Efecto verano

Más allá de la imagen cultural, la ciencia descubre los efectos físicos y sicológicos de las temperaturas en la etapa estival

Autor:

Iris Oropesa Mecías

Qué sucede en verano con nuestros cuerpos, y por consecuencia con nuestra mente, nuestro estado emocional, y de ánimo, es una pregunta interesante para responder.

Acalorado estoy…

Al decir de la biología, nuestro cerebro funciona óptimamente entre 21º C y 25º C, y aún trabaja correctamente si la temperatura corporal oscila hasta los límites de los 35º y los 40º C. Sin embargo, una vez fuera de esos intervalos, los organismos humanos comienzan a funcionar mal.

 

El hipotálamo, coordinador del sistema nervioso autónomo, encargado de los procesos de homeostasis (equilibrio del organismo) —que controla además, procesos como el hambre, la saciedad, el sueño, el impulso sexual— detecta que existe variación entre su propia temperatura y la de los termorreceptores de la piel y pone en marcha una especie de «protocolo de emergencia».

 

Cuando aumenta la temperatura, el hipotálamo activa procesos biológicos para volver a equilibrar el organismo como la sudoración, la vasodilatación (nos ponemos rojos a fin de que la sangre llegue más a la superficie y se enfríe mejor con el aire) o la producción de adrenalina (el organismo activa una alerta ante amenazas).

 

Es precisamente esta última «estrategia» física la que evidencia que el verano, con su calor, no solo deja efectos visibles en el plano físico, sino además, en nuestros comportamientos y emociones.

 

Ponerse «primitivo»

Foto: Jorge Camarero Leiva

Activar el sistema nervioso y aumentar los niveles de adrenalina es la respuesta de un cuerpo preparado para huir o defenderse de aquello que le provoca malestar, o amenaza: es lo que en sicología se suele llamar estrés.

 

Se trata de una respuesta adaptativa que puede ayudarnos a desarrollar nuestras capacidades al máximo para vencer un obstáculo, pero que una vez que rebasa el nivel adecuado, se convierte en un problema.

 

Es una respuesta muy «primitiva» que ha permitido sobrevivir a los humanos, según los preceptos de la sicología evolutiva, que suele citar ejemplos como la huida de los depredadores o ante una tormenta.

 

En el caso del estrés-calor, el estímulo no es visible, pero el cuerpo humano dispara la misma serie de respuestas hormonales y emocionales.

 

Llega a presentar síntomas que son típicos de un cuadro de ansiedad: irritación, agresividad, insomnio, inquietud, incomodidad y dificultades para concentrarse, por lo que la persona puede ver sus capacidades disminuidas.

 

En palabras de la sicóloga Mónica Ferrera en su blog acerca del tema, nuestro organismo trabaja duramente para mantenerse en su confort climático. Como consecuencia, experimentamos un estado de decaimiento, apatía y baja energía.

 

A esto se le suman las alteraciones en el sueño, por tanto, podemos estar menos enérgicos y más irritables. En casos extremos, puede producirse el «golpe de calor», que según se explica en el sitio oficial de la Organización Mundial de la Salud, es lo que sucede cuando ninguno de estos mecanismos de estrés logran aliviar al organismo y el hipotálamo no es capaz de equilibrar la temperatura del cuerpo, que asciende muy por encima de los 40º C.

 

En esa situación provoca dificultades respiratorias, arritmias cardíacas, edemas pulmonares, insuficiencia renal o incluso la muerte. Estos casos extremos ocurren una vez que el organismo falla y no realiza las acciones de equilibrio (como sudar), de ahí las muertes de las que escuchamos cuando se produce una prolongada ola de calor en algún lugar de nuestro planeta.

 

Es evidente que los indicadores etarios y las condiciones económicas y biológicas influyen. Pero también puede influir de forma diferente la apreciación subjetiva.

La sicóloga de la Clínica Bicentenario en Chile, Carolina Cabezas, explica, que «cuando el calor afecta el estado sicológico de las personas, produce, efectivamente, irritabilidad, ansiedad y agresividad, pero al depender de la percepción de cada individuo, las reacciones jamás serán iguales.

 

«Cuanto más la persona se focaliza en el malestar, más intenso se percibe. Ya sea la incomodidad física o sicológica que genera el calor, y como la sensación de la temperatura es subjetiva, además de depender de diversos factores, todos lo podemos llegar a sentir distinto en términos de intensidad».

 

De modo que es muy recomendable no exagerar las exclamaciones acerca del tema y concentrarse en estímulos visuales o experiencias externas.

Calor, crimen y complejo

Tanto tiempo hace que las ciencias humanas han detectado estas reacciones ante el calor que en el siglo XIX se llegó a teorizar nada más y nada menos que sobre una «Ley térmica de la delincuencia».

 

Las hipótesis surgieron de Adolphe Quételet (1796-1874), cartógrafo, astrónomo, matemático, botánico, sociólogo y creador de la estadística moral, y de André-Michel Guerry (1802-1866), trabajador del Derecho.

 

Estos franceses realizaron pesquisajes en su país para contabilizar crímenes, e intentaron detectar una posible relación entre estos y las etapas climáticas del año. Llegaron ambos a la conclusión de que el verano desataba muchos más delitos de tipo personal, mientras en primavera el índice de robos era mayor.

 

Y aunque el alcance científico de sus hipótesis no rebasa una época en que la ciencia estaba más deslindada de conceptos como la moralidad, lo cierto es que ya denotaban una observación de la relación emocional con el clima, que es real y comprobada.

 

Volviendo a la ciencia de nuestros días, desde la ONG Sicólogos Voluntarios de Chile, las especialistas Cara Beattie y Pilar Zurita también realizaron estudios sobre criminalidad en el verano, y revisaron algunos de diferentes partes del mundo (Europa, Estados Unidos, Pakistán, entre otros), para concluir que en efecto, desde el aumento de los toques de claxon en los autos a que la gente tienda a dejar más sus empleos o iniciar huelgas en estas épocas, muchos hechos evidencian el aumento de estrés/agresividad.

 

La sicología también da cuenta en estudios recientes de otro efecto sobre las emociones que puede traer el verano: el exceso de expectativas. Según Carmen Párraga Gallardo, máster en Sicología Clínica y de la Salud de la Universidad Loyola Andalucía, se trata de una reacción acicateada por medios poco serios acerca de un ideal de apariencia y emociones en cuanto a esta etapa: se supone que en verano debemos ser felices, lucir como top models, y tener nuevas experiencias cada dos días.

 

De esas expectativas usualmente infladas, exageradas, que se convierten en exigencias, pueden desprenderse complejos, frustraciones, autoexigencias como las de las dietas supuestamente milagrosas, y hasta complejos de inferioridad.

 

Así que ya sea en cuanto al estrés/agresividad o en cuanto a someternos a complejos y no aceptar nuestro verdadero ser, las sicólogas chilenas Zurita y Beattie explican que hay que tener una predisposición para enfrentar las altas temperaturas. «En pocas palabras, aconsejan, prepárese mentalmente para enfrentar el calor, acéptelo y trate de enfocarse en las cosas positivas que también trae».

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