y el espíritu de los luchadores de la Generación del Centenario, confinados en otro momento de la historia en esa Isla al sur de la más grande.

«Al joven cubano lo veo de pie frente a muchas puertas. Cuba es una nación de oportunidades. Si me llevara algo en la mochila serían caminos. El cubano por dentro es una de las personas más ricas del mundo, con tanto para dar, con tanto para que le dejen dar…», ese fue el retrato que regaló Roberto Abreu, un joven con cámara fotográfica colgada al cuello. El profesor Julián Gutiérrez afirmó que llevaría en su mochila «el extraordinario sacrificio del pueblo».

Se sucedían las ideas: otro muchacho hablaba de contar con la «idiosincrasia» y la «cultura». El joven Luis Solano confesó que llevaría los recuerdos de su niñez en Santiago de Cuba y de su adolescencia en La Habana; que llevaría a su pueblo, a su universidad, a sus padres, artífices de su cubanía.

Alguien dijo en el encuentro que los cubanos estamos en una lucha cotidiana contra la naturaleza egoísta de la especie: nos damos, nos sostenemos, somos incompatibles con la indiferencia.

Aun cuando la pregunta que los martianos se hacen no entraña desarraigo o viaje sin retorno con mochila —pues se trata de un punto de partida para mirar con ojos sorprendidos al país natal—, el universitario Fermín Rivas admitió que no llevaría nada en su mochila, que lo dejaría todo en su lugar: «De llevarme algo se lo estaría arrancando a mis seres queridos».

La bandera, el café, la comida generosa, resultaron evocaciones recurrentes. Y a mí, mientras el tiempo se escurría con sabor de magia, me dio por pensar en nuestros saludos, abrazos, en toda frase donde se devela la durísima materia de lo que somos: «Si va a llover que llueva…», «Uno se muere una sola vez», «Primero muerto que desprestigiao», «¿Tú y cuántos más?» (en clara alusión a que el adversario nos queda chiquito).

En la mochila no podría faltarme ese auténtico ser de la especie humana tan hermosamente delineado por José Martí en abril de 1893: «El cubano, indómito a veces por lujo de rebeldía, es tan áspero al despotismo como cortés con la razón. El cubano es independiente, moderado y altivo. Es su dueño, y no quiere dueños. Quien pretenda ensillarlo, será sacudido».

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