MP3 por la libre

El formato de compresión digital de audio más popular de la historia ha quedado sin licencias oficiales y pasa a ser un estándar independiente para el desarrollo de software

Autor:

Yurisander Guevara

Tiene 24 años de edad y se  calcula que está presente en todos los dispositivos modernos capaces de reproducir sonido. Pero a pesar de su juventud, ha sido declarado «muerto» hace unas semanas por quienes detentaban su propiedad. Me refiero al MP3, el codificador digital de audio más popular.

Este formato, que cambió la industria musical, estuvo licenciado hasta el pasado 23 de abril por el Instituto de Circuitos Integrados (IIS, por sus siglas en inglés), una de las 58 sedes de la organización de investigación alemana Fraunhofer-Gesellschaft.

El IIS lanzó un escueto comunicado hace dos semanas en el que anunció el fin de la licencia y agradeció a todos los desarrolladores que usaron el codificador MP3 para crear software a lo largo de las dos últimas décadas.

El Instituto reconoció que, si bien el formato MP3 es hoy muy popular, los servicios modernos usan otros codificadores, como el Advance Audio Coding (AAC), y el Moving Picture Experts Group en su variante H (MPEG-H), los cuales brindan una mejor experiencia de sonido.

Según el comunicado del IIS, formatos como AAC y MPEG-H pueden brindar más opciones para los desarrolladores en el futuro, comparado con las posibilidades que brinda el MP3, de ahí que decidieran descontinuar la licencia.

Un salvavidas de compresión

En la década de 1990, con la adopción de los discos compactos en la industria musical, mejoró la calidad del sonido, pero el espacio de un CD resultaba limitado.

Desde 1980 el IIS había iniciado las investigaciones para comprimir el sonido, según explica la organización en su página web. Por ese entonces varias compañías buscaban alternativas para brindar mejores rendimientos de compresión y capacidad a los dispositivos de audio.

Apareció así el MP3 y, con ello, iniciaron batallas legales sobre la titularidad de un formato que prometía aliviar el problema de almacenamiento de los CD. Las pugnas fueron ganadas por el IIS y el MP3 acabó comercializándose a partir de 1993.

Por ese entonces los ordenadores ya poseían la capacidad de reproducir el formato MP3, lo que llevó a que se adoptara de forma masiva. Y es que si un CD era limitado en espacio, ese problema atravesaba a todos los equipos tecnológicos de la época.

Hoy podría haberse olvidado que hasta hace apenas una década los discos duros «grandes» fueron los de 80 gigabytes. Por eso un compactador de sonido como el MP3 se convirtió en la panacea para los amantes de la música: con este los archivos eran pequeños y permitían incrementar el almacenamiento en los discos duros.

Antes del MP3, un CD era capaz de almacenar unas 12 canciones en WAV —sin compresión y con alta fidelidad de sonido—. Con la llegada del nuevo formato, el número creció hasta 120.

La multiplicación por diez del almacenamiento de contenido  tuvo, no obstante, un «defecto de nacimiento»: la capacidad de compresión era posible por la supresión de sonidos hasta en un 95 por ciento, lo cual crea distorsión. Empero, esto no impidió su popularización.

El nacimiento del MP3 coincidió, además, con una década en la que la web comenzó a ser tecnología común. Y desde los albores del ciberespacio los intercambios de archivos entre seres humanos ubicados en puntos diferentes del planeta comenzaron a popularizarse.

Pronto surgirían sitios para el intercambio musical. El más famoso de todos, Napster, llegó con el nuevo milenio. Fundado por los estadounidenses Sean Parker y Shawn Fanning, su tecnología permitió a los melómanos compartir sus colecciones de MP3 con otros usuarios, lo que originó protestas de las instituciones de protección de derechos de autor.

Entre los años 2000 y 2001 se entabló una batalla legal entre Napster y la industria musical que terminó con el cierre del servicio. Sin embargo, Napster llegó a tener más de 26 millones de usuarios, según datos publicados por la empresa. Para la época esos números fueron inauditos.

El alcance del servicio influyó también en la creación de más software para la reproducción y consolidación del formato MP3, como Winamp, que vivió sus años dorados.

¿Y ahora qué?

Algunos expertos consideran que los formatos AAC y MPEG-H son el futuro del sonido digital. El primero fue adoptado por Apple, en el iPod, en fecha tan temprana como 2001.

AAC también comprime el sonido y ello conlleva a pérdidas de calidad, aunque es mucho menor. Así lo demostró el experto holandés Marc Heijligers, quien condujo un estudio comparativo entre este formato y el MP3. Sus conclusiones al respecto, publicadas en la web HiFi Voice, son contundentes: con menos tamaño (AAC puede ser la mitad de un archivo MP3), la fidelidad es hasta dos veces superior.

Este es también un formato con múltiples extensiones, lo que le imprime versatilidad. Además de AAC, también lo conocemos como MP4 o 3GP. El MP4 es el estándar actual del audio y el video en internet.

Con fuerza también puja el formato MPEG-H 3D Audio, estandarizado en 2015. Además de ser compacto, posee la capacidad de reproducir sonido a través de 64 canales diferentes, lo que se traduce en altos niveles de fidelidad.

El MPEG-H 3D Audio fue licenciado también por el IIS, en alianza con otras compañías, como Technicolor, Qualcomm y los laboratorios Dolby.

Dicho movimiento, y la no renovación de la licencia para el MP3, indican que, comercialmente, estos serán los nuevos estándares del software privativo. Podríamos asistir a corto plazo al nacimiento de equipos con reproductores de este tipo que excluyan al MP3, algo como lo que sucedió con los fabricantes de ordenadores cuando cambiaron las unidades de discos floppy por las de CD-ROM.

Sin embargo, a pesar de la anunciada muerte del MP3, el formato podría estar más vivo que nunca. Al no estar licenciado, es posible para los desarrolladores usarlo de forma libre.

Al mismo tiempo, cualquier programa existente podrá utilizar este codificador sin pagar ningún tipo de licencia, por lo que podríamos atestiguar actualizaciones de algún software sin necesidad de pago adicional o la instalación de un plug-in extra, como exigen los más populares editores de video. El MP3 morirá, en todo caso, si quienes lo usan así lo deciden.

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