La seguridad del corazón (III y final)

Apunta el doctor argentino Roberto Pérez que cada siete años tenemos una nueva oportunidad para conocernos y desplegar una actitud positiva que nos ayude a crecer

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Enseñamos lo que sabemos, pero contagiamos lo que vivimos. Roberto Pérez, filósofo argentino

Saber vivir no se logra viviendo mucho tiempo, sino adquiriendo de cada situación la mejor enseñanza. Por eso hay personas viejas muy tóxicas e inmaduras, y otras más jóvenes que le han tomado el sabor a la vida y gobiernan sus miedos de modo consistente, según el filósofo y educador argentino Doctor Roberto Pérez, quien ha estudiado y sintetizado la sabiduría sobre este tema heredada de las culturas originarias de todo el orbe.

Apunta el experto que cada siete años tenemos una nueva oportunidad para conocernos y desplegar una actitud positiva que nos ayude a crecer. Ese aprendizaje define nuestra historia como seres individuales o en pareja, como familia y para la sociedad.

Rutina desafiante

Entre los 21 y los 28 años aparece el miedo a la continuidad. Esa aparente rutina te lleva a cuestionar cada actividad diaria y costumbre adquirida. Tal sensación regresa entre los 42 y 49 años. Ambas son edades críticas para asumir o sostener compromisos amorosos, sobre todo si sospechas que la pareja restará libertad a tus ideales y acciones, en lugar de enriquecerlos.

Para superar ese miedo, el nivel de conciencia por desarrollar es el transpersonal: debes encontrar el para qué de tu vida, cuál es la misión adecuada a tus gustos y dones. Por eso, el filósofo griego Platón decía que a los 28 años se conquista el alma.

El elemento natural que más ayuda es la tierra: andar con los pies descalzos y cultivar plantas te permiten entender que los ritmos naturales son repetitivos, pero que ninguna primavera se parece a la anterior.

La creatividad es la actitud por desarrollar en esas etapas, para hacer lo ordinario de forma extraordinaria y vivir la vida como un recreo, no sufrirla con la esperanza de merecer algunos días de ficticio bienestar de vez en cuando. Olfatear es el sentido que mejor nos conecta con la realidad durante ese período, porque involucra estructuras del hemisferio derecho del cerebro donde también se asienta el llamado sentido común o lógico. Además de disfrutar más intensamente el poder terapéutico de las aromas, en esta etapa aprendes a saber cuándo un asunto «huele mal» y es tiempo de cortar los lazos que empobrecen tu existencia.

No perder las ganas

De los 28 a los 42 años se juntan dos etapas en la base del círculo. Son 14 años luchando con un dragón que primero es sutil y luego se hace más poderoso: el miedo a perder, ya sea el control de tu tiempo, las actividades que hacías, el amor, los recursos acumulados, la virilidad, la juventud, el rol filial...

Algunas personas optan por acaparar lo que sienten más escurridizo, pero la actitud adecuada no es tener, sino ser: invertir tiempo y energía en crecer interiormente y desarrollar el nivel de conciencia de la unidad, donde importa más el somos que el soy.

En la segunda parte de ese período se produce la llamada crisis de los 40, puerta de transición hacia la madurez en la que siempre se establecen grandes definiciones. La luz como elemento natural simboliza claridad, rectitud, franqueza. Muchas veces necesitas momentos de soledad para encontrarte con tus miedos y hacer un adecuado trabajo interior.

Dos pruebas de que en esa etapa aprendiste a vivir son el agradecer y el sonreír: menos queja y más alegría contagian mejor a las generaciones más jóvenes que te rodean.

El sentido clave es el oído: escuchar tanto a la gente optimista como a lo más sagrado de sí mismo. Saber estar en silencio ya es difícil, saber estar a la escucha lo es más aún, enfatiza Pérez. Por eso muchos matrimonios se rompen en esas edades por falta de diálogo, pues dejan a la sombra lo que les duele o les avergüenza.

Esta etapa se repite a partir de los 70 años. A esa edad se puede llegar a ser una persona sabia y nutritiva o un ser enfermizo, de carácter sombrío y amargado. Quienes de verdad aprendieron a vivir y no tienen miedo a perder protagonismo, oyen el doble de lo que hablan. El resto solo escucha el monólogo interior del egoísmo inconsciente.

Incluso en esas edades el amor de pareja y de familia es una bendición: aceptar el hecho de que no quedan más cuentas por rendir y agradecer el privilegio de contemplar cada puesta de sol, son un desenlace más llevadero cuando otra mano cubre la tuya en tu regazo.

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