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Óperas primas y la búsqueda de nuevas miradas

La necesidad de tener más acceso a los mercados de distribución, la búsqueda de miradas auténticas e historias que miran a nuestras raíces, marcan las producciones que compiten como ópera prima en la cita cinematográfica

 

Autor:

Sergio Félix González Murguía

Entre las películas que cada año concursan en las diversas categorías del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, la sección de Ópera prima mueve la curiosidad del público y los cineastas, que siempre acuden para valorar la novedad que emana de nuestro cine.

La edición 43 de la gran fiesta del séptimo arte en Cuba ha reunido 22 producciones en la sección que aglutina las obras noveles. Creadores y productores asisten por estos días para presentar sus películas a la prensa en el Hotel Nacional de Cuba, contar sus inspiraciones y experiencias en las salas habaneras.

Una de esas películas ya presentada al público cubano es Noche de fuego, obra de ficción de la mexicana Tatiana Huezo, que cuenta una historia local ambientada en un pueblo enclavado en las montañas mexicanas, con tres chicas adolescentes como protagonistas.

Para Nicolás Celis, productor de la cinta, «Noche de fuego es una película hecha con mucho tiempo y cuidado, tanto en su escritura como en su filmación. En momentos en que el mercado cinematográfico mexicano se encarece aún más, luego de la pandemia, necesitamos ser capaces de hacer este cine de autor y que compita en calidad con las llamadas grandes producciones internacionales.

«Siempre estamos enfrentados al reto de dar visibilidad a nuestras historias. En un mundo de más series y plataformas de streaming, es fundamental jugar con todas las formas de distribución. Era importante para nosotros que la película estuviera en Netflix, porque así llegaba a millones de espectadores, pues el problema es cómo hacer para que vean tu película, cómo hacer que les guste, comparada con otras películas con más “calorías”, pues nosotros, el cine de autor, competimos con más proteínas.

«Noche de fuego la han visto millones de personas, que conectaron con una historia que trasciende el cliché de la violencia y el narco. Tatiana Huezo concibe personajes femeninos muy completos», comentó Celis.

Otro de esos creadores que compite en el apartado de ópera prima es Alejandro Loayza Grisi, director de Utama, quien se acerca a las comunidades Quechua de las tierras altas de Bolivia. El creador visitó en varias ocasiones esas zonas y gracias a la
colaboración de uno de sus habitantes, Estanislao Quispe, «pudimos introducirnos en sus costumbres, su vida, y contar sus historias a través de la ficción. Integramos a la comunidad en el proceso de producción de la película, algo que fue vital para plasmar la autenticidad de sus vidas».

El director boliviano cuenta que, tras un recorrido por festivales, era importante ver la reacción de la comunidad ante la película, que se apropiaran de la obra: «Pienso que una de las grandes fortalezas que tiene Latinoamérica es no saber dónde termina una expresión cultural y dónde comienza la otra, y se puede hacer cine sobre esa mezcla tan rica.

«En Bolivia, al tener tantas etnias imbricadas, estamos en un proceso constante de búsqueda de identidad para saber de dónde venimos y entender cómo somos», destacó Grisi en un encuentro con la prensa que compartió con otros creadores.

Para Nathalie Álvarez Mesén, directora de Clara sola, también hay una necesidad por apelar a elementos culturales que nos son afines a los latinoamericanos, en su caso el realismo mágico. La obra llega a este festival como uno de los exponentes de la filmografía costarricense, un cine que se ha ido abriendo paso en los últimos años, para beneplácito del público de la región.

«Con la fotografía de Clara sola intentamos establecer esa relación sutil entre lo humano y la naturaleza de lo irreal. Para ello la trama debía ir de uno al otro, y ese tránsito no debía ser percibido, como un sueño mágico», asegura la creadora.

Son distintos recursos narrativos y audiovisuales que aportan miradas desde lo local para exponer las historias que brotan del continente. Otras cintas que por estos días nos invitan a contemplar esas miradas son las colombianas Amparo, de Simón Mesa Soto; Un varón, de Fabián Hernández, y La Jauría, de Andrés Ramírez Pulido.

La cinta brasileña Carvao, de Carolina Markowicz, y la chilena 1976, de Manuela Martelli, se suman a la novedad que suponen producciones como la nicaragüense La hija de todas las rabias, de Laura Baumeister, o la costarricense Tengo sueños eléctricos, de Valentina Maurel.

Motivos para seguir explorando las diversas realidades de nuestro continente y los impulsos creativos que mueven a sus creadores a contar las historias de esta gran diversidad.

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