Luis Carbonell

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

Si pudiera decirles quién fue Luis Carbonell… pero ni él mismo lo sabía. No ando buscando palabras. Una madrugada irrepetible, en el salón del aeropuerto Antonio Maceo, me lo confesó: «Yo no conozco a Luis Carbonell, yo aprendo con él, me sorprendo, lo ando descubriendo todavía».

Le pregunté cómo lograba aprenderse aquellos poemazos y sobrevino la respuesta lacónica: «Estudiar». Algo debió notar en mi rostro, alguna sombra, cuando decidió agregar. «En realidad, se necesitan tres cosas: estudiar, estudiar y estudiar».

No voy a repetir la biografía de este artista, nacido un 26 de julio, en 1923, en las calles santiagueras. Vengo a rendirle tributo.

Si me dieran a escoger un rasgo de su estirpe, tomaría un suceso antológico de la discografía cubana. Cuando en 1955 se graba Esther Borja canta a dos, tres y cuatro voces, se necesitaba una disciplina inquebrantable, un nivel de detalle milimétrico. Ambas cosas las tenía Luis y las tenía la intérprete, unidos por una amistad hermosa; sin que olvidemos jamás la hazaña, la brujería (casi) del grabador Medardo Montero.

Acometió los arreglos musicales para la ocasión, el montaje de las voces, el acompañamiento pianístico (junto a Numidia Vaillant) y la redacción de las notas. Luis era un artista total. Participó en la formación de varios cuartetos. Muchas agrupaciones siguieron consultándole en las décadas siguientes.

Permítaseme otro salto. Después que Santiago de Cuba fuera arrasada por el huracán Sandy en 2012, se fue a su ciudad natal para estrenar una estampa de Santiago Carnago. Se necesitaban todas las voces, todas las manos. El artista estaba dispuesto a recoger piedras si era preciso, y así lo hizo saber a las máximas autoridades del territorio. Así era su desprendimiento de cualquier fatuidad.

Luis Mariano Carbonell Pullés nació para enseñar, aunque no fuese Derecho ni Medicina como quería su madre. Y en ese camino no solo escaló, sino que espantó una montaña de prejuicios.

Vivió de la poesía, lo que no puede decirse de nadie, de casi nadie. Y lo mejor, nos hizo vivir con ella. Le extrajo el zumo a cada frase, llevó cada palabra al límite.  De la cáscara a la médula descarnó el poema, y luego lo vistió, capa por capa, dando la gentil impresión de no haberlo tocado nunca.

Pepe Biondi, el artista argentino, le confesó un día: «Usted no recita. Usted dibuja los versos, los pinta. Usted es un acuarelista de la poesía». Y aquel bautismo, con el aderezo antillano, la acompañó para siempre en escenarios del Caribe, América del Sur, Estados Unidos, Europa.

Hizo a Lorca y a Camín, a Palés Matos y a Eloy Blanco, a Tallet y a Ballagas, a Arturo Liendo y a Félix B. Caignet. Hizo grandes poemas y grandes autores; aunque también insufló vida a obras que no parecían mucho. Las hizo levitar.

Se empeñó en decir que no escribió poesía, intentó demostrárnoslo; pero ya sabemos que la palabra rodaba por la punta de sus dedos, nos recorría, nos trajinaba, nos llevaba donde quería y luego... le bastaba halar el cordel.

Si pudiera decirles quién fue Luis Carbonell, pero no hará falta. Véanle cruzar los brazos. Véanle mecer al bebé... diente de merengue, bemba de caimito... Mirad como sube el olor de la madera, el olor a hembra, a macho, a rústico barracón...  como se dibuja el aire, como un llamado elástico hace el milagro: Fulóooo. Y como llega aquel Niño, con guantes y to, che ché; como aplaude, como grita, como pronuncia su nombre, igual que el niño Valdés.

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