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Y se alzó la esperanza sobre el desastre

Luego de las complejas jornadas en Matanzas debido al siniestro en la base de supertanqueros de esa provincia, las historias de hombres y mujeres de nuestra Fuerza Aérea Revolucionaria aún continúan latentes. En esta ocasión Juventud Rebelde se acerca a cuatro de ellas

Autor:

Raciel Guanche Ledesma

En la noche del 5 de agosto pasado nada acaparó más la atención en el país que la base de supertanqueros ubicada en la Bahía de Matanzas. El infortunio de un rayo cambió el acontecer noticioso y de vida en una ciudad sensible que mira siempre sigilosa al mar. El fuego se adueñó tristemente de las miradas y nuevos héroes comenzaron entonces un largo batallar. 

A las nueve de la noche de esa propia jornada, Eloy sabía de antemano que en cualquier momento lo llamarían a la casa para salir hacia el lugar del incendio de grandes proporciones del cual se conocía muy poco.  

Es el capitán Eloy Hernández Peláez, técnico de vuelo, uno de los hombres de la Fuerza Aérea Revolucionaria que primero llegó a la Zona Industrial matancera. Él, como el resto de sus compañeros, lo dice fácil, volaron sobre el siniestro alrededor de diez horas diariamente mientras duró la catástrofe, cuando apenas había chance para reparar en los peligros.

Poco a poco estos guardianes de nuestro cielo, tanto en tiempos de guerra como de paz, coparon la atención de quienes desde la bahía o la propia ciudad los divisaban. Eloy no fue la excepción, y cuenta sobre la labor que resultó agotadora, difícil. Por sus cálculos pudo realizar en un día hasta 52 disparos de agua, junto a su tripulación.  

Era riesgoso, pero necesario a toda costa. El crudo comenzaba a verterse y ese sería nuestro mayor temor porque el volumen y la abundante capacidad de almacenamiento de los tanques hacían inminente las altas llamaradas, las explosiones y el posible colapso de los restantes supertanques, comenta.

Recuerda que, debido a las malas inclemencias del lugar, por el imperante humo negro y la intensidad del viento, se les dificultaba observar con exactitud la zona para descargar el agua. Es por ese motivo, agrega, que se tiraba en el piso del helicóptero y sacaba la cabeza hacia fuera para divisar el terreno en llamas a la hora del disparo.           

En total fueron más de 481 disparos de agua sobre el fuego, millones de personas expectantes al unísono y cientos de hombres debatiéndose entre la vida y la esperanza por salir adelante, por vencer. Horas interminables sacudieron a los combatientes de la Fuerza Aérea Revolucionaria, quienes en sus helicópteros llevaban el apoyo vital para esos que desde tierra se batían codo a codo con el desastre.

La teniente Maylín Rodríguez Durán, única mujer participante en las labores de apoyo de la Fuerza Aérea Revolucionaria.

Maylín

La teniente Maylín Rodríguez Durán, técnica de armamento de aviación, tuvo el mérito de ser la única mujer que participó en las difíciles maniobras de la aviación por parte de las FAR, entre los 26 hombres que allí estuvieron desafiando el peligro, las altas temperaturas y hasta la propia vida.

Maylín es una joven delgada, pero se observa serena y dispuesta a enfrentar lo que sea. En la Base Aérea de San Antonio de los Baños acaba de recibir de la mano del ministro de las FAR, Álvaro López Miera, una importante condecoración al valor, luego de enfrentar aquellas llamas de agosto que mantuvieron en vilo a todo un país.

«A pesar de la situación en la base de supertanqueros, durante la misión no sentí temores», dice.

Desde las cinco de la mañana del sábado 6 de agosto, esta joven, junto a sus compañeros, iniciaron las labores en la incendiada zona matancera, justo en el momento en que los dos primeros tanques con capacidad para 50 000 metros cúbicos quemaban el combustible almacenado en ellos.

Era una catástrofe de las peores, sin par bajo estas circunstancias a lo largo del tiempo en nuestro país. Sin embargo, Maylín, como muchos, estaba allí de cara al peligro. Ella tenía la tarea de organizar los «bambis», o lo que es lo mismo, las grandes cubetas de agua que transportaban los helicópteros de nuestra Fuerza Aérea Revolucionaria. «Jamás habíamos enfrentado algo así», comentó.

El capitán Leordán Céspedes Leiva refiere que la labor más compleja resultaba la toma de agua en la bahía matancera.

Leordán

El capitán Leordán Céspedes Leiva, copiloto de la aviación de helicópteros en Holguín, también fue llamado a inicios de la madrugada del sábado 6 de agosto.

Sin mucho que pensar ante el reto, ya para el amanecer de ese propio día se encontraba en Matanzas. «Fue un momento impactante el arribo», refiere. Todos miraban de frente al fuego, las caras solo reflejaban tristeza y mucho dolor, agrega.

Ya se conocía entonces la noticia que nadie quería escuchar. Diéciseis desaparecidos fue sinónimo de desconsuelo para una inmensa mayoría. Pero el deseo de batirse duro para acabar con el desastre, definió a Leordán.         

Sin embargo, en su opinión, la tarea de mayor complejidad radicaba en la toma de agua, pues debían descender hasta casi tocar el mar, lo que implica una concentración máxima para realizar luego el ataque directo al fuego.

El primer teniente Darián Báez Reyes nunca se había enfrentado a un incendio por hidrocarburo de esta magnitud.

Darián

A pesar de que se encontraba de vacaciones en su casa, el primer teniente Darián Báez Reyes, oficial de armamento de aviación del escuadrón de helicópteros en la Base Aérea de San Antonio de los Baños, solicitó inmediatamente incorporarse al grupo de combatientes que iban a apoyar las labores de extinción en la base de supertanqueros.

Su misión allí también sería decisiva. «Nos ocupábamos de la reparación del sistema de la cubeta de agua y la adaptación de otro sistema similar que por la ayuda internacional de los hermanos mexicanos recibimos durante esos días», dice.

A pesar de la cotidianidad de estos ejercicios para quienes lo practican cada año, sobre todo como preparativo para la liquidación de incendios forestales, en esta ocasión todo resultaba novedoso. Nunca se habían enfrentado a un incendio por hidrocarburo de tales proporciones.

«Cuando quedaba en tierra veía los helicópteros saliendo de la zona siniestrada y sentía luego, a veces, las explosiones de los tanques más pequeños. Eso me impactaba mucho porque cualquiera imagina qué puede suceder si minutos antes el helicóptero hubiese atravesado el lugar. Ocurriría otra catástrofe», refiere.

En determinados momentos de mucho riesgo, comenta, era preciso parar las acciones de vuelo debido a la altura que alcanzaban las llamas.

Este joven oficial siente ahora la satisfacción del deber cumplido con creces y el orgullo de portar junto a sus compañeros de batalla ese reconocimiento máximo que emana de la propia Fuerza Armada Revolucionaria, de su familia y del cariño de nuestra gente.

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