La toma de La Habana por el inglés

Autor:

Enrique Milanés León

Muchas cosas cambiaron en Cuba tras los once meses de parcial ocupación inglesa en el siglo XVIII, pero no puede decirse que el idioma estuvo entre ellas. Los criollos de entonces conservaron la lengua conquistada a los conquistadores hispanos y hasta llegaron a usarla para ridiculizar a los nuevos invasores: aquello de «la hora de los mameyes», para aludir a la sesión nocturna del toque de queda en La Habana, a partir de la cual hacían ronda muchos uniformados de casacas rojas, cual mameyes, ha llegado a estos días como frase peculiar, cubanísima, pero también como otro pasaje de nuestra resistencia.

Ese recelo frente al ocupante, al interventor o simplemente al entrometido en nuestros asuntos, que parecemos portar en los genes, se manifestó entonces con una prevención terminante: «¡no trabajes para el inglés!». Antes, como ahora, hubo personajillos sumisos que lo hicieron, y con mucho gusto, pero se trataba y trata de casos puestos por la providencia para que el pueblo ensaye contra ellos calificativos muy vernáculos, poco apropiados para ser  pronunciados «a la hora del té».

Aún hoy, da a veces la sensación de que —si no para británicos o estadounidenses— en circunstancias específicas se trabaja para el inglés; esto es, para la lengua de Shakespeare.

Se han ampliado afuera y dentro magníficos canales de intercambio que han permitido a los cubanos, en lo que brindan la suya, beber de buenas fuentes la cultura de potencias occidentales en su empaque —su lengua— original.

El provecho es sustancioso, pero cuando se impone gratuitamente otro idioma en nuestra casa se trata entonces de una práctica invasora, lo que pudiéramos llamar «las malas lenguas».

Sin ir muy lejos, periodistas cubanos hemos pasado más de una vez por el incómodo trance de que en una conferencia de prensa en plena Habana los declarantes se pronuncien en inglés y que ni ellos prevean un traductor confiable que vierta a la lengua local sus importantes mensajes, ni la contraparte anfitriona coloque un intérprete que garantice a la prensa nacional —responsable de llevar a la opinión pública la noticia en cuestión— hacer su trabajo con la alta fiabilidad que es menester.

De todo hay en la viña del mister. En esos propios escenarios no han faltado colegas del patio —muy preparados culturalmente, eso sí— que han optado por preguntar en inglés, no solo reduciendo de un tajo las posibilidades de otros compatriotas menos hábiles con ese idioma, sino obviando el común sentido cívico que sugiere que en los diálogos en Cuba privilegiamos la lengua en que se pronuncia nuestra identidad: el español local. A estas alturas es, cuando menos, un poco ingenuo trabajar para el inglés.

Claro que el dominio de idiomas resulta una herramienta esencial para entendernos con la época que vivimos. Por eso, así como las familias inteligentes estimulan a sus muchachos a comunicarse con el mundo desde otra voz, el Ministerio de Educación Superior, respaldado en sus bases por el Mined, ha establecido la obligatoriedad de dominar esa lengua para completar el egreso.

Muy bien, pero se supone que antes de aprender a expresarse en códigos ajenos se dominen no solo los propios del habla, sino otras claves de pensamiento y civismo que permitan entender que se aprende una segunda lengua, y que anteponerla en nuestro espacio geográfico o cultural nos convertiría  en cándidos bilingües. Desdichadamente, tenemos a muchas personas pensando en inglés, «midiendo» la Isla en ese idioma, y no precisamente para traje de enseña nacional.

Hay una nítida irrupción de términos ajenos, por ejemplo, en el mundo de los negocios particulares. Parece que no pocos dueños le dieron definitivamente la espalda a nombres y «ganchos» cubanos para emplear, de forma pura, mezclada o adulterada, como algunos productos que se venden por ahí, otros de distantes riberas. Es la variante —sin tejido palpable, lo que la torna más desafiante— de las banderas foráneas.

El asunto lleva penas y glorias. Cierta vez, en una prestigiosa institución, el director, ante la preferencia comunicativa de un visitante ilustre, dio su conferencia de acogida nada menos que en francés. Los periodistas tuvimos que apelar hasta al sexto sentido y, al final, hicimos el trabajo, pero quedó en más de uno el  orgullo de saber que tenemos, entre algunos incapaces, directivos de ese alto calibre cultural.

Una cosa bien distinta es que la imprevisión o, peor aun, la percepción de que defender nuestro idioma en los diálogos públicos «no importa mucho», se consoliden en el panorama actual.

Ahí, como diría Cantinflas, está el detalle. Pocas veces pareció más importante en esta Isla el detalle de la lengua. Ella es, a un tiempo, el cañón que nos apunta, el abrazo que nos conecta y el escudo que nos salva. Aunque un puñado de despistados opten ingenuamente por la charla con Shakespeare por sobre el conversatorio con Cervantes, es bueno recordar que las batallas cubanas contra los molinos se libraron siempre en un castellano alto, fuerte, claro… quijotesco incluso. En ese dúo de decires, Sir William debe ser un compay segundo porque la voz prima corre aquí a cuenta de Don Miguel.

En tiempos del acercamiento con la potencia que nos pretende hay que tener dispuestas las alertas. Si bien Barack Obama y/o sus asesores escogieron una frase infortunada como antesala de su visita a La Habana (aquella «¡qué bolá Cuba!»), lo que sí tienen claro uno y otros es que el idioma es puente importante para asaltar una plaza que les ha sido inexpugnable en otros frentes. A primera vista, la expresión sugirió «reverencia empática», pero debe verse como un intento, elaborado, de hacer entrar, con saeta española, el andamiaje anglófono que sostiene al imperio.

Hablemos las dos lenguas, y más. Eso nos hará plenos seres del siglo XXI. Hagamos, como país y como individuos, cuantos amigos internacionales podamos, pero no olvidemos nunca a los agudos habaneros de 1762 que, inspirados por la resistencia ejemplar del regidor de Guanabacoa frente a los ingleses, acuñaron la frase de «hacer las cosas de a Pepe». Para asegurar el futuro de Cuba y una Habana inexpugnable necesitaremos muchos Pepe Antonio.

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