Transbordadores: la muerte de los gigantes

La salida de servicio de las gigantescas naves que durante casi 30 años fueron símbolo de la conquista del espacio no es solo una cuestión tecnológica. Es el primer paso de un nuevo camino trazado para la conquista del espacio

Autor:

Amaury E. del Valle

Apenas un susurro indicó la llegada del gigantesco avión que muchos habían despedido una semana antes con lágrimas en los ojos, dándole un último adiós a un veterano sobreviviente de recortes presupuestales, misiones militares y hasta desastres de sus similares que causaron millonarias pérdidas y la muerte a varios astronautas.

Veinticinco años después de su primera misión espacial, el transbordador Atlantis realizó su última misión el pasado 26 de mayo, y ahora ganará un bien merecido descanso en el National Air&Space Museum de Washington, Estados Unidos, aunque su interior será poco menos que desguazado para suministrar de piezas a sus hermanos Endeavour y Discovery, que solo lo sobrevivirán unos meses más.

A las 8:48 horas de la mañana del miércoles pasado el Atlantis tocó tierra por última vez en el Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral, Florida, después de haber permanecido durante 12 días en la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés) en una misión de suministros e instalación de pequeñas infraestructuras y herramientas en la plataforma orbital.

El gigante apagó sus motores y le fueron clausuradas sus puertas tras bajarse los tripulantes del adiós, pero junto con sus compuertas comienza también el cierre del programa Constellation, una iniciativa del ex presidente George W. Bush, quien había gritado con entusiasmo a los cuatro vientos que el hombre volvería a llegar a la Luna.

Barack Obama, el nuevo inquilino de la Casa Blanca, no se sabe si ha sido más cauto o más atrevido. Él no quiere alunizar; ha mandado a descansar a los transbordadores y decretado que la exploración espacial debe ser más «inteligente».

En cambio, ha mirado mucho más allá. Obama no quiere ver dónde están los aretes que le faltan a la Luna. Prefiere ponerle un collar a Marte y dice que cree que vivirá para ver ese momento antes del año 2030.

Los aretes de la luna

Atlantis fue un continente perdido en medio del océano Atlántico, según la mitología. Entre los años 1930 y 1968 se bautizó con ese nombre a uno de los mayores barcos de exploración geográfica que surcó los mares.

No es extraño entonces que en la década de los 80, cuando se concretó el programa de los transbordadores espaciales, ese fuera uno de los nombres escogidos para bautizar a una de aquellas criaturas.

La idea de los megaaviones surcando el espacio sideral era en esencia muy sencilla: sustituir los primarios cohetes por aviones tripulados que salieran al espacio impulsados por estos, pero que aterrizaran como aeronaves sobre sus propias ruedas.

El Sistema de Transbordador Espacial de la Agencia Aeroespacial de Estados Unidos (NASA, por sus siglas en inglés) se trazó como meta fundamental abaratar los costos que suponían perder las cabinas espaciales tras cada vuelo, y en cambio sustituirlas por una nave espacial reutilizable.

A todo ello había que agregarle la necesidad de tener un «carguero espacial» capaz de poner en órbita satélites o reabastecer estaciones siderales, bajo el viejo proyecto norteamericano, y al final concretado por la Unión Soviética, de tener una presencia fija en el cosmos.

Fue así que nació la familia de los transbordadores, proyecto que venía concretándose desde 1972 bajo el mandato de Nixon, pero que no tuvo su primer vuelo hasta el 12 de abril de 1981, cuando despegó el Columbia.

La familia se enriqueció en pocos años con el Challenger en julio de 1982; el Discovery en noviembre de 1983, y finalmente el Atlantis, en abril de 1985. Y como en todo hogar, no tardaron en llegar las desgracias, muchas veces por negligencias o desperfectos que pudieron ser evitables.

En 1986 el Challenger explotó 73 segundos después de su lanzamiento. La tripulación de siete personas murió ante los ojos de millones de personas que veían el acontecimiento por televisión. Ese fue el primer gran golpe al programa de los transbordadores.

Para reemplazar a la nave siniestrada, y tras varios años detenido el proyecto, en mayo de 1991 surcó los cielos el Endeavour, y con altas y bajas, avances y retrocesos, las gigantes moles volvieron a salir de la Tierra y desempeñaron un papel muy importante en el lanzamiento de sondas, satélites, la puesta en marcha y mantenimiento del telescopio espacial Hubble y la concreción y abastecimiento continuo de la Estación Espacial Internacional.

Pero de nuevo la muerte transmitida en vivo y en directo a millones de personas de los astronautas del transbordador espacial Columbia, el 1ro. de febrero de 2003, volvería a enlutar la idea.

Tras finalizar con éxito la misión STS-107 el Columbia, el primogénito de la familia, se desintegró a su entrada en la órbita terrestre esparciendo sus restos por diversos lugares del mundo.

La estela humeante que dejó en el cielo fue tan impresionante que no se pudo borrar ni siquiera con la explicación de que un pedazo de material desprendido en el despegue había abierto un boquete en el revestimiento del avión y no se dieron cuenta, lo que provocó la explosión en el regreso.

Hubo que esperar hasta el 26 de julio de 2005, dos años y medio después, para que de nuevo el Discovery volviera a salir al espacio, y en el ínterin los ocupantes de la Estación Espacial Internacional pasaron no pocos sofocones.

No obstante, la suerte de las naves que simbolizaron la conquista del espacio ya estaba echada. El 2010 se fijó como meta límite de vida, y parece que la cuenta regresiva comienza a cumplirse con el último vuelo del Atlantis.

Turistas siderales

¿Qué sustituirá a los transbordadores? Esa parece ser la pregunta que se hacen muchos en estos momentos, aunque la respuesta esté cocinándose desde hace mucho tiempo.

Si el programa Constellation, de  Bush Jr. preveía nuevos alunizajes e incluso misiones tripuladas a Marte, Obama ha asegurado que la conquista del espacio debe trazarse metas más objetivas e incluso «utilitarias».

Hasta el mismo Neil Armstrong, el primero en «pisar» la Luna, se molestó muchísimo cuando el nuevo ocupante de la Oficina Oval echó a menos la idea de volverse a pasear pateando piedras por el paisaje del satélite terrícola.

Y es que Obama, atrapado entre la crisis económica y el cambio climático, ha decidido concentrarse en nuevas misiones de la Estación Espacial Internacional y la explotación de la órbita terrestre, incluso abriendo la posibilidad de que las empresas privadas inviertan en este campo y aventurando la idea del «turismo cósmico» como una vía más de financiamiento.

En esto último ya se le adelantaron los rusos, que han enviado a más de un multimillonario a circunvalar la Tierra más allá de su órbita, pero Obama no piensa quedarse atrás, aunque tenga que convertir la Estación Espacial Internacional en el primer «hotel sideral».

Además, ha dicho que espera colocar nuevos satélites que monitoreen el cambio climático, y hasta ayudará a las firmas privadas que quieran construir sus propias naves para los astronautas o futuros «viajeros estelares».

A nadie extraña entonces que, si bien el Atlantis irá a un museo, se rumore que sus hermanitos menores, el Discovery y el Endeavour, puedan ser subastados al mejor postor.

Y quién sabe si algún multimillonario aburrido ya esté pensando en darse un viajecito a la Luna, a Marte… e incluso más allá, en su propio transbordador.

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