Donde no habita la derrota

Autor:

Alina Perera Robbio

Uno se podrá ir a la Antártida, a China o a París, pero si nació en Cuba tendrá un cordón umbilical con la Isla que ninguna tijera de los olvidos o de la amargura podrá cortar. En la memoria, como esencias punzantes de flores nocturnas, habitarán los momentos primeros —que serán por siempre grandes—: los del juego infantil, los del collar de la maestra, los del loco del pueblo, los de los abuelos y la madre, los de las piedras del camino, los de las marchas combatientes, los del primer beso, los del café, los del invento y la pobreza, los de la terquedad y el soñar.

Podría decirse que no ando tan lejos de mi tierra porque no estoy en paisajes de hielo o de desierto sino, desde hace algún tiempo, en la hermana Venezuela donde las montañas vestidas de sombras y de sol son, después del corazón mestizo del pueblo, de las cosas que más me gustan. Pero, aunque «cerca», la nostalgia hace de la distancia una ruta que parece insalvable, pues no tengo el beso de los seres entrañables, casi nunca veo el mar, no huelo mi aire que huele a hierbas ni desando los caminos de las costumbres —que son los de la patria pequeña.

El consuelo es aferrarme a las imágenes que llegan desde la Isla, y a cada caricia virtual de los seres amados y cercanos. Como vivo sin desprenderme de lo que me ha nutrido, trecho no ha habido entre mis insomnios y los desvelos de mi gente azotada por el terrible huracán. ¿Y qué he sentido sin que me sea ajeno?: la reiterada mordida de las pérdidas, la oscuridad y luego la luz, la solidaridad empecinada, la alegría de vivir, el mandato de subir la cuesta como tantas otras veces, así como Sísifo levanta cada día su piedra.

¿Qué he vuelto a sentir?: el estremecimiento de un pueblo que aprendió hace mucho tiempo a no desesperarse; que sabe empezar de cero; que tiene en su cadena genética —y Fidel tuvo el mérito de acentuar y coronar esa virtud— la capacidad de luchar y de vencer.

Las imágenes que llegan a este lado de las aguas, gracias a la interconexión mundial, se suman como nuevos testimonios de la materia con que la naturaleza y la historia han hecho al cubano: un hombre, en su cocina sin techo, brinda pescado al visitante que llega cámara en ristre; un niño en Ciego de Ávila rescata un busto blanco del Apóstol, lo pega a su corazón, lo limpia y dice haber encontrado a Martí; en las oscuras aguas de La Habana, mientras reina la tempestad, combatientes entrenados en salvar vidas avanzan sosteniendo ancianos, niños y cuanto ser indefenso necesite auxilio; un colega se afana en levantar a un ave golpeada por los vientos; una niña con su mochilita, sentada en el suelo y acompañada de un perro, mira que donde antes estaba su hogar ahora hay escombros; una mujer rompe cocos, caídos en medio de la tempestad, para hacer dulce; un joven con el agua a la cintura avanza con su perro entre los brazos; un amigo me dice, sereno y triste, que no reconoce a su amado pueblo de Esmeralda en Camagüey; un ejército de colegas realiza una cobertura mediática que inspira orgullo, y dentro de ellos, uno escribe el reportaje antológico titulado La hora cero, donde cuenta el drama de un señor buscando amparo entre sus cosas mientras Irma le arranca los pedazos del techo.

Ha habido evidencias del absurdo, que tienen que ver con el afán temerario y hasta peligrosamente rebelde del cubano: personas sumergidas hasta el cuello mientras las aguas habían tomado la parte norte de La Habana; jóvenes lanzándose y nadando en zonas inundadas; noveleros de toda índole; documentalistas, reporteros y voceros improvisados, todos a la caza de la última noticia del barrio.

Una imagen asombrosa ha encendido la polémica Isla adentro: la de cuatro hombres jugando una partida de dominó con sus piernas bajo las aguas dejadas por el huracán. Cuentan que, según ellos, todos los domingos a la misma hora esa partida se da como un ritual en un punto de La Habana, y que, según ellos, ningún ciclón impediría el encuentro de cuatro. Algunos han definido a esos jugadores como insolidarios (yo no sé qué habrán hecho ellos tras terminar la partida dominguera). Lo que sí siento es que en esa actitud que ha sorprendido y preocupado a muchos hay un mensaje no del todo oscuro: hay un «seguimos», un «no me importa» de desafío a la adversidad, una movida cantarina de las fichas en medio del shock, un «que viva la vida» —como ese grito que saben dar las ropas puestas a orear tras el paso del monstruo—; hay un empecinamiento nada ingenuo como respuesta a la destrucción y al dolor.

Cuba amada, tan cerca y tan tibia que en muchos de estos días tira de mis ojos cuando aún no amanece, me recuerda en estas horas —al igual que el emblemático personaje de El viejo y el mar, de Hemingway— que una cosa es la destrucción y otra bien distinta es la derrota. De eso, de vencimientos, no hallo referencias en mi memoria, ni siquiera yendo a los instantes primeros, esos que nutren el cordón entre la Isla madre y sus inconfundibles, incomparables, tremendísimos hijos.

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