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Infierno en el mar

Sus rostros develan todavía la prolongada exposición al frío o el esfuerzo físico extremo que tuvieron que soportar, pero lo más duro, lo que marcará sin remedio a los 13 sobrevivientes, entre una veintena de migrantes ilegales que intentaron llegar a Estados Unidos con la tormenta tropical Elsa tras su rastro, son las horrorosas escenas de muerte y desolación que sufrieron

Autor:

Yuniel Labacena Romero

—Mi amor… —le dice la madre casi sin fuerzas desde el otro lado del teléfono.

—¡Mami! —responde, como asombrada, la hija de solo 14 años.

—¿Cómo tú estás mi vida?

—Bien. Dime de la gente que no se han encontrado… ¿Mami? —interroga e insiste al mismo tiempo.

—Mi amor, tu tío no está.

—Mira, ¿pero se sabe si le pasó algo?

(Hay un silencio, una pausa desgarradora en la conversación)

—Dile a tu tía que voy para un centro de aislamiento y después ya estoy ahí contigo —responde la madre y la voz se le pierde.

Ha sido la primera vez, en muchos días, que Yaritza Méndez Ramírez, de 34 años, ha podido hablar con alguien de su familia tras ser devuelta a Cuba luego de que saliera ilegalmente del país y que la embarcación —con una veintena de personas residentes en la capital— naufragara la noche del lunes 5 de julio cerca de la costa sur de la Florida.

Ella es una de las 13 sobrevivivientes de ese triste suceso, que ocurrió el día en que la tormenta tropical Elsa cruzó el centro de la Mayor de las Antillas. Sus rostros todavía develan la prolongada exposición al frío y el esfuerzo físico extremo que tuvieron que soportar; también lo confirman sus palabras cuando detallan la «historia de terror» de aquella noche.

Todos sabían de la existencia del fenómeno meteorológico y de los peligros que representaba para su travesía, incluso «las Tropas Guardafronteras nos persuadieron para que desistiéramos en el propósito».

Pero quienes viajaban en la inusual barcaza, muy jóvenes, —no sobrepasaban los 40 años— no hicieron caso a la alerta ni pensaron en las 90 millas de distancia y la profundidad de las aguas. Su meta era llegar a Estados Unidos sin ser descubiertos por los guardacostas de ese país.

«Decidí irme con mi hermano. Un amigo suyo nos había hablado de esa posibilidad. Cuando todo estuviera organizado teníamos que esperarlo en un lugar para encontrarnos y partir. Y así fue. Luego se incorporaron otros al viaje. Sobre las ocho de la mañana del lunes 5 de julio emprendimos nuestro trayecto.

«Casi al límite de las millas de Cuba nos encontramos con las Tropas Guardafronteras, que nos hicieron señas para que viráramos, que el tiempo estaba malo, que se iba a poner peor y la lancha se iba a virar», cuenta Yaritza. De hacerlo, «el sueño americano», la búsqueda de una mejor fortuna personal, se alejaría para ella y los otros arriesgados, pensaron.

***

La navegación iba en calma hasta las cuatro de la tarde, cuando el mar empezó a ponerse más intenso. Ya cerca de las nueve de la noche su furia era tanta que, de pronto, sobrevino el naufragio, sin tiempo para nada. «Las olas empezaron a crecer de repente, eran de tres y cuatro metros, inmensamente grandes. Llegó el momento en que no se pudieron cortar y nos cogió una por el lado y nos viró la embarcación», cuenta Yaikel Darías Tabares, de 37 años.

«En ese momento, muchas personas quedaron debajo, otras se sujetaron de los bordes y hubo quienes nunca lograron aguantarse. Casi tres horas estuvimos soportando esas olas contra la embarcación virada y después otra embestida la volteó hacia arriba. Así fue hasta que no pudimos aguantar más y se agotaron nuestras fuerzas.

«Entonces nos fuimos separando por grupo. Imagina que te hundías de pronto, levantabas la cabeza para no ahogarte y faltaban dos personas o estaban gimiendo. Te volvías a hundir y faltaban dos más, al ratico intentabas mirar para el lado y sucedía lo mismo. Entre todos tratamos de ayudarnos mientras no había oleaje. A veces intentabas sacar a alguien para que no se ahogara, pero se perdían las fuerzas y te empujaban hacía abajo. Lo único que veías eran sombras».

Así fue toda la noche. Su propósito era salvarse en medio de la incertidumbre. El amanecer trajo malos presagios. Cuenta Yaikel que en ese momento todavía había mucho oleaje y de su grupo solo quedaban seis. «Tres de ellos al poco rato se ahogaron. Quedamos una mujer, un muchacho y yo, quienes llegamos nadando casi a tierra; también porque la tormenta nos empujaba».

—¿Se conocían quiénes viajaban? ¿Cómo lo prepararon?

—Algunos sí, otros no. Desconozco cómo fue ese momento de preparación, cuando yo llegué ya todos estaban en el lugar indicado. Eso sí, tuvimos que aportar dinero para preparar la embarcación.

«Siempre pensamos que no nos iba alcanzar la tormenta, que la velocidad que llevábamos era suficiente para llegar bien antes de que nos «cogiera». Por eso, cuando los guardafronteras nos sorprendieron nadie dijo de regresar. Todo el mundo sabía que estaba en riesgo, pero no desistimos».

A muchos lo sorprenderá, pero esta era la segunda vez que Yaikel emprendía una salida ilegal y ponía en riesgo su vida. Por eso, en el instante en que el patrón del barco entró en pánico, mientras vomitaba, él fue quien tomó las riendas de la situación.

«Yo había pasado por esto una vez. Había estado cinco días perdido en el mar, sin rumbo, incluso nos encontraron llegando a México. O sea, yo tenía conocimiento. Estuve guiando y apoyando a la gente. Supuestamente los que sabían murieron también cuando se volteó la lancha».

¿Por qué sabiendo que el mar no perdona intentaste otra salida ilegal?, pregunto al joven. No hay respuesta alguna. El silencio invade nuestra conversación y después sigue contando: «Cuando los guardacostas americanos llegaron hasta donde estábamos algunos teníamos hipotermia. Cuando me subieron a su barco ya no pude caminar, ni moverme, me tuvieron que cargar. No podía hacer nada, es como si en ese momento me hubiese paralizado».

Cuando me dieron auxilio no pude caminar ni moverme, me tuvieron que cargar, afirma Yaikel Darías Tabares.

***

Luego de más de 20 horas en el mar el Servicio de Guardacosta norteamericano rescató a 13 sobrevivientes. De ellos ocho ya fueron entregados a las autoridades cubanas y los otros cinco reciben tratamiento médico para luego ser devueltos al país. Días después del naufragio, medios internacionales informaron que el Cuerpo de Guardacostas detuvo la búsqueda de las otras diez personas que viajaban a bordo del artefacto marítimo.

Cumpliendo los protocolos sanitarios los sobrevivientes fueron recibidos en el puerto de Orozco, en el municipio artemiseño de Mariel. Foto: Captura de la TV

«Hasta llegar a ese momento lo vivido fue duro. Cuando se viró el bote nos quedamos sin nada de qué aguantarnos. Tratamos de estar unidos, pero poco a poco nos fuimos alejando unos de otros. En mi caso éramos cinco. Teníamos dos salvavidas, de los que nos habían «tirado» los Guardafronteras y estuvimos, en medio de aquella oscuridad, tratando de sobrevivir», narra Yaritza.

«Imagina que de los cinco, primero se fue uno, que no resistió, después fue mi hermano de 37 años. En ningún momento me quité el chaleco salvavidas, pero mi hermano no tenía. Él se sostenía de mí. Estuvimos juntos hasta la mañana del martes, pero estaba muy débil y tenía mucho frío.

«No pasaron 20 minutos y me dijo que ya no resistía más… le dio una hipotermia, lo mató el frío. Falleció en mis brazos y no pude hacer nada. En ese momento nos habíamos alejado mucho del barco y no veíamos a nadie. Estuvimos luchando por nuestras vidas hasta que nos encontraron. Fue muy difícil todo», afirma Yaritza mientras enseña las heridas en las piernas y manos que comienzan a cicatrizar.

Para Yaritza Méndez Ramírez tratar de sobrevivir en medio de la tragedia era la única opción.

—¿Mientras enfrentabas esa trágica situación en qué pensabas?

—En mis dos hijos: un varón de seis años y una hembra de 14. Yo quería volverlos a ver, por eso no me di por vencida y luché hasta el final.

—Pero ustedes estaban al tanto de la tormenta tropical…

—Sabíamos que el tiempo estaba malo, pero nunca pensamos que iba a suceder algo de esa manera. Había escuchado sobre tragedias en el mar, aunque en ese momento uno no piensa en eso, pone mente positiva y cree que sucederá lo contrario. Nuestra embarcación estaba hecha de una pipa, con unos tanques por el lado y tenía unos siete metros de largo. Era  rústica, pero parecía segura.

«Antes de tomar este camino habíamos calculado usar las vías legales, porque el padre de mis hijos vive en Estados Unidos; pero como esto sucedió de momento, creíamos que nos saldría bien y sería más rápido. Mi hermano vivía al lado de mi casa, con su esposa y un niño. Después de lo vivido nunca más, jamás, lo vuelvo a hacer».

***

En lo que va de año se han realizado 28 operaciones de devolución, con 434 personas que intentaban llegar a Estados Unidos por la vía marítima. La migración irregular, insegura y desordenada es un fenómeno que en la mayoría de los casos está signado por el fracaso, la desilusión, la muerte… por desastres imposibles de borrar.

Lo manifiesta Marlin Leliebre Tiezco, de 34 años de edad. «Al virarse aquello se desató el infierno: llegó la tormenta, de todas partes venían las olas y había una lluvia que te ardía la cara. Yo fui de las que quedé debajo del bote y sin saber nadar. Por suerte, mi novio se sumergió, entró y me ayudó a salir con el salvavidas que nos dieron los guardafronteras cubanos.

«Todos los que estaban abajo lograron salir, menos una persona que, según escuché, se enredó con una lona azul que llevábamos y se ahogó. En mi caso, mi pareja se aguantaba con una mano de la embarcación y con la otra me agarraba para que las olas no me llevaran. Así estuvimos todo el tiempo.

«Pasado un rato, lo que sí empecé a notar es que se fue quedando todo vacío. Había muchas personas que no sabíamos nadar. Imagina que unos al lado del otro no nos veíamos las caras. No fueron pocas las veces que pensé que no me iba a salvar realmente.

«Éramos tres: mi pareja, una amistad mía y yo. Mi pareja nos amarró a nosotras dos en la lancha y él era el que nos guiaba. Poco después, la muchacha que andaba conmigo se ahogó, incluso con su salvavidas. Por la madrugada empezó a perder la razón, y murió dos horas antes de que el barco nos recogiera».

Cuando eso sucedió, pasadas las cinco de la tarde del día 6 de julio, Marlin y su esposo estaban prácticamente sin energía. Fueron muchas horas en el mar, sin agua, sin comida…. «Ahí nos abrigaron, nos dieron alimentos y los médicos nos ayudaron a recuperarnos de las quemaduras».

El 10 de julio los participantes en la salida ilegal fueron retornados a nuestro país por el puerto de Orozco, en el municipio artemiseño de Mariel. Después de cumplir con los protocolos sanitarios orientados para estos casos se trasladaron a un centro de la Dirección de Identificación, Inmigración y Extranjería del Ministerio del Interior. Según los procedimientos de higiene y epidemiología, se les realizó prueba PCR e ingresaron en un centro de aislamiento para luego retornar a sus hogares.

«Creo que estamos de regreso y vivos por cosa de Dios. No hay forma de describir ese momento por el cual pasamos», asegura Marlin, en medio de la afectación emocional y sicológica que todos padecen. «Es verdad que hay momentos en que la desesperación te lleva a dar un paso como ese, pero después de esto, si yo para ir a Estados Unidos tengo que volver a hacerlo en lancha, no voy; de esa manera no. Yo les digo que no cometan la locura que nosotros hicimos». 

 

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