Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Con los de abajo

La democracia en Fidel implicaba compartir la suerte de las personas más humildes del pueblo

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Fidel llegó a la comunidad de campesinos. Era un viejo batey sobre un suelo de color rojizo, donde se comenzaba a construir una cooperativa con 80 viviendas. Los materiales de la construcción se apilaban en fila recta, y a un costado se veía un almacén a medio construir.

«¿Cómo van a hacer el pueblo aquí?», preguntó Fidel, y al escuchar las explicaciones señaló: «Están haciendo un callejón, no un pueblo».

Al momento se agachó y sobre la tierra empezó a dibujar un poblado con su centro comercial, la escuela y las casas.

Un guajiro planteó una objeción: el dibujo tenía una forma rectangular y  de esa manera se le quitaría espacios a los sembrados.

«Pues les pinto otro pueblo», dijo Fidel. El trazado que se hizo a continuación mostraba un pueblo en forma circular. Los campesinos hicieron nuevas propuestas, y bajo la guía de ellos se terminó por dibujar un poblado en forma de número ocho con un orden que permitía armonizar la vida del campo con los nuevos servicios que tendrían los pobladores.

A unos metros del grupo, las conversaciones eran seguidas por un hombre y una mujer. Era el filósofo francés Jean Paul Sartre y su esposa, la escritora Simone de Beauvoir. Habían llegado a Cuba hacía pocos días para conocer de primera mano la naciente Revolución.

Cuando unas horas después, en medio de un descanso, le preguntaron sus impresiones del encuentro del líder cubano con los campesinos, Sartre le dio una fumada a su cigarrillo y dijo:

«Esta tarde he visto la democracia funcionar».

***

El encuentro ocurrió a principios de 1960, en la cooperativa José Martí, de la provincia de Matanzas, en la entonces Zona de Desarrollo Agrario M-10. Al poco tiempo se publicó, primero en el periódico Revolución bajo el título de Conversaciones en la Laguna, y después en el libro Cuba Z.D.A, del escritor y periodista Lisandro Otero, quien había cubierto el recorrido.

El tiempo ha pasado, pero la enseñanza de ese hecho, no debidamente divulgado, cobra especial significación por estos días en que las urnas en Cuba se preparan camino a las elecciones de delegados a las asambleas municipales del Poder Popular.

***

¿Por qué es importante esa anécdota en la cooperativa matancera?

Junto al concepto, que también es importante, al igual que el funcionamiento de las instituciones, ella invita a pensar: ¿Cuál era el espíritu de la democracia en el pensamiento y la acción de Fidel Castro?

El asunto no deja de ser controversial por varias razones.

La primera de ellas, porque desde los mismos inicios del triunfo de la Revolución el tema se convirtió en una de las fuentes de ataques de todo tipo contra Cuba; al punto de enturbiar la percepción sobre la Isla y ubicarla en un maniqueísmo sin matices.

Asesinatos, deportaciones, arbitrariedades, dictadura, verticalismos y hasta campos de concentración. Esas han sido las etiquetas esgrimidas por la derecha, e incluso por parte de ciertas izquierdas, que se dicen progresistas y terminan con los ojos cerrados cuando llega la hora de luchar por los ideales que dicen defender.

El otro punto controversial aparece con las propias ideas de Fidel, que posee múltiples aristas y se distancian por completo de ese ideal de democracia, bastante extendido y concebido bajo la existencia de varios partidos políticos con elecciones basadas en la competencia entre un grupo de candidatos para acceder al poder.

A lo largo de su vida, y así se recoge en numerosos discursos, el líder histórico de la Revolución cubana defendió otra visión. Esa mirada concibe que sea la propia población la que defina una parte importante de las políticas a seguir por el Gobierno.

A la vez, ese pensamiento defiende con vehemencia que la nominación de los candidatos y su elección se realice de forma directa por el pueblo, a partir de los méritos y las condiciones éticas de los nominados, y no por su poder económico o permanencia en un cargo de determinada relevancia.

Mucho se ha dicho a favor o en contra de esa noción, y parece que en el futuro se seguirá debatiendo sobre ella. Pero en lo que llegan los acuerdos, hay una serie de detalles que, en ocasiones, se pasan por alto, o no se pueden ver por la miopía o los prejuicios de los pensadores. Ahí, a lo mejor, están las llaves del pensamiento y la acción de Fidel.

***

Quizá uno de los puntos neurálgicos para entender el concepto y, sobre todo, la acción de la democracia en el pensamiento de Fidel, esté en ese vínculo estrecho entre el dirigente y la población. El Che analizó ese vínculo en uno de sus escritos sobre el Comandante en Jefe, en el cual señaló que esa relación llegaba a ser tan estrecha que las distancias se borraban por completo entre la personalidad con un relieve internacional y la gente llana, la de abajo.

Esa noción, incorporada como algo natural, de llegar y sentarse con la ciudadanía por pura espontaneidad, sin los teatros de la planificación excesiva, le resulta extraña a una democracia ridícula que privilegia los honores, el poder del dinero y las formas por encima de las esencias.

Pero también esa filosofía le resulta demasiado incómoda a las burocracias. Pegarse a las personas, escucharlas, oír sus inquietudes con autenticidad, hacer suyo ese sufrimiento y empujar para que se solucionen, es una función que entraña, más que preceptos, una sensibilidad humana.

***

¿Dónde estaba el verdadero parlamento de Fidel? En la calle, en la manigua, en la montaña, en los surcos y cañaverales con los campesinos o recostado a la pared de una fábrica conversando con los obreros. ¿De dónde sacaba el tiempo para hacerlo? Habría que preguntárselo a sus escoltas y ayudantes. El caso es que lo sacaba. O lo inventaba.

Lo que él hizo desde la misma Sierra Maestra se pudiera ubicar dentro de esa denominación llamada democracia participativa. Habría que nombrarla, también, democracia a pie de barrio o a pie de tierra. O democracia de los humildes.

Y en verdad, no es fácil hacerla. Se necesita oídos. Valor para ver las caras feas y amargas de la realidad que se desea transformar y que muchas veces la esconden en números o, sencillamente, con aquello de dejar la solución para después.

Y esa democracia también posee sus virtudes. Por ejemplo, borra las hipocresías. Pone las cosas en su lugar. Define mejor los problemas. Dinamita privilegios. Pone a correr las mentiras y, lo más importante, es capaz de unir.

Uno de los peligros que hoy ronda ese ideal se encuentra en reducir al delegado y las asambleas de base en meros entes tramitadores de problemas, sin una autoridad real para decidir y presionar sobre los decisores para que hagan las cosas de la manera correcta.

Si se revisa bien, a lo largo de la historia de la Revolución una parte de los resultados de los dirigentes más exitosos ha estado en su capacidad para pegarse al pueblo de forma constante, y de encontrar soluciones a partir de sus demandas o criterios.

Por el contrario, los fracasos de políticas o directivos (aun cuando los hayan «promovido» hacia el lado) han tenido su origen, entre otras causas, en ese distanciamiento que ha impedido que funcione la democracia real del socialismo.

Por eso es preciso tener hoy esa capacidad de agacharse y ponerse a diseñar un pueblo, un barrio, un hospital, un servicio, cualquiera que sea, escuchando las ideas del pueblo

Desde ese batey matancero, como desde otros tantos lugares, el ejemplo de Fidel nos sigue mirando.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.