Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Donald Trump, el circo romano y la caída de sus gladiadores

El remedo de circo romano en los jardines de la Casa Blanca, recuerda a un campamento revuelto. Es apenas una mínima expresión de los muchos miedos que pesan toneladas sobre sus cabezas

Autor:

Luis Manuel Arce Isaac

Gran tarea la de los especialistas quienes, después de la instalación de un remedo de circo romano en los jardines de la Casa Blanca para celebrar el 80 aniversario del «césar» Trump, deben ahora —por seguridad de la nación— definir qué tipo de delirium padece el hombre que dirige a esa nación y que tiene tan cerca de sus manchados dedos el botón nuclear.

¿A qué se enfrentan esos profesionales? Pues a definir cómo, cuál y qué consecuencias tiene la «salida del surco» (traducción literal del latín delirium) de Trump, de la que hace rato está fuera. Eso lo ha llevado a actuar como elefante en una cristalería y dañar en lo más profundo moral y espiritualmente a los estadounidenses por darse el tipo de mandatario que escogieron.

Deben definir si el delirare trumpista es un delirio general por sus despropósitos o disparates. Si es sicológico-siquiátrico como insinúa su confusión mental por alucinaciones, pensamientos absurdos de grandeza e incoherencias de todo tipo, hasta emocionales.

Que nadie se sorprenda si los especialistas determinan que es una alteración del contenido del pensamiento con implicaciones graves de conciencia, puesto que Trump sostiene una creencia falsa e inamovible que no coincide con la realidad, como ser el King del mundo, y Estados Unidos una potencia imbatible. Hay montones de hipótesis más al respecto que no es necesario citar.

Lo interesante es que esta nueva delirante manifestación de poder se produce en la derrota, y eso es muy curioso, pues ni siquiera busca mostrar hidalguía como los gladiadores del César cuando perdían y esperaban la sentencia del monarca con un simple movimiento del pulgar. Su caso nada tiene que ver con el de los romanos.

En aquellos verdaderos gladiadores el concepto ético de la derrota se medía bajo el estricto prisma del honor (decus), el valor (virtus) y el destino divino (fatum), tres conceptos que ignora Trump.

La derrota para aquellos solo era aceptable si se asimilaba con dignidad absoluta y estoica; de lo contrario, se convertía en una deshonra existencial. En consecuencia, para los romanos, su derecho a gobernar el mundo conocido se basaba en una superioridad moral y cívica. En Trump, solo en el poder del fuego y del dinero.

Según la literatura, bajo esta cosmovisión, la derrota tenía lecturas muy específicas y el castigo por la pérdida de virtus y del favor de los dioses, debía autoinmolarse y era atinente lo mismo a un general romano que al emperador.

Esa actitud tenía un fundamento filosófico que era el estoicismo muy arraigado en la aristocracia romana. Pero el delirium de Trump tiene solamente dos perfiles y ninguno atinente a principios éticos y morales, sino todo lo contrario: mentiras y elocuencia falsa para sepultar la verdad, y tergiversaciones burdas. Ambas presentes ahora con la derrota en Irán.

En Asia Central sus gladiadores experimentaron por vez primera en mucho tiempo que no existe la omnipresencia como les trataba de hacer creer Trump cuando les inculcaba que no tenían por qué sentir temor ni obediencia pues eran parte del mejor ejército del mundo.

La historia y la cultura milenaria persa demostraron que los uncidos no eran tales y, peor aún, que volvían a ser como cualquier ser terrenal, carne y grasa, y que toda aquella vanidad de creerse una leyenda era pura ambición y sueños de grandeza.

El memorando de entendimiento adoptado ese 14 de junio debería servir para que los multimillonarios de Trump tomen conciencia de que deben terminar su abuso de poder, la confabulación y la diatriba, el verbo soez e insolente, el desprecio y la maledicencia, el voluntarismo y la orden inapelable, la arrogancia y el desdén, y la mala creencia de que el dinero lo compra todo.

El circo de Trump no es romano. Es apenas una mínima expresión de los muchos miedos que pesan toneladas sobre sus cabezas, los delitos de palo y pólvora —denunciados desde los confines del universo a lo que no hace caso—, surgidos como bandas de pájaros negros de ese espejismo de poder extremo, que sobrevuelan la miseria de muchos y la corrupción de tantos.

Como un grotesco aquelarre, alrededor de esta sui géneris administración republicana han comenzado a danzar los muertos, ciegos y lisiados provocados por conflictos asimétricos de Trump apodados como guerras abusadoras contra los más débiles.

Las órdenes ejecutivas creadas como longanizas por cualquier motivo y contra quien sea, aliado o adversario, los afanes de ignorar la historia sagrada de los países, la flaqueza de la cultura personal tan vergonzante en él y algunos funcionarios, los mortificará hasta su hora nona y serán las coronas de espinas que ha puesto en su cabeza un pueblo milenario, en lugar de las hojas de laurel del César a las que aspiraba.

Como todo penitente, podrán tener la oportunidad de darse cuenta que el mundo que quieren dominar no empezó con ellos, cuando finalmente vuelvan en sí y pongan de nuevo los pies sobre esta tierra que creyeron era exclusiva de millonarios, pero es de todos.

La derrota iraní no ha sido asimilada por ninguno, ni siquiera por el más flemático de los gladiadores. Pero hasta los más omnipresentes de los ungidos tendrán que abandonar el escenario en algún momento, tristes y descompensados, más bien aturdidos, porque el hombre universal empieza a actuar como un todo, y dejará de ser el aplastado para convertirse en el aplastante.

Ya empezó a verse el final del imperialismo yanqui. Trump no es el principio de ese fin porque este comenzó en Vietnam el 30 de abril de 1975, pero sí es quien lo ha develado con mayor claridad y confirmado que su caída es real.

El remedo de circo romano en los jardines de la Casa Blanca, recuerda a un campamento revuelto, con las lonas de los tabernáculos rodando y los relinchos de los caballos mezclándose con el ulular de un viento de tempestad, donde los cerebros débiles son incapaces de discernir y recurren a escenarios insólitos para tergiversas la realidad.

Trump busca resistir a pie firme tratando de que las rodillas no lo traicionen, mientras reprime su fiero afán de sensaciones demoledoras, de impresiones fuertes, de rabia contenida, de pensamiento degradado.

Le cuesta trabajo controlar el deseo enorme, esquizofrénico, de explotar como una granada de fragmentación, o retorcerle el cuello a alguien como a una gallina, o enterrarle el cuchillo como si fuera un puerco.

Su círculo cero del poder quedó desbalanceado con Irán, sus integrantes no asimilan que ya todo está acabando, que la relación internacional que practica la Casa Blanca está fuera de foco porque no se ajusta a la nueva visión del mundo donde las guerras económicas, los bloqueos y las ansias hegemónicas, son chatarra obsoleta.

Nadie se percataba, hasta Irán, o no querían percatarse, de que habían dado a luz un sistema de antihéroes, probablemente el más cabal que haya tenido EEUU en toda su historia, si es que antes tuvo alguno, y ese es un eje central de esa crisis del espíritu.

Un sistema antihéroe que en apenas año y medio creó su propia brújula moral, construyó valores emocionales opuestos a aquellos reconocidos por la sociedad en la que viven como tuercas locas sin importarles ni el orden ni el caos, haciendo simplemente lo que en cada momento piensan según sus reglas y ambiciones, con una espontaneidad que ellos aplaudían y otros criticaban, y que a menudo justificaban aduciendo que eran hombres de acción.

Sin embargo, los antihéroes tienen un grave problema, y es que a lo largo de sus vidas no logran entender que carecen de esencia, que son como un saco vacío, estrujado, sin forma ni contenido, porque no son héroes, ni pensadores, no tienen existencia histórica, y en el flujo y reflujo de ese agotador trabajo de ser visibles, hacen barbaridades sin aparente cargo de conciencia.    

Nunca vieron al mundo real fuera de las fronteras estadounidenses, sino solamente al suyo, jamás pusieron atención al malestar general que la gente pregonaba a voz en cuello, y creyeron que con bombas, cercos y sanciones ilegítimas se resolvía todo.

Puede que sea exagerado decir que el 14 de junio de 2026 en la reunión de Islamabad sucedió algo que podría marcar un hito en la historia de la humanidad al ser desmantelado el mito yanqui. Aunque tampoco se puede descartar una reacción de Washington insufrible. Esa verdad convierte a su circo romano en una carpa de campamento infestada de serpientes.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.