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Por quienes merecen amor

Ante la presencia de casos de Covid-19 en Cuba, el Ministerio de Salud Pública atiende de manera especial a los grupos poblacionales vulnerables. En La Castellana, hogar de pacientes con discapacidad intelectual, se aplican medidas sanitarias estrictas para prevenir cualquier forma de contagio; evidencia de la protección e inclusión social de la sociedad cubana, aun en tiempos de coronavirus

Autor:

Roxana Romero Rodríguez

Ni siquiera la sombría estela de la pandemia del SARS Cov-2, parece trastocar el curso de los días en el Centro Médico Psicopedagógico La Castellana, en el capitalino municipio de Arroyo Naranjo.

Sin embargo, hay por estos días una calma inhabitual. Falta la alegría desbordante de los pequeños, el ir y venir de pacientes y educadores a las salas de aprendizaje, los colores en las áreas de juego: «el coronavirus» también modifica las rutinas y protocolos médicos en esta institución asistencial.

En la Castellana reciben tratamiento 292 pacientes, 96 con el llamado servicio de residencia. El resto, asiste en régimen seminterno.

La mayoría ha quedado en casa. Según la directora del Centro, Marileidys Perdomo Monteagudo, es en el seno familiar donde más seguros están los pacientes.

«Quedarse en casa evita el riesgo de contacto –explica- sobre todo en el transporte público. Máxime cuando, para ellos, resulta muy difícil sostener el nasobuco. Además, la reducción de entradas y salidas, disminuye el peligro también para quienes viven en el Centro, ya sea porque no tienen otro hogar, o porque sus familiares tienen compromisos laborales impostergables en estos momentos».

Faltan también algunos trabajadores. La directora es contundente en que «nadie con síntomas de afección respiratoria puede pasar a la instalación». Tampoco asisten las madres cuyos niños cursan la enseñanza primaria y especial, ni aquellos que peinan canas. Entre los que sí están, se reorganizan turnos de trabajo.

Puertas adentro

Al llegar, cumplimos las medidas básicas de sanidad: manos y pies desinfectados con solución clorada.

Nos recibe Mayegüe, todo un personaje por estos lares, y uno de los promotores de salud que, desde su amena forma de comunicar, ayuda a los demás explicando cómo pueden –y deben- mantener la higiene. «Trabajo en el protocolo», nos dice.   

Su nombre completo es Enrique Mayegüe Borrego, y ha vivido en La Castellana muchos años, casi tantos como tiene de fundada la instalación, que desde 1963 se ha convertido en una de las más reconocidas del país en la atención a personas con discapacidad intelectual; o problemas mentales, como es más común.

Nuestra visita coincide con la presencia de funcionarios de la Dirección Provincial de Salud de La Habana. Desde el Ministerio de Salud Pública, se orienta evaluar estrictamente el cumplimiento de las medidas higiénico-sanitarias.

Hasta el momento, no se ha reportado en La Castellana ningún caso sospechoso o positivo de Covid-19. Tampoco en ninguno de los centros de este tipo existentes en la capital cubana. No obstante, como medida preventiva, se aplicaron las pruebas de diagnóstico rápido.

Según la directora del Centro, fue este uno de los primeros en ese análisis médico. Con más de 188 pruebas realizadas –a poco más de sesenta pacientes y los trabajadores- todos los resultados fueron negativos. Se respira alivio.   

Aquí, las medidas sanitarias van más allá de lo establecido institucionalmente. Graduada de máster en Educación Especial, Marileidys Monteagudo insiste en que «estos pacientes demandan un trabajo personalizado, constante. Sus patologías son distintas, y por tanto sus tratamientos y los métodos de enseñanza, también lo son». 

Ellos aprenden, sí. Lo demuestra Roberto Sarduy Pedrosa, quien conoce al dedillo –y aplica- la forma correcta del lavado de las manos por más de 20 segundos. Además, nos aconseja no tocarse los ojos, la nariz o la boca, evitar aglomeraciones y cumplir las orientaciones indicadas por el gobierno. 

El taller

Un día pasa más rápido de lo imaginado.

El sonido de las lijas sobre el papel maché indica que hay actividad dentro del salón. Trabajan con esmero, como quien convierte en milagro el barro. Se enfocan, y a ratos levantan la mirada tímida, curiosa ante la cámara. En su mundo –y en el mío- son obras de arte. Del otro lado del salón, las féminas se enfocan en la muñequería con tela reciclada. Las vitrinas resguardan y dan fe de lo logrado.

Claro que, por ahora, la rutina va solo del taller al comedor, y viceversa.

Hasta ahí nos guía Mayegüe, y en el recorrido deja bien claro que prefiere «la leche o el yogur… bueno y si se puede también la malta».

«Los más pillos repiten», dice mientras su rostro esboza un guiño. Aun en las más difíciles circunstancias, tienen garantizada la dieta diaria. La alimentación de estos pacientes, es uno de esos renglones «intocables» para el sistema de salud.

Por el distanciamiento social, están suspendidas las actividades recreativas. También permanece cerrado el Palacio de los Sueños, área dedicada a la rehabilitación, esparcimiento y aprendizaje de los más pequeños, en el siempre loable empeño de «corregir» o por lo menos compensar, cualquier deficiencia aparecida en las evaluaciones de los especialistas. Le llaman atención temprana, y es un intento por engendrar la maravilla.  

En la Castellana coexisten pacientes de todas las edades, con atención pormenorizada según necesidades cognitivas y edades. Educadores especiales, médicos, enfermeras, logopedas, fisiatras, rehabilitadores, asistentes... Equipos multidisciplinarios que terminan por convertirse en parte de la familia de los pacientes.

Se ve, por ejemplo, en la asistente de enfermería Odalis Molinet Martínez, quien no tiene reparos con ayudar en todo lo necesario. Lo mismo cuida el salón, que les da de comer. «Solo de verlos sabemos qué necesitan. Uno empieza a entenderlos», afirma.

Codo a codo

En una de las salas más grandes, hay pacientes con enfermedades psiquiátricas complejas. Cualquier imagen, si no se ve con el corazón, puede ser desgarradora. Todos están ahí, pero las miradas lejanas hablan de mentes dispersas. Los separa más de un metro de distancia, y los saludos habituales de besos y abrazos, quedan relegados al toque de codos.  

De pronto, el sonido movilizador de Mayegüe atrae la atención. Impone sus palabras: «quiero dar un plauso a los médicos y enfermeras, y a Cuba toda».

 Lo dice desde adentro, con fuerza.

Todos aplauden, sí. A ellos también les rodean profesionales y técnicos de la salud, que no se quedaron en sus casas durante el aislamiento social, para cuidarles. Solo el amor les mueve.

Pasan los aplausos, y se siente cantar una voz. Le escuchamos, es en serio una buena voz. Luego vuelve el silencio. Se dejan absorber de nuevo por esos pensamientos que nadie sabe, a ciencia cierta, cuáles son.

No podemos descifrar su percepción del peligro… Pero ahí, donde quiera que estén esas mentes, hay en ellas una suerte de confianza, quizás la seguridad de vivir en una sociedad que les quiere y respeta, y que aún frente a una pandemia que nos amenaza la existencia, no detiene el camino escogido de inclusión y protección social. Ellos también son Cuba, y cuentan.

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