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Hollywood, del cine antirracista hasta Aquaman

Tres estrenos cinematográficos de mayo, El libro verde, Infiltrado en el KKKlan y Aquaman pudieran renovar el eterno debate entre la eficacia ética de una obra de arte

Autor:

Joel del Río

El filósofo y poeta alemán Friedrich Schiller aseguraba que solo el arte nos asegura goces que no exigen ningún esfuerzo previo, que no cuestan ningún sacrificio, que no hace falta pagar con arrepentimientos… y añadía que procurar este placer es una meta alcanzable solo por medios morales.

Tres estrenos cinematográficos de mayo, El libro verde, Infiltrado en el KKKlan y Aquaman pudieran renovar el eterno debate entre la eficacia ética de una obra de arte (o que aspira a serlo) y su función eminentemente deleitable, lúdica. La supuesta contradicción la resolvió el mismo Schiller cuando decía que «el juego que nos recrea se convierte en ocupación seria, y no obstante, al recrearnos, es que el arte puede llevar a buen término su gran misión».

Los realizadores de El libro verde (Peter Farrelly), Infiltrado en el KKKlan (Spike Lee) y Aquaman (James Wan) parecen concordar, en mayor o menor medida, con el pensador alemán, a juzgar por las evidentes apelaciones al gusto y las preferencias del llamado espectador-masa.

Laureada con el Oscar a la mejor película del año, sencilla y evidente en sus nobles propósitos de denunciar el racismo en tono de «dramedia», El libro verde se ciñe a sendas convenciones narrativas genéricas expoliadas por el sobreuso del cine comercial: la buddymovie o película de compinches, y la roadmovie o filme de carreteras. Es decir, que el contraste entre los dos protagonistas, negro-blanco, culto-ignorante, pianista-mafioso, cliente-chofer, se resalta a partir de que ambos deben viajar juntos en una gira de conciertos, por las entrañas conservadoras del sur norteamericano en los años 60 del pasado siglo.

Viggo Mortensen y Mahershala Ali en el filme antirracista El libro verde.

A partir de tales premisas dramáticas, pululan los momentos de humor, acción, música y otros eventos capaces de promover la empatía del espectador, siempre sobre el precepto de exaltar el crecimiento personal, el aprendizaje, la amistad y la comprensión entre los protagonistas, por encima de los equívocos y prejuicios, que también abundan a lo largo del viaje.

Porque el itinerario es el pretexto narrativo para que ambos personajes, sobre todo el blanco, aprendan a respetar las diferencias y acepten la excepcionalidad de su compañero. Realmente inmensos, muy desbordados de los marcos de predictibilidad a que se acogen la estética y la narración, están los dos actores principales: Mahershala Ali, bien recordado por la anterior Moonlight, y Viggo Mortensen, el Aragorn de la trilogía El señor de los anillos, tipo duro con más de un costado vulnerable en las excelentes Historia de violencia y Promesas del este, de David Cronenberg.

A pesar de cierta ligereza en el tratamiento del antirracismo, con todo y estar concebida para tranquilizar la conciencia de las mayorías con un tema que requería mayor profundidad y distancia de los estereotipos (el punto de vista lo aporta el blanco a pesar de que el pianista negro, cultivado y contradictorio, parece ser un personaje mucho más interesante), El libro verde es placentera, promueve buenos sentimientos, tiene un puñado de momentos memorables y enaltece la carrera del director Peter Farrelly, quien presentó cartas credenciales, en los años 90, con dos comedias de mediana o pequeña estatura: Locos por Mary, que estelarizaban Cameron Díaz y Ben Stiller; y Una pareja de idiotas, con Jim Carrey y Jeff Daniels.

El otro gran filme antirracista norteamericano de 2018 es Infiltrado en el KKKlan, nueva obra de un cineasta cuya larga filmografía incluye clásicos en la guisa de Haz lo correcto (1989) y Malcolm X (1992).

Spike Lee continúa la saga inacabable de películas biográficas e históricas con esta adaptación del libro de memorias de Ron Stallworth, un policía afronorteamericano que en los años 70 se infiltró en el Ku Klux Klan para exponer los horrores de la ideología que dicta la supremacía aria. Y aunque la trama, así contada, resuene a drama policíaco de ribetes sociales, el director tomó una serie de decisiones riesgosas que colocaron la obra en terreno polémico: se trata de una comedia satírica que convierte a los racistas en mera caricatura; juega con el absurdo, la exageración y el anacronismo en el campo minado, delicadísimo asunto del antirracismo, y por supuesto tampoco faltan los espectadores cuya sensibilidad se ha sentido lastimada por, entre otros elementos, la retórica nauseabunda de un exclusivismo mostrado con un cinismo casi ofensivo.

Lo mejor de Infiltrado… es su estética excesiva y abigarrada, en una línea similar a La gran estafa americana, que se ambientaba en la misma época de peinados chocantes y pantalones campana. También impactan sus golpes de efecto a la hora de citar clásicos como Lo que el viento se llevó y El nacimiento de una nación, o el distanciamiento crítico que se registra cuando se inserta material de archivo, muy reciente, que indica la postergación del racismo en Estados Unidos hasta hoy mismo, sobre todo bajo la administración Trump y su abierta tendencia a estimular las peores y más conservadoras tendencias de la historia norteamericana.

Bajo la dirección de Spike Lee se rodó Infiltrado en el KKKlan.

Se alude, evidentemente, al slogan que invita a «recuperar la grandeza original de Estados Unidos» a través del odio o la subestimación segregacionista del negro, el latino, el musulmán, al emigrante pobre de cualquier lugar que provenga, como si no hubieran sido estos mismos los que construyeron, en buena parte, los cimientos de la nación.

A gigantesca distancia de todas estas intenciones por atrapar el tejido social o revisar críticamente la historia se sitúa Aquaman, aventura fantástica con superhéroe incluido, en este caso un titán mitad hercúleo y mitad atlante, es decir, que sus extraordinarias habilidades físicas serán ejecutadas bajo el mar.

Con la mayor parte de sus imágenes generadas en computadora y un sinfín de impresionantes efectos visuales, aplicados a un diseño de producción también deslumbrante, se recrea el tradicional recorrido del héroe, con etapas tan tópicas como las dudas respecto a sus poderes y a su responsabilidad. Similares titubeos reflexivos, muy breves, padecieron en sus respectivas sagas Spiderman, Batman, Superman, Ironman, Wolverine… todos ellos predestinados a cumplir una misión grandiosa de rebordes épicos.

Atiborrada de referencias a mil películas anteriores, Aquaman solo añade interés submarino a un género sobresaturado de historias, situaciones y personajes demasiado vistos y revistos, con el agravante de que aquí la duración del metraje llega a las dos horas y 20 minutos. Nunca aparecen, por ningún lado, la desbocada imaginación creadora de mitos que brilla en Thor: Ragnarok, o la frescura feminista de Wonder Woman, o la colorista utopía, también antirracista, de Pantera negra, tres aventuras fantásticas recientes que les confirieron soplos renovadores a las cansinas exuberancias de este género.

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