Vivir en los otros

Autor:

Yunet López Ricardo

Dicen que Fidel ya no está, que los relojes acabaron por vencer al guerrillero, que la biología y la naturaleza nos recordaron que también él era humano; pero el Jefe de barba suave crecida en la Sierra y ojos chispeantes, para vivir por su pueblo, no creyó nunca en relojes ni leyes físicas.

Y desde hace unos días me encuentro más con Fidel. Los corazones rebeldes no saben de infartos, las ideas siempre se han burlado de las ausencias del cuerpo. Fidel está andando por las calles de Cuba, se detiene y anuda la pañoleta de los niños, aparece en los sueños, interviene en las conversaciones de los viejos y los debates de los jóvenes. Fidel vive en nosotros.

Lo veo aquel 25 de noviembre de 1956, cuando tenía puestas sus botas de bajar luceros, graduó las mirillas de los fusiles y acomodó a la libertad como una niña recién nacida en su mochila de combatiente. Esa noche, el joven líder comenzó desde México el viaje de regreso a Cuba.

Pero este día 25, con la misma luna luego de sesenta años; el invierno no fue tan diferente. Con su impaciencia victoriosa, el jefe de la expedición no esperó la madrugada y, asido a su barba de luz, su uniforme verde olivo, la estrella de Comandante, los ojos de sus hermanos guerreros, la reciedumbre de los ceibos nonagenarios y sus botas de soñar acordonadas, pasadas las diez emprendió otro viaje...

«El Comandante murió»; murmullan voces discontinuas desde la medianoche. «El alma se salva aunque muera el cuerpo», dice una anciana de muchos collares en una esquina.

Hay poca gente en la calle, parece como si los días se negaran a caminar y como pájaros flechados caen los minutos. Caras pensativas, serias, y en medio de aquel aire denso con lloviznas interiores en el parque, como una señal de presencia eterna, alguien prendió la radio e inundó todo la voz de Fidel.

Oír su palabra encendida como los hornos del monte nos llena de fuerza. Y luego la canción de Sara, como una invitación para seguir la batalla de la vida, «canto y llanto de la tierra, canto y llanto de la gloria, y entre canto y llanto de la tierra, nuestra primera victoria».

A los héroes se les recuerda sin llanto. Y veo entonces a Fidel en la casita humilde de la Ciénaga, donde Nemesia espera su abrazo de algodón, y está luego sentado a la mesa con los carboneros, como aquella navidad de 1959.

Ahora no siente siquiera el peso de la mochila y los días de marcha, sube ágil las pendientes hacia la Comandancia de la Plata, donde hay árboles lastimados por las balas y hombres sin miedo a las heridas; y desde allí, dirige su ejército de barbudos.

Fidel caminó siempre después del camino recto y asfaltado, y hasta donde los mulos arriban fatigados luego de escalar empinadas horas, llevó maestros y médicos, conversó con los campesinos más olvidados y con ellos compartió sus ideas de calzar a los niños, proteger a la tierra y sus sembradores, el planeta, la vida, el hombre.

Como las costuras que abuela termina en mis vestidos y dan la impresión de que serán eternas, Fidel está zurcido a esta Isla y a su gente; y hoy nuestro abridor de caminos se reparte por Cuba.

Ante la certeza de su mortalidad y la ilusión del espiritismo, en el mundo de los vivos sigue andando un hombre con gorra militar, espejuelos de carey gastado, discurso bajo la lluvia, estrategia en los combates, un desafiador de riesgos respetado hasta por los enemigos, el guardián de nuestra historia.

La madrugada del 25 fue mucho más larga que mis 25 años. Y no fui la única que sintió por las calles de La Habana el aroma de los cedros y naranjos de Birán, o el humo perfumado de velas y lámparas de gas de la antigua casona de pilotes de caguairán, donde naciera hace 90 agostos quien movió a la Isla más que el ciclón de ese año 1926.

Después de un mundo de victorias y desvelos, como un rumoreo de gotas el cuerpo de Fidel se fue, de poco a poco. Pero ante esos ojos esperanzadores que ya se cerraron y las cenizas del gigante que dormirá en Oriente, agradezco a la vida que mi «guerrillero del tiempo» nos durara más de 90 almanaques.

Desde ayer, si algún cubano se sintiera un poco huérfano, respirara ausencia o tuviese el pecho estrujado; el abuelo de millones de niños, «novio» de todas las muchachas y padre de los jóvenes se hace viento, despeina los naranjos de Birán y llena el suelo de florecillas blancas, emerge de las ideas y nos deja hablar con su acento redentor, sale de las fotos y nos abraza, nos ilumina.

Hoy su Granma es un país. El capitán ha muerto, pero no se fue. Fidel, con sus botas de bajar luceros siempre está aquí, sacando para Cuba la libertad de su mochila guerrillera.

Este día 25 el jefe de la expedición no esperó la madrugada, con su barba de luz, uniforme verde olivo y la reciedumbre de los ceibos nonagenarios, pasadas las diez dispuso la proa. No fue de Tuxpan a Los Cayuelos, navegó desde Cuba hasta la inmortalidad; porque Fidel nunca ha creído en relojes ni leyes biológicas, sigue en el mundo de los vivos con su estrella de Comandante. Fidel está en nosotros.

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