Historias de Pedalín y otros acelerados

Autor:

Osviel Castro Medel

Los he observado a distintas velocidades, convertidos casi siempre en relámpagos, aunque de vez en cuando también en tortugas. Los he mirado a cualquier hora, de día o de noche, sin interesarles los ojos inquisidores de los que «van bien».

Qué les importa la existencia de una flecha indicando la dirección correcta si, comoquiera, ellos se lanzarán en sus bicicletas a la contraria para «adelantar camino».

He comprobado esta verdad en la ciudad donde vivo y escribo, Bayamo, pero también en otros lugares de mayor o menor tránsito.

En una calle como Saco, muy concurrida por peatones y vehículos, de vez en cuando, sobre todo por las tardes, sale algún que otro Pedalín Candela en dirección diferente a la indicada a prenderle fuego a la circulación establecida y al orden.

Traigo otro ejemplo: semanas atrás dos muchachas montadas en sus ciclos por poco chocan con este redactor en la avenida Frank País, en la esquina cercana a una de las terminales de la Ciudad Monumento, donde, para colmo, existe un semáforo. Iban por la senda que no les tocaba y cuando con cierto susto se los dije encogieron         sus hombros y esbozaron un gesto despectivo, como respondiéndome: ¿Y qué?

El tema, claro está, rebasa las infracciones de los ciclos. Párese un día –digamos-  en la esquina del célebre cine Yara, en la rampa capitalina, y verá cuántos choferes pasan superacelerados en los instantes iniciales en los que se activa la luz roja.

 Varias veces se ha escrito en este y en otros medios sobre esos «ciclistas inversos» o sobre los voladores de semáforos, pero tales transgresores parecieron mantenerse en lo suyo como para demostrar que aquellas líneas cayeron al vacío o en los rayos mismos de las bicicletas.

Ahora vuelvo con el tema; no con el ánimo de convocar en esos tramos a un vigilante desde la salida del Sol, sino para reflexionar sobre esas indisciplinas que, a fuerza de repetición, pudieran empezar a verse como «normales» para la sociedad.

Eso, a la postre, nos haría más daño que la imprudencia de inconscientes, acostumbrados ya a la contravención permanente y al olvido de la colectividad que los rodea.

Ahora, en el intento de este pedaleo con palabras, subrayo que en ocasiones se crea un complot de algunas personas con los transgresores, pues les avi-   san a los «asesinos» del tránsito para que no caigan en el talonario del agente apostado tras la esquina.         Esa cofradía en pro del infractor es una señal peli-   grosa, capaz de opacar el necesario «Pare» a la insolencia.

Aquel famoso cuento del elefante no se nos puede volver eterno en la sala. Recordemos que al principio el enorme cuadrúpedo estorbaba y, sin embargo, terminó siendo aceptado en medio de la casa con la excusa de fingir que «no se veía».

Cierto que hacen faltan más medidas coercitivas, pero el civismo no se siembra únicamente con correas sociales ni con una montaña de multas por necesarias que parezcan.

Quien se acostumbra a ir contra el tránsito en la vía, riéndose de disposiciones, se adapta también a pisotear normas y cánones en la cotidianidad. Y le da lo mismo humillar un jardín que arrojar uno de sus fluidos a un pasillo.

Por «tecoso» que luzca, siempre tendremos que mirar una y otra vez a la escuela, pero primero a la familia. De hecho, muchos de los que van contra el tránsito llevan a sus hijos en la parrilla, el caballo o hasta en el manubrio de su bicicleta. ¿Qué podrán exigirles a sus retoños cuando crezcan si los padres trastocaron la luz roja en caos y obviaron el verdor de otra luz ubicada más allá de los semáforos?

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