La Revolución está desafiada a avanzar en el inevitable y delicado terreno de prueba y error que reclama el ignoto camino hacia la construcción del socialismo Autor: Juventud Rebelde Publicado: 20/06/2026 | 11:48 pm
Hace varios años, mientras ocurría una de las crisis cíclicas del capitalismo, le escuché decir al destacado analista Osvaldo Martínez Martínez, quien entonces se desempeñaba como presidente de la Comisión Permanente de Asuntos Económicos de nuestro Parlamento que, con aquella recesión y el ajuste correspondiente, el «capitalismo se tomaba su purgante».
En otras palabras, se limpiaba de una de sus ingestas, rectificaba sus mecanismos para avanzar a su fase superior de expoliación y sometimiento. Las crisis capitalistas, vistas así, por quien fuera reconocido director del Centro de Estudios de la Economía Internacional, era la forma de rectificación del sistema.
Concentrados en mirar críticamente al oponente humanitario, no siempre los que defendemos una alternativa viable miramos la paja en el ojo propio, o estamos tan abiertos para reconocer las crisis nuestras, sobre todo en sus profundidades. Mucho menos admitimos que, de este lado, de vez en vez, y a veces con de-
senlaces lamentables, también nos vemos precisados a ingerir nuestros purgantes. De esas cucharadas —en ocasiones cucharadotas no siempre agradables al paladar de nuestros sueños y apetencias sociales y políticas—, depende también nuestra capacidad de rectificación y de renovación.
Lo primero que debemos reconocer es que el castigo colectivo, la reconcentración criminal a la que nos somete la actual administración neofacista de Estados Unidos, llegó en un momento de profundo ajuste del modelo socialista cubano.
Ese ajuste, que comenzó por perfilarse en el 6to. Congreso del Partido Comunista y que cuajó en la segunda Constitución tras el triunfo de la Revolución —la aprobada en 2019— tiene su capítulo más radical con las transformaciones económicas y sociales que acaban de someterse al análisis del Pleno Extraordinario del Comité Central del Partido y de la 3ra. Sesión Extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular.
Si algo debemos admitir es que desde el 6to. Congreso del máximo ente político del país hasta en estas duras horas, muy duras por cierto, y de prueba para el pueblo cubano y su proyecto histórico de independencia y libertad con justicia social, no admitíamos la magnitud real de nuestras deformaciones estructurales y el alcance altamente corrosivo del purgante que debíamos ingerir como sociedad, ya no solo frente a las deformaciones internas, sino además ante la criminalidad, amplitud y magnitud del aislamiento que impone hoy el cerco genocida externo.
Ese tiempo de maduración, por supuesto, ha tenido un costo, que se lamenta en sus múltiples derivaciones, pero la Revolución está en el poder, tiene una obra construida de enorme valor justiciero, real y simbólico, y cuenta con la capacidad de afrontarlo siempre que las decisiones técnicas encuentren su justo correlato en lo acertado de la política.
Cierto culto a la dureza, la inflexibilidad y la intolerancia, condicionada por las propias circunstancias de agresión en que debió sobrevivir el país, los errores de visión y cálculo en distintos ámbitos, y hasta por inflamaciones de idealismo, como reconoció en su momento el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, sirvieron de pasto a la burocratización desmedida y a otras «desmedidas» que ahora pretendemos zarandear con el calado y la profundidad que nunca hubiéramos imaginado en otras circunstancias con las transformaciones anunciadas.
Con la condena a la parálisis con la saga agresiva del imperialismo no puede dejar de
reconocerse el acento en promover los incentivos, en vez de las prohibiciones, en las políticas públicas que remodelan el proyecto socialista con los anuncios recientes.
Otro de los atributos que se le pueden señalar, con independencia de los peligros y amenazas que suponen —la
integralidad y magnitud de los cambios implican un cambio del contrato social de la Revolución— es el de buscar devolverle a esta uno de sus sentidos fundacionales: el de abrir oportunidades, muchas oportunidades, aunque el sentido de estas pueda resultar contradictorio con algunas de las más puras aspiraciones socialistas.
Cuando las revoluciones persisten en crear incentivos, en vez de generar prohibiciones, alcanzan una fórmula especial de perdurabilidad, refería hace unos años, cuando todavía no se veían claramente las salidas a esta contradicción, cuyas delicadas consecuencias se pagaron con creces en otras experiencias socialistas.
Eran los tiempos en que, por mencionar un ejemplo, la palabra emprendimiento o emprendedores parecían vocablos malditos en nuestro ámbito, asumidos hoy con mayor naturalidad, pese a los intentos de no pocos enemigos de la Revolución de manipularlos con insidiosos fines políticos, o los rezagos de la llamada vieja mentalidad.
No faltan, incluso, quienes presumen de que el emprendimiento, con todo lo que de este vocablo se deriva, es una cualidad solo aplicable a un determinado sector social, especialmente al privado, cuando en realidad debía ser una condición generalizada, tanto del ámbito público como del privado, cooperativo u otras formas en que pueda organizarse la estructura económica.
Sin emprendedores ni emprendimientos es muy dudoso el éxito de cualquier organización, y en consecuencia de cualquier sociedad. Por ello es sensato seguir alejándose de las deformaciones que provocan los enfoques coercitivos, o los prohibitivos para avanzar hacia otros más estimulantes y salvadores que se derivan de los incentivos.
Aunque uno de los propósitos esenciales que pretende la actualización del modelo socialista desde su comienzo era acortar las contradicciones entre lo legal o legítimo en las condiciones de la construcción socialista en Cuba, y en muchos casos se logró corregirlo, sobre la marcha de los cambios fueron apareciendo otros, incluso de consecuencias socialmente más costosas.
Pongamos por caso el debilitamiento grave del papel de la banca pública frente a la aparición de formas financieras alternativas a las que la ciudadanía se ve precisada a acudir sin mecanismos legales definidos. Ese propio debate del proyecto de la nueva Constitución reflotó con fuerza la idea de aprobar una ley contra la vagancia, algo que recordaba de mis tiempos de adolescente, cuando las esquinas de nuestros barrios, como apunté en algún momento, comenzaban a engordar de cierto parasitismo, en este caso «intestinalmente» social.
La mejor solución a ese mal la estamos promoviendo en la actualidad, a partir de la pluralización del escenario de nuestra economía promovido por la apertura a formas nuevas de propiedad —desde las más individuales hasta las más socializadas—, proceso que debe acentuarse con las transformaciones económicas y sociales en discusión.
Con ello, junto a otras medidas para cambiar la empresa estatal socialista y encadenar trabajo, ingresos y prosperidad, dinamitamos viejas y absurdas trabas, transparentamos prácticas anteriormente satanizadas y creamos un cuerpo de incitaciones para unas fuerzas productivas urgidas de los anteriores y de otros poderosos estímulos para acabar de romper sus nudos gordianos.
Ya en cierta ocasión meditaba que a veces dejamos que los fenómenos se nos trastoquen en una secuencia peligrosa de acción y reacción, en una cadena descontrolada de física social, en la que los desajustes son enfrentados más desde lo pasional o instintivo que desde lo racional.
El resultado —alerté entonces— podría ser un Estado efímero, intrascendente, pero nunca un decoro permanente, duradero. Y no podemos olvidar que cuando José Martí inspiraba para Cuba una nueva república, la bautizó con el sagrado apellido de «moral». Pero una república moral —comenté— no se levanta prohibiendo sino enamorando, levantando, removiendo y salvando.
Como el guerrero Julio César en medio de su porfía conquistadora, la economía cubana parece estar frente a otro Rubicón, más encrespado y profundo, incluso, que aquel de cuando se iniciaba la actualización del modelo socialista, porque debe marcar el inicio de la etapa más profunda de la radical transformación económica en marcha.
Ello ocurre pese a que no siempre se pueda percibir la fuerza del magma que está sacudiendo al país, entre tantos desasosiegos cotidianos, algunos no vean con claridad los caminos abiertos, o las transformaciones no ofrezcan hasta hoy todos los beneficios esperados. Pero lo que está ocurriendo es un verdadero volcán, que terminará por dejar una nueva geografía en la economía y en otros importantes aspectos.
Con mayor fundamento puede coincidirse ahora con los analistas que afirman que la magnitud de las medidas anteriores, y de las más recientes, trasciende el significado que tradicionalmente se le ha asignado a la palabra actualización, con la que se definieron las transformaciones aprobadas en el 6to. Congreso del Partido —sin concesiones hacia el capitalismo—, recogidas en los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, en su nueva conceptualización y en el Programa de Gobierno Económico y Social 2026, que ahora se refuerza abruptamente.
Es evidente que nada parece estar a salvo del enorme proceso en marcha. Las interrogantes y los cambios van desde un tema tan definitorio y sensible como el papel del Estado y las formas en que se gestiona la propiedad, hasta cómo y a quién dirigir los subsidios, para mencionar solo dos extremos del vasto e inabarcable abanico de definiciones y cambios que recogen los 23 ejes y las más de 170 transformaciones propuestas.
En el tablero de las transformaciones están en juego aspectos estructurales, funcionales, institucionales, jurisdiccionales y hasta políticos con derivaciones en lo económico y lo social. Uno de los vuelcos conceptuales y prácticos menos difundidos, aunque de los más significativos, es
precisamente que veremos ajustarse claramente a la práctica económica que una cosa es el Estado como propietario en nombre de la nación y del pueblo y otra, los diversos modelos en que puede gestionarse la propiedad, como se escoge en la conceptualización.
Una aclaración de esa naturaleza es la que permite avanzar hacia la ampliación del trabajo por cuenta propia, la pequeña propiedad personal o familiar, la apertura a las cooperativas de diversos grados, las pequeñas, medianas y grandes empresas privadas, la acentuación de la presencia extranjera en la economía, la radicalización del cambio en la empresa estatal socialista, el sistema bancario financiero, o la asignación de subsidios y la atención y seguridad social, por mencionar algunos ámbitos definitorios.
Si ya los primeros años de la actualización, con transformaciones tibias en comparación con las propuestas hoy, cambiaron el mapa de nuestra economía y sus concepciones, dejando atrás la hegemonía estatal, y redefiniendo sustancialmente el papel y las funciones del Estado, lo anunciado supone una profundización sin precedentes.
Cuba salta la barrera de una economía y una sociedad fuertemente verticalizadas hacia otra más horizontal, se abre a formas económicas más diversas, desde las privadas hasta las más socializadas de gestión de la propiedad, y define en mayor medida las diferencias entre la propiedad pública, privada y social, todo lo cual debería contribuir a zanjar el arrastre de las experiencias socialistas con respecto a la enajenación de los trabajadores de los procesos productivos.
Lo anterior indica que este es el paso más atrevido y riesgoso tras el inicio de la actualización. Tanto es así que, como subrayó el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, en los debates de la Asamblea Nacional del Poder Popular —el jueves último—, no responde esencialmente a la presión externa, aunque integre la estrategia para encararla. Esta incisión hasta el corazón de la economía cubana tenía que hacerse de todas, todas, porque esta no podía seguir soportando el costoso fardo de tantos errores, parálisis y deformaciones.
Es absolutamente lógico entonces que muchos se pregunten: ¿Hacia dónde va Cuba? ¿Se actualiza hacia un socialismo ajustado a las posibilidades concretas del siglo XXI
—con ese sentido del momento histórico del concepto de Revolución de Fidel—, o en su intento derivará hacia el capitalismo? ¿Puede seguir siendo la nuestra la Revolución socialista de los humildes, por los humildes y para los humildes que el Comandante en Jefe proclamó en la histórica esquina habanera de 23 y 12?
En momentos tan perturbadores no debemos ignorar que la gran lección de la historia cubana, como dije en otro artículo, no es la del fracaso insistente, sino la de la resurrección, la de la regeneración persistente, creciente y continua.
Nuestra salvación como pueblo está en constancia regenerativa, en esa comprensión de que la Revolución que comenzó en 1868 y despertó en el centenario del natalicio de José Martí alcanzó la victoria, pero están pendientes muchos de los contornos definitivos del triunfo, parte de los cuales dependen de la intrepidez, profundidad y rapidez con que nos dispongamos a cumplir los cambios ineludibles.
La Revolución está desafiada a avanzar en el inevitable y delicado terreno de prueba y error que reclama el ignoto camino hacia la construcción del socialismo. Porque, como también reiteré en otro momento, no es precisamente en «Facilitonia», el paraíso de las cosas fáciles, creación imaginativa del narrador español Pedro Pablo Sacristán, donde se hacen y existen las revoluciones.
Sí, creo que la idea de Osvaldo Martínez de que el capitalismo se toma sus purgantes, debe enriquecerse con la certeza de que el socialismo, para purificarse, también requiere los suyos.
