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Cuando la ignominia no pudo con Cuba

Los sueños anexionistas para la Isla, por lo general, nacen de la frustración más recalcitrante del sur estadounidense. Hay gente allí que añora las viejas poses del Tío Sam, como en épocas de la abrupta mafia

Autor:

Héctor Alejandro Castañeda Navarro

Los sueños anexionistas para Cuba, por lo general, nacen de la frustración más recalcitrante del sur estadounidense. Hay gente allí que añora las viejas poses del Tío Sam, como en épocas de la abrupta mafia. O peor aún, hay quienes todavía buscan reconvertir la Isla en una especie de garito donde, tras bambalinas, la obra de turno sea dirigida desde los aposentos «reales» de la Casa Blanca.

Todos esos deseos de cambios volvieron a tomar forma, como otras veces, en los últimos 65 años, aquel 11 de julio de 2021. Del rincón de los frustrados salieron todo tipo de personajes: ilusionados, vociferando, «dispuestos» a la foto para tomar el primer vuelo hacia La Habana.

Al final del camino, cuando la ilusión se vende así, sin garantías, terminan engañando como las propias ideas e imágenes falseadas que, en muchos casos, intentaron imponerle al mundo hace cinco años.

Nuevamente calcularon mal la dignidad de nuestra gente. Pensaron que el cambio ocurriría con un chasquido de dedos, y que la fuerza popular se desmembraría de la noche a la mañana, como un castillo de naipes.

Los sucesos de aquellas jornadas transcurrieron en una etapa particularmente difícil para Cuba. No podemos olvidar que atravesábamos los meses de mayor complejidad con la pandemia de la COVID-19, y que los flancos de ataques estadounidenses se abrieron para penetrar el estrés y la desesperanza que ellos mismos han pretendido inducir durante tantas décadas, mediante los métodos de asfixia económica más despiadados que se conocen.

Pueden cambiar los tiempos, las formas o el liderazgo, lo que nunca cambiará en el pueblo es su visión martiana y fidelista del antimperialismo. Por eso Cuba salió adelante el 11 de julio con el protagonismo de las masas, porque, incluso, pueden existir desacuerdos legítimos, inconformidades, pero jamás aceptaremos la intromisión en nuestro camino.

La campaña de los sucesos de marras fue diseñada con pinzas en diversos puntos. Los cambios por métodos inducidos e indirectos, sin aparentar ni demostrar quienes mueven realmente los hilos, programan y alientan el caos, ha sido la fórmula predilecta del imperio para quitarse del camino los gobiernos que no responden a sus intereses expansionistas.

Con Cuba volvieron a redoblar las campanadas y arreciaron en el escenario digital. La guerra silenciosa fue ejecutada por un ejército de bots que posicionaban en redes sociales publicaciones y etiquetas como las de SOS Cuba.

No olvidemos el despliegue de post en las cuentas de relevantes músicos e influencers mientras usaban la mezquina etiqueta. El guion no varía, aunque sí se perfecciona para inducir, sin disparar un arma, los cambios políticos.

El anzuelo malsano y envenenado fue mordido, debemos reconocer por un grupo de personas inconformes, pero, sobre todo, por aquellos instigadores que buscaban obtener ganancias dentro del río revuelto. Estos últimos fueron los mismos que llamaron a la violencia, el caos y al enfrentamiento en las calles, mientras ellos, tan cómodos, disfrutaban de jugosas sumas de billetes. En algunos casos, lamentablemente, consiguieron su objetivo violento.

Y es que los hechos no resultaron una muestra casual. Fueron el resultado de meses de provocación, de falsa espontaneidad encarnada en ciertos «agentes de cambios» que no merecen ser mencionados. Por eso, el mérito de aquella victoria descansa en el pueblo y en su instinto colectivo para identificar a tiempo, con total valía, cuándo nos quieren pasar gato por liebre.

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