Hijo, padre y ciudadano

Autor:

Osviel Castro Medel

Algunos lo han pintado medio cascarrabias, pero ese cuadro nunca se ajustaría para un hombre que era admirado y querido, llorado a raudales por muchedumbres cuando partió a otra vida, el 17 de junio de 1905.

Seguramente esa visión errada viene de su exigencia sin par y de ese modo tan suyo de cantarles las cuarenta —y hasta las ochenta— a cualquiera; de su manera de mirar a los ojos, siempre con la verdad como espada punzante e imperiosa.

Han dicho que fue un Napoleón caribeño, estratega con el brillo del Sol, guerrero curado de espantos, generalísimo capaz de terminar la Guerra Necesaria con vitalidad increíble para sus 62 abriles, edad que en aquel tiempo era demasiado «anciana» para un jefe o hasta para un simple soldado.

Sin que esas virtudes innegables caigan en baúl desierto, prefiero al Máximo Gómez patriota; al padre recto que nos dio al virtuoso Panchito; al esposo no estudiado que amó a Bernarda del Toro (la «Manana» nuestra); al hombre que llegó a Cuba en 1865 y apenas tres años después ya estaba batiéndose por esta tierra como el más ejemplar gladiador.

Me gusta el Gómez poco propagado que fue maderero en Manzanillo y, con humildad insuperable, cultivó su parcela de manera durísima en El Dátil, «a dos leguas de Bayamo».

De sus pasajes, me sacuden el corazón aquellos vinculados con sus padres, sobre todo en fecha como esta, antesala de un domingo de homenajes. Cuando, hace muchos años, leí qué escribió en suelo quisqueyano sobre los días finales de su progenitor empecé a entender su grandeza: «Volé a recoger el último suspiro y el último consejo de mi padre y enjugar las lágrimas de mi pobre madre, y dos hermanitas solteras que me quedaban. Desde entonces padecí mucho, pues muerto mi padre, me vi obligado a la responsabilidad inmediata de sostener y cuidar a una madre y dos hermanas, y atender al servicio de las armas».

Por cierto, es lastimoso que las letras de Gómez, especialmente las de su delicioso Diario de Campaña, no estén esparcidas en nuestro entorno, en librerías viejas o nuevas, o al menos en los llamados espacios virtuales.

Volviendo a sus escritos, cuánto conmueve repasar sus líneas al referirse al tiempo previo a la insurrección de 1868, cuando narró que en El Dátil salió como pudo de sus apuros financieros «sin pedir a nadie nada y sin contraer compromisos de ninguna especie» y que debió pagar los gastos del funeral de su madre con la venta de un «caballito de dos que tenía». Entonces ya se «había puesto en relación con varios bayameses que conspiraban, y con quienes me comprometí a ocupar un puesto en las filas de los soldados de la libertad».

De sus frases conocidas escojo aquella que sentencia que un día sin combate será un día perdido. De sus batallas pondero la de Palo Seco, aunque jamás olvidaría la de Las Guásimas.

De sus apuntes biográficos me quedo con este párrafo, escrito en 1876, expresión de un decoro que deberíamos poner siempre de moda: «Estos son los datos que puedo dar de mi pobre pero honrado origen, y de mi humildísima existencia; que los sepa algún amigo, por si después de que mis huesos blanqueen en los campos de Cuba donde lucho por su libertad, a la calumnia o la mala fe se le antoja ofender a mi pobre memoria, que pueda decir: nació honrado, de padres honrados, y se supo que los amó, y nunca es mal amigo ni mal ciudadano el que supo ser buen hijo».

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