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Escribir la historia puede ser algo terrible

Larry Morales, ganador del Premio Internacional César Vallejo, confiesa que lo más difícil de un testimonio es matar a una persona cuando en verdad se desea algo muy distinto

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

MORÓN, Ciego de Ávila.— En la ciudad de Morón, en la casa señalada con el número 9 de la calle Martí, Larry Morales Rodríguez piensa en un nuevo proyecto.

Ya tiene unos cuantos, junto a un equipo dirigido por él desde hace dos décadas y que ha llevado adelante el trabajo de la filial de la Fundación Nicolás Guillén en Ciego de Ávila.

Poeta, escritor, ensayista, promotor cultural, fundador del Movimiento de la Nueva Trova en Ciego de Ávila, en la biografía de este moronense nacido el 20 de agosto de 1957 aparecen obras de obligada consulta dentro del género testimonial y el abordaje de la historia en Cuba.

Una de ellas —su primer libro, además—es el El jefe del Pelotón Suicida, en el que se cuenta la vida del guerrillero Roberto Rodríguez «el Vaquerito» y que desde su publicación en 1979 acumula más de 100 000 ejemplares editados solo en la isla.

Otro es Enrique Varona, el líder de las mil huelgas, al que le siguen sus estudios sobre Máximo Gómez, la trocha de Júcaro a Morón, el símbolo del gallo de su ciudad natal, la historia del pedraplén que une la cayería norte de Ciego de Ávila con tierra firme y todo un listado que se incrementará dentro de poco en complicidad con su esposa, la narradora y poetisa Lina Leiva.

Por esa labor ha recibido numerosos reconocimientos: el Premio Anual de Investigación Cultural Juan Marinello en diferentes categorías, el 26 de Julio, en 1986, o el de Poesía Regino Botti, por mencionar algunos.

Ahora se le suma el Premio Mundial César Vallejo en la modalidad de Historia, otorgado por la Unión Hispano Mundial de Escritores.

«No lo esperaba —dice— por la sencilla razón de que este es uno de esos galardones que llegan sin avisar.

«Lo recibo con beneplácito en reconocimiento a lo realizado durante años bien, mejor o mal; pero hecho y publicado en la mayoría de las ocasiones.

«El nombre del premio es importante. Bueno, me parece que resulta demasiado significativo. César Vallejo es un referente indispensable de mi generación, y el hecho de que el premio proceda de Perú y se llame así lo compromete a uno».

***

—Tú no eres historiador de formación, sino de la práctica. ¿Cómo llegas a la investigación histórica? ¿La buscabas o fue ella la que te encontró a ti?

—Yo comencé escribiendo canciones de amor. Algunos de aquellos textos se quedaron sin música y funcionaron como poemas; pero en medio de esas alucinaciones coqueteaba con la historia.

«El pasado sonsacaba, me tendía trampitas, hasta que escribí un engendro de ensayo titulado ¿Qué es la historia? Tenía 13 años y en Cuba todos se desvelaban con la zafra de los diez millones. Existe otro antecedente menos profesional: las composiciones sobre patriotas que solía escribir en sexto grado.

«A veces ocupaban la mitad de una libreta, y mis maestras Elsa Delgado y Acela Pozos le decían a mi madre que yo iba a ser historiador. Por la manera en que han sucedido los hechos, parece que desde el primer momento la historia y yo nos profesamos un amor a primera vista, que ya dura más de 50 años».

—¿Cómo aprendiste a investigar?  ¿Tienes algún método muy tuyo?

—El proceso de aprendizaje fue disímil y lento. Mi primera indagación seria devino un libro más serio que la propia investigación. Con él apliqué muchos recursos nemotécnicos, porque no conocía nada de la teoría de esa ciencia.

«Después descubrí que muchas de las barbaridades hechas por el camino, se parecían a lo que después explicaron los profesores Aleida Plasencia, Oscar Zanetti, José Cantón Navarro y muchos otros,  cuando decidí no ser más un improvisado.

«Los diez años de trabajo en la Sección de Historia del Partido Provincial de Ciego de Ávila ayudaron en mi formación y en hacerme especialista en lidiar con las memorias de ancianos, que ya ni recordaban que habían sido héroes.

«Pero quien más me enseñó fue mi padre espiritual, el doctor Benito Llanes Recino, quien antes de morir me legó su oficina y todo su patrimonio investigativo.

«Lo mismo hizo Pedro Pujol Bencomo, quien reveló la importancia del detalle más insignificante y también me donó toda su oficina al morir, entrega materializada por su familia. 

«Eusebio Leal fue un buen maestro, no solo mío, sino de todos los aspirantes a la investigación, y por último quiero mencionar en mayúscula a mi profesor y amigo Avilio Morales.

«Los otros maestros fueron la constancia y la cotidianidad. No sé si en mis investigaciones hay algún que otro recurso técnico aportado por mí.

«Lo que sí puedo asegurar es que, por la manera de narrar la historia, en mis libros hay algo que le ha llamado la atención a lectores cubanos y extranjeros: todos coinciden en que en mis libros se aprecia una forma novedosa de contar el pasado. 

«Pienso que esa novedad se encuentra en darles preponderancia a aspectos que parecen intrascendentes, sin descuidar el lenguaje literario y hasta darle un espacio a la ficción, aunque parezca paradójico».

—Tú eres una persona muy apasionada. ¿En qué medida el apasionamiento es un problema para el historiador?

—Te puedo asegurar que esa es la causa de mi forma de contar la historia. Después de tantos años desafiando la muerte junto al Vaquerito, yo no quería matarlo aquel 30 de diciembre de 1958. 

«Si fuera una novela, lo hubiera dejado vivo para que entrara en Columbia en un tanque como él deseaba; pero, al ser historia lo que escribía y la historia no se puede variar, dejé que lo mataran. Esa noche lloré inconsolablemente.

«Con Enrique Varona me sucedió lo mismo. Ya no recuerdo en cuántas huelgas estuve con él o en la cárcel o conversando con Julio Antonio Mella. Aquel 19 de septiembre de 1925, yo sabía que un asesino lo esperaba en una esquina de Morón y sufrí al no poder alertarlo y pedir que, por favor, no pasara por allí.

«En contra de mi voluntad, describí su trágica muerte. Y eso es un problema: mientras más pasión pones a la escritura de la historia, más terrible es soportar las verdades de la vida real en personas que nunca conociste, pero que al final llegas a tenerlas como si fueran tus seres queridos».

***

—Tú tienes una tesis sobre la manera en que José Martí descubrió que María García Granados, la Niña de Guatemala, estaba enamorada de él. ¿Cuál es esa idea y cómo llegaste a ella?

—Escribí para la revista Videncia y luego lo he dicho en varias conferencias sobre el tema: Martí se dio cuenta de que María estaba enamorada de él al escucharla tocar el piano, mientras jugaba ajedrez con Miguel García Granados, su padre.

«Ella transmitía sus sentimientos a través de las notas musicales, de manera que no hizo falta proferir una palabra. En esa tesis hay un poco de verdad plena y de verdad sugerida después de leer en un viejo libro que encontré en la Biblioteca Nacional, titulado Así vieron a Martí.

«En ese volumen aparece el testimonio de Miguel García Granados sobre la pasión malograda de su hija con nuestro Héroe Nacional y el testimonio de José María Izaguirre, el director de la Escuela Normal, donde el Apóstol impartió clases.

«Por otra parte, hay otros detalles más sutiles —la forma de ser de Martí o los símbolos en su poesía— y que refuerzan la idea sobre esa forma tan sublime de intercambiar pasiones que existió entre ellos».

—¿Cuántos libros tienes sin publicar?

—No es bueno hablar de los libros que uno tiene inéditos porque dicen algunos escritores que eso da mala suerte; pero yo voy a obviar esa maldición y voy a confesar que siempre me ha interesado más escribir que publicar. Por eso los inéditos son algo numerosos. 

«Existen en mi computadora y en algunas memorias, por si los apagones fastidian el disco duro, una novela, dos libros de cuentos, dos de crónicas, dos de poesía, dos testimonios y cuatro ensayos».

—La última confesión. Tú eres historiador, periodista, promotor cultural, narrador, músico y también poeta.  Pero, ¿también tienes algo de loco?

—Si no tuviera algo de loco, no pudiera haber incursionado en todos esos oficios que me achacas, aunque se te olvidaron dos: soy cocinero y reparador de sueños, y este último lo aprendí de Silvio Rodríguez.

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