Música amarga

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

Para algunos, cualquier momento es bueno para la música. Se saca un bafle, una bocina… y se forma. Hay toda una cultura (o una subcultura) al respecto y muchos se comportan cual si fuesen dueños del aire.

Si el lugar tiene las condiciones acústicas adecuadas o no, si el nivel de la música se ha convertido en ruido, si hay vecinos cerca, si es demasiado tarde… eso pasa a ser tema secundario. Llueven las quejas. Se hacen campañas publicitarias en radio y televisión. Se habla de  indisciplinas sociales; pero la práctica anda todavía lejos de la prédica.

«Hay otras cosas más importantes que abordar», me han dicho unos. «¿Cómo quieres que se divierta la juventud?», me han dicho otros. Para algunos, diversión y respeto son antónimos.

Hay lugares prohibitivos para el bolsillo de muchos cubanos. No es ningún secreto. Pero que establecimientos nocturnos, sitios de expendio de bebidas y festejos particulares que aparecen como alternativas, no tengan «horario ni fecha en el calendario», es harina de otro costal.

Hace poco asistí a un pequeño local por cuenta propia: el dependiente no escuchaba, no podía. Una bocina de mi tamaño aparecía embutida en aquellos escasos metros cuadrados. En los últimos tiempos se han sumado «servicios ambulantes de música» en guaguas, almendrones y camionetas, donde no hay más control que el de aquel que lleva el volante.

He sido testigo de verdaderos calvarios, de gestiones inútiles ante la descarga sostenida de ruido, de insomnios impuestos; de casas cerradas y hasta de autoevacuaciones en determinados períodos. Estoy pensando en personas que conozco de cerca y de otras que resisten como pueden el constante bom bom bom…

Los cubanos como idiosincrasia somos enemigos de lo solemne y lo grave. A Cuba la han bautizado como La Isla de la Música y no falta razón. Disfruto el privilegio de la amistad de grandes músicos, y no tengo a menos echar un pasillo ni festejar; pero no se trata de eso. Hablo de esos momentos en que la música persigue, agrede, taladra. Desafortunadamente, la situación va cobrado visos de epidemia casi en cualquier lugar de Cuba.

Tengo la opinión de que esto suele verse como algo circunstancial, menor; pero las leyes han sido desbordadas por las realidades. Ha habido, en más de un caso, un pasmoso dejar hacer, un no buscarse problemas. Esa suicida inacción ha echado a andar un motor de indisciplinas, cuando no de marginalidades, de la cual solo se obtiene una amarga cosecha.

La sociedad cubana, pese a cualquier carencia, está organizada y es instruida. Es hora de abordar desde la acción un problema que nos atañe como sociedad. Hora de ponerle el cascabel al gato. Y de que el respeto también suene.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.